Primer Premio – XXI Certamen de Relato Corto «Casa de León en La Coruña 2020»
Con frecuencia inusitada y sin aviso, me visitan recuerdos gratos de mi infancia. No los convoco ni sé por qué se dejan ver, pero irrumpen en mi conciencia como la frágil mariposa que fugazmente revolotea frente a mi ventana, y con su aparición ingrávida y silenciosa aporta esplendor y ternura a ese instante. A veces ocurre cuando menos lo espero, y otras cuando más lo necesito. Y esas memorias felices están invariablemente prendidas a la imagen de mi abuela Rosa. Era una mujer pequeña, con ojos vivaces que percibían hasta lo invisible, y manos que horneaban bizcochos inolvidables y curaban berrinches con una caricia. Con una madre que lo era solo de nombre y un padre siempre ausente por trabajo, la casa de mi abuela era el hogar al que acudía a la salida de la escuela. Yo llamaba a su puerta con tres golpes cortos, nuestra clave, y ella la abría con los brazos extendidos y una enorme sonrisa, como si mi visita fuera lo mejor que le había ocurrido en todo el día. Recuerdo cuando le pregunté si todas las abuelas eran gallegas como ella.
—Bendito este país, donde a todos los españoles nos llaman gallegos. Verás, no somos gallegos ni tampoco castellanos. Somos de la provincia de León, allí apretada, a veces un poco olvidada, pero orgullosa como ninguna de nuestra historia y nuestra gente.
Cuando las tardes se alargaban esperando a mi padre que no llegaba, la abuela me entretenía con historias de su tierra, las que sazonaba con toques mágicos para asegurar mi interés. A través de ellas, yo imaginaba al Bierzo como una combinación del país de las maravillas de Alicia y la tierra de Oz, con castillos almenados surgiendo de entre la niebla, ríos de aguas claras que alimentaban infinitos regueros y fuentes, y una naturaleza privilegiada custodiada por montes majestuosos. Mi historia preferida, la que le hacía repetir con frecuencia, era la del tesoro romano.
—Una tarde de verano, siendo muy niña, andaba por la vera del río con mi hermano Jesusín, el benjamín de la familia, y descubrimos un pequeño cofre asomando apenas entre la maleza. Al forzar la tapa, una cantidad de monedas de oro antiguas, del tiempo del imperio romano, nos deslumbró con su brillo. Sin saber qué hacer, lo desenterramos y lo ocultamos a la sombra de un castaño añoso, cubriéndolo con piedras del río para que nadie lo viera. Y allí está a la espera de que, algún día , yo vuelva a desenterrarlo. Y como no me gusta viajar sola, tú me acompañarás.
—Pero abuela… ¿Cómo no te llevaste el tesoro ese día?
—Temí que, siendo una niña, mis padres me regañaran por haber cogido algo que no me pertenecía. Ahora ya soy grande y nadie me regañará.
—Pero abuela… ¿Y si tu hermano ya lo ha desenterrado y se ha quedado con todas las monedas?
—Jesusín no haría eso, y además era tan pequeño que no recuerda el lugar. Ya le he dicho por carta que aguarde a que vayamos tú y yo a buscarlo, mi niña.
—Pero abuela… ¿Y si el árbol ya no está en pie, cómo sabrás donde buscar?
—Los castaños viven cientos de años, y además tengo el mapa del tesoro grabado en la memoria. Trae un papel.
Arranqué una hoja en blanco de mi cuaderno escolar y la abuela dibujó un puente de varios arcos y un árbol de tronco grueso y copa redonda, su castaño. Con mi lápiz rojo trazó una cruz indicando la ubicación exacta del tesoro, y me entregó el mapa para que lo guardara en un lugar seguro. Fue tal la emoción de saberme depositaria del mapa de un tesoro, que no pude resistir la tentación de retransmitir la historia para darme importancia, y lo enseñé a mis compañeras de la escuela, quienes opinaron que todo era un invento de mi abuela. Ese descreimiento me dolió, pues yo estaba convencida de la veracidad de su relato, ya que si no fuera cierto, no iba a llevarme con ella hasta España para buscar un tesoro que no existía.
Ya entrada en la adolescencia, otros intereses me ocupaban a la salida del instituto, y las visitas a la abuela se fueron espaciando. Ella nunca reprochó mis ausencias, siempre me recibía con su mejor sonrisa en esa casa que olía a galletas recién horneadas. Y así fueron pasando los años.
Sucedió lo imposible, lo inimaginable: la abuela enfermó. Asumí que era un malestar pasajero, pues nadie me había advertido que la persona más importante en mi vida podía morir y dejarme sola. Su salud declinó y, muy a pesar mío, comprendí que su final estaba cerca. Y lloré mucho. Lloré a solas, a escondidas, mi pena humedeció almohadas y anegó horas de insomnio, y dejé crecer mi flequillo para ocultar la rojez de mis ojos, hasta que no quedó ninguna lágrima por verter. Y en lo que recuerdo como mi doloroso paso a la adultez, acepté que la perdía.
—Cuando yo no esté, mi niña, no debes sufrir por mi ausencia, pues mi vida ha sido larga y feliz. Me apena que no podré acompañarte a buscar el tesoro, pero debes prometerme que irás, y a través de tus ojos volveré a ver mi tierra. Al contemplar tanta belleza, comprenderás esa morriña que asomaba aun en mis días más felices, porque ni la distancia ni el tiempo logran cortar los lazos que nos unen a lo verdadero.
—Abuela, no digas eso, te pondrás bien e iremos juntas…
—Desandarás el camino