UN LARGO RECORRIDO by Francisco Javier Fernández

Estimated read time 7 min read

El atajo más corto entre el piano y el ventanal es pasar por la repisa de la chimenea francesa que hay en el salón. No me queda otra- pienso antes de decidirme.

Lo he calculado un montón de veces. He recorrido las múltiples alternativas que hay en la sala, en las diferentes incursiones que he hecho en la casa desde el jardín. Aunque todas tienen un pero: son tan largas que el riesgo de ser descubierto es inmenso.

El camino que me lleva en diagonal desde la puerta de la cocina, cruzando el pasillo y la puerta del salón, hasta el piano es el único ineludible. El inmenso mueble musical, corpulento, pegado ligeramente a la pared, apoyado sobre el rodapié́, que lo separaba los suficientes centímetros para que mi pequeña cabeza entre, significaba el único refugio seguro en toda la habitación. Allí́, si las cosas se ponen difíciles, puedo aguantar durante días. Nadie lo mueve, ni tan siquiera se atreven a ello.

Desde ese parapeto tengo varias alternativas. Una caminar lentamente refugiándome en los sillones y sofá́, hasta que me enfrento a la ventana. Luego hay que esperar que la cortina esté corrida y ésta abierta. Entonces te mueves hasta el tiesto de barro que hay en la parte derecha del ventanal. Deslizarse lentamente por detrás de la tela y salir raudo.

Otra significa ir enganchando un mueble tras otro. Primero el piano, luego, cruzando la entrada a la sala, ir hasta la alacena, de allí́ hasta el mueble de salón, que se eleva ligeramente sobre el suelo pero permite que la ley de mi especie se vuelva a cumplir: por donde entra la cabeza, entra el resto del cuerpo; y de allí́ hasta una larga y estrecha estantería que se eleva como un rascacielos pegada al tiesto, y de este al jardín. Es el camino más largo, pero también el más seguro.

También hay variantes combinando ambos caminos, aunque todas se dilatan hasta llegar al punto final antes dicho. Siempre encarando la huída desde la vertiente derecha del ventanal.

Luego está el atajo, que encara la salida por la vertiente izquierda: del piano subiendo por la pared hasta la repisa, de allí́, descender hasta el hueco de la escalera y desde ahí́, alcanzar la cortina. Sólo un riesgo hay en dicho camino: pegada a la chimenea está la cesta del gato. Para hacer este recorrido se necesita destreza de alpinista en la escalada y descenso; sigilo de espía para moverse por detrás de los botes y figuras de porcelana que se amontonaban en la repisa; y por último, cómo no, valor, mucho valor.

El gato era un perezoso persa de ojos azules y pelo canela, que se desperezaba cuando menos te lo esperabas para lanzar su zarpa y atrapar a cuanto ser vivo pasaba por su lado despistado o confiado.

Más de un valiente había caído en el intento de salir de la casa, más de un insecto había sido masticado entre sus demoledoras fauces. Cuando quería era un asesino despiadado y sangriento. Cuentan, que hasta un pequeño y despistado jilguero, que se atrevió́ a entrar en la casa, llamado por el canto de sirena de la hembra que pasas sus días enjaulada en el interior, había sido devorado por el minino.

Ahora estoy aquí́, detrás del piano, el ansia por huir llama a mi corazón. Allí́ fuera he dejado a mi prole, necesito volver con ellos. Soy ratón de campo, de tierra húmeda y olor a ozono. Me gustan las lombrices y las semillas que caen traídas por el viento Y ,aunque a esta aventura me veo abocado cada invierno, prefiero el frío suelo helado entre las raíces del viejo roble, que el calor seco de los suelos cerámicos y barnizados, donde mis pequeñas garras patinan delatando mi presencia.

He intentado mirar si el gato está ahí́, en su cajón, dormitando, pero no lo veo. Aunque por la hora que es de la mañana y el sol matutino que por fin nos baña en oro la luz del día, calentando las piedras y baldosas de la terraza, seguramente esté fuera. El ventanal está abierto, e invita al calor a entrar y tomar la oscuridad fría de la estancia.

Comienzo a escalar rápido. Alcanzo la cima de la repisa en unos segundos. Paro, tomo aliento. Mi corazón palpita a gran velocidad. La fuerza de cada pulsación vibra en mi cabeza. Ya no hay vuelta atrás.

El camino por la cumbre es fácil, despejado. Al fondo veo el precipicio por donde se despeña el polvo. En el borde detengo mi caminar. Ahora dibujo mentalmente por dónde tengo que descender, los puntos de apoyo, los salientes que me pueden ayudar. Vuelvo a mirar hacia la cesta: no está́. Respiro hondo, aliviado.

Tomo impulso y…Me detengo. He visto algo, parecía un mopa moviéndose. Pero no hay humano en mi ángulo de visión. Aunque por la rapidez, bien podría ser la cola del felino.

Pulso acelerado. Respiración entrecortada. Tensión en el cuello. El corazón golpea con fuerza mi caja torácica. Dificultad para diagnosticar la situación. Aunque algo sí es seguro: está complicada. Trato de calmarme. Cierro los ojos y dejo que sea mi oído quien me dibuje el momento que vivo.

Todo tranquilo. Abro las pupilas al precipicio desde el que miro mi única vía de escape. Hay que arriesgarse, ser valiente y rápido. Si el gato no me ve en el descenso, ya en tierra firme, puedo tratar de esquivarle cruzando por encima de su cajón. No se lo esperará y el factor sorpresa jugará a mi favor.

Más que bajar, caigo. Mis pequeñas patas sufren el impacto contra el suelo, que retumba en todo mi cuerpo. Estoy dolorido, pero logro coger posición defensiva frente al minino.

Levanto la vista y ahí́ está el bebé, el hijo menor de la pareja de humanos, jugando con un trapo de color marrón claro, descolorido. Me mira unos segundos antes de lanzar su pequeña y regordeta mano contra mí. No hay peligro, las crías de esta especie son torpes a la edad del perseguidor, salgo corriendo hasta debajo de la escalera. Él llora y señala mi escondrijo. El felino entra curioso a ver qué pasa. Yo salgo por el ventanal y recorro los metros que me separan de la alta hierba lo más rápido que puedo.

Salto desde el porche para alcanzar en el mullido y húmedo suelo. Entonces algo me ase, me sujeta entre sus garras afiladas y negras que se clavan en mi cuerpo,  y siento que me elevo y me elevo, ganando el cielo.

Jamás he visto nada tan bello como aquel paisaje: el tejado de la casa, la inmensidad del los prados, la copa del viejo roble. Lástima que no se lo vaya a contar a nadie.


Descubre más desde Masticadores

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

You May Also Like

+ There are no comments

Add yours

Deja un comentario