Roberto era el más robusto de la clase. Era año y pico mayor que el resto de los alumnos. Y eso se traducía en que sacaba a todos media cabeza y que le empezaba a salir cierta pelusilla en el labio superior. Aún siendo repetidor, Roberto era incapaz de sacar buenas notas. Defecto que compensaba destacando en las actividades físicas. Aparte de ser el más fuerte y el que más corría en gimnasia, hacía alarde de su poderío en el recreo. Quitándoles el balón a los pequeños y lanzándolo al aire con su “patada estratosférica”. Cuando le daba por jugar al fútbol con los de clase, se divertía encañonando al pobre Julián, el gordito de la clase, al que siempre ponían de portero. Y que estoicamente recibía los balonazos de Roberto.
Cuando no había partido, Roberto se entretenía quitándole el bocadillo a Julián. Comiéndose el chorizo y tirándole el pan a la cara.Amenazándole si no traía más comida o si se chivaba a los profesores. A la salida de clase Roberto se fumaba uno de los cigarrillos que sustraía del abrigo de su padre. Y entre calada y calada disertaba a sus acólitos preadolescentes sobre el sexo, el alcohol y otras ramas del saber humano.
Julián, por su parte, había decidido desde pequeño dedicarse al estudio y labrarse un porvenir. Al año siguiente Roberto y Julián ya no coincidieron ni en clase ni en el patio del colegio. Julián siguió sus estudios sin echar de menos a su compañero. Y no volvió a saber nada de Roberto hasta muchos años después.
Julián, juez de primera instancia de la sala segunda, recibe el caso contra el acusado don Roberto L. P. Julián tiene un pálpito y busca en la documentación la fotocopia del DNI del demandado. Efectivamente, es él. Mucho más mayor, lógicamente, con un poblado bigote y patillas que le dan un aspecto feroz. Julián ya no es aquel niño gordito, el gimnasio ha esculpido un cuerpo sano y relativamente atlético. De pronto ve que se le presenta la ocasión para vengarse de aquellos años de abuso, martirio y humillación. Como juez encargado del caso daría prioridad al fiscal, anularía o minusvaloraría el trabajo de la defensa, impondría la pena máxima y una multa “estratosférica”. Y finalizaría recordándole en su cara los bocadillos de chorizo desperdiciados. Julián sonríe mientras se echa hacia atrás en la cómoda silla de su despacho. No, va ha hacer algo peor, mucho peor. Se va a inhibir, por motivos personales, y le va a pasar el caso a la implacable jueza Quintanilla. ¡Pobre Roberto!
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