Nubladito —02 by Q. Molina

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Nubladito —01 by Quirico Molina

Tres días después llegaron a la nueva reserva de Bosque Redondo. Y Nubladito se alegró de que su madre no hubiese tenido que ver las condiciones paupérrimas de vida en la misma. Habían internado a más del doble de  individuos de la capacidad prevista en aquel confinamiento, también habían alojado allí a un grupo de apaches mezcaleros, rivales suyos, con lo que un clima de hostilidad se respiraba en el aire. La tierra no producía los suficientes recursos, era improductiva, el agua escasa y salobre, por lo que se perdieron las cosechas de calabazas, maíz y frijoles.  La provisión de alimentos, suministros y aperos para la agricultura   quedó en manos del gobierno federal que no tenía interés en aquellos indios no asimilados a la cultura del blanco. También se descuidó la protección del territorio que comprendía la reserva por parte del ejército, encargado de esa labor. Continuamente bandidos mejicanos incursionaban en Bosque Redondo para saquear, matar a los hombres y llevarse a mujeres y niños para venderlos como esclavos. Lo mismo hacían impunemente  bandas de  indios Utes, sus vecinos y enemigos tradicionales.

El ser huérfano, una oveja descarriada,  le dio la ventaja a Nubladito de tener un lugar seguro donde dormir y una comida al día en el orfanato de San Juan. A cambio tenía la obligación de ir a  la escuela  a diario y aprender a leer y escribir el idioma del gobierno. Y por encima de todo conocer y practicar las enseñanzas del libro sagrado de los cristianos.

Un día después de su llegada Nubladito estaba sentado en un roquedal a las afueras de la reserva, contemplaba fijamente un cono de hormigas. Se le acercó el padre Bernardino. Le preocupaba aquel muchacho de mirada ausente y esquiva, no le parecía idiota  pero quizás lo era…

―¿Qué miras Nubladito?

―Cuento las hormigas.

―¿Pero tú sabes contar?

―Sí, en mi lengua.

―Aunque sepas contar, es imposible, hay miles y no paran de moverse.

El joven azuzó con un palo el hormiguero y un río negro surgió del mismo, como lava fluyendo de un volcán.

―Así es más fácil.

Quedó quieto y en silencio sin parpadear hasta que la excitación del hormiguero se fue apagando y regresaron dentro. Cuando quedaban un centenar en la superficie le dijo un número en navajo al cura.

―Eso no puedes saberlo. No hay manera posible de contarlas.

―Sí la hay. He esperado que salieran todas y entonces solo he tenido que contarlas a medida que volvían a entrar,

Era algo sumamente fácil para él, con lo cual tuvo la certeza de que no era idiota.

El padre Bernardino asombrado de su capacidad, viendo que era laborioso y manso,  lo nombró también monaguillo y encargado del delicado trabajo de limpieza de la iconografía del templo, figuras sagradas eternamente cubiertas por una fina patina de polvo del desierto. Polvareda que se desplazaba como una nube desde el suelo barrido con escobas de brezo por dos ancianas indias, para depositarse sobre los bancos y figuras de las capillas laterales. Esta nueva obligación le causó un fastidio y un malhumor desconocido en él, pues tuvo que renunciar por las tardes a seguir el rastro de los animales que abrevaban en la orilla del río y dejar de fabricar arcos y flechas con la débil y quebradiza madera de los álamos, los únicos árboles que podían encontrarse cercanos a la escasa agua. Todo árbol duro y de buena madera había sido cortado  para levantar viviendas, hacer herramientas y como leña para cocinar y calentarse.

La nueva rutina de Nubladito le permitió conocer más en profundidad a los  representantes de aquella religión blanca. El «reverendo padre Hipólito», así quería que se dirigiesen a él, era el rector de aquella comunidad religiosa que comprendía al padre Bernardino y a  tres monjes y tres monjas más que atendían el orfanato y la salud de los habitantes de la reserva. La fe ―al igual que la letra―  con sangre entra, era la base doctrinal de su enseñanza evangelizadora. Llevaba el ceño siempre fruncido y mirada severa, recordaba más a un guerrero iracundo que a un hombre santo. El padre Bernardino era lo opuesto, gentil, sonriente  y dialogante,  contrastando las creencias de los nativos, buscando similitudes y concluyendo que todas ellas eran caminos que conducían a Dios.

Un día el padre Bernardino se acercó a la capilla de S. Francisco de Asís, donde Nubladito se afanaba en conducir un fino rio de arenilla por los pliegues marrones de la túnica del santo.. Al joven le gustaba la figura de aquel fraile amante de los animales a cuyos pies se sentaba un lobo.  El cura vestía su túnica negra habitual, pero la barba negra y abundante le daba el aspecto de un rudo cazador de pieles, portaba en la mano lo que semejaba un pergamino enrollado. Se acercó a un banco frente al pequeño altar donde ardían dos diminutas candelas  y desplegó la tela.

― ¿Sabes quién es?

El monaguillo miró curioso y sorprendido aquella pintura. Un ser alado de cabello largo y amarillo con túnica blanca protegía y acompañaba a un niño que atravesaba un río peligroso ya que el puente estaba en mal estado. No dudó en la respuesta:

― Me imagino que  es un pájaro de trueno cristiano.

― No, no es eso exactamente, es un emisario de Dios, un ángel, un guía.

