La situación empeoró en un par de meses. Cuando nos dimos cuenta de que no podíamos seguir en la ciudad, la única idea que se nos ocurrió fue refugiarnos en la casa del tío Hugo.
Aislado, lejos del mundo, vivía de los derechos que le generaban un par de novelas que había escrito. Un tipo tan solitario que no habíamos tenido noticias suyas en los últimos cinco años.
El viaje fue una sucesión de pueblos desolados, la peste estaba en todas partes.
Desde lejos advertimos algo extraño, los perros no salieron a la tranquera a darnos la bienvenida.
En la mecedora de la galería, nos recibió un montón de huesos, que apenas se sostenían unidos por los jirones de la camisa leñadora del tío.
Sobre la mesa, su cuaderno. Dos años atrás había escrito que ardía de fiebre, le costaba respirar y que saldría a tomar aire, a pesar de que le resultaba insoportable el chirrido de los murciélagos.
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