― Es lo que he dicho,  nosotros lo llamamos Diiltsoh «Pájaro de Trueno», y es eso, un mensajero, un guía, un protector.

―¿Qué te hace pensar que el pájaro de trueno es real?

―No lo pienso, siento que es así. Es una sensación. Trae las tormentas y la lluvia que también son reales ¿Y tú, has visto alguna vez un ángel?

―No exactamente, no se pueden ver. Son la representación de la fuerza protectora que nos cuida y guía. Esa fuerza es Dios. Es omnipotente, sin forma, está en todas partes, pero cuando quiere acercarse a un necesitado a veces adopta la forma de un ángel, no podemos verlo sino con los ojos del espíritu, solo presentirlo.

―El pájaro de trueno  se manifiesta en periodos de necesidad y protección del pueblo Navajo. No solo  es visible en sueños, también visita el mundo de los vivos.

Nubladito se detiene unos instantes pensativo y añade:

―Para nuestros enemigos es aterrador, con afiladas uñas y pico que cortan y desgarran.

―Eso son imaginaciones, leyendas sin fundamento.

―No, no lo son. ¿Quieres ver una prueba?

―¿Qué tipo de prueba?¿ No será un engaño? He visto plumas teñidas de color turquesa, falsificaciones burdas de  picos y garras  de pájaro de trueno  hechas con zarpas de oso, de pumas, de  rapaces y huesos tallados y pulidos. No hay ninguna evidencia real de su existencia.

―Tampoco de tus ángeles.

El sacerdote se detiene en sus argumentos reflexionando. Los borrachos y los niños no mienten, y pese a que el monaguillo ya no es un niño posee una inocencia y una mente limpia e inquisitiva. No pretende tener razón, ni tampoco tiene dudas, quiere ser escuchado.

―La plata recibe diversos nombres dependiendo de la forma que adopta, pero no deja de ser plata me dijo una vez mi padre ―dice el joven indio.

―Tenía mucha razón, en eso estamos de acuerdo, Dios está en todo.

―El Pájaro de Trueno es una forma que adopta la plata, el gran espíritu. No es diferente de él.

Un manotazo brutal en el confesionario de madera los sobresalta. El rector aprovechando las horas tibias y calmas de la tarde seguramente se quedó dormido dentro. Y por el golpe dado no estaba de acuerdo con el desarrollo de la conversación. Se acerca a pasos largos, resoplando y con el rostro completamente rojo.

―¡Por el amor de Dios! Veamos padre Bernardino, parece ser usted el  que se está adoctrinando, no él. Pero en la creencia errónea. Un fenómeno de la naturaleza como el viento, la lluvia, el trueno, en manos de un supuesto ser espiritual considerado divino es una manifestación del paganismo. Un ángel no es un espíritu divino, ni tiene similitudes con el pájaro de trueno. Divino solo es Dios, un ángel es su representante. Como lo fueron los santos, apóstoles y profetas, todos ellos no eran unos ignorantes, eran portadores de una sabiduría y conocimiento recibido de Dios.

Por ello existe el libro sagrado, para que no se olviden los mandatos y la voluntad del Señor.  Defender el animismo es defender a los falsos profetas, demonios y espíritus malignos de las escrituras. Es una blasfemia  dar la espalda a Dios y escuchar al diablo. Fuimos expulsados una vez del paraíso, no volverá a suceder.

Nada  que no esté de acorde con esto ―sacude vigorosamente el libro con la cruz―  es un pecado contra Dios y una burla y desprecio del sacrificio de su hijo. Lo hizo por nosotros, no lo olvidemos ―grita el padre Hipólito, sin apenas respirar.

 

Bernardino y Nubladito permanecen en silencio ante aquella tormenta de argumentos airados. El monaguillo con un cepillo quita el polvo de la cabeza del lobo. El rector prosigue su sermón:

―Somos hombres de carne y espíritu. El espíritu  es débil y  está confundido por las falsas doctrinas, los pecados, la no obediencia a los mandatos del Señor, y es   tolerante y complaciente con los delitos de la carne, su parte animal. Y es esa la puerta que hay que abrir, la fiera a la  que hay que domar y quebrar su voluntad, cueste lo que cueste, para que el espíritu pueda salir de su prisión. La carne solo escucha cuando la sangre corre.

De repente coge a Nubladito de una oreja y lo zarandea violentamente para luego mirarlo a los ojos fríamente.

―Has defraudado al Señor y a toda esta congregación religiosa. No solo no crees sino que tratas de convencer a otros nativos de tus creencias paganas.

En los ojos del religioso Nubladito ve la mirada de un diablo, y escucha su amenaza:

―Persiste en esa actitud y llegará a oídos de las autoridades de la reserva, fieles creyentes. Alguien  podría hablar de rebelión contra el hombre blanco, de conspiración contra Dios, y ello supondría un peligro para la frágil calma que reina en la reserva. Tu vida y la de los navajo están en manos de Dios, aunque  los militares son imprevisibles y de gatillo fácil cuando presienten una amenaza.

―Reverendo padre Hipólito, eso no es cierto, ni justo, yo no predico ninguna creencia pagana,  simplemente pensaba en las similitudes que son más que las diferencias. Mi tribu es ajena a mis ideas. Ya ha sufrido bastante. Déjela en paz.

―¡Insolente mocoso! No eres tú quien decide aquí ―grita, y  le da una bofetada.

 


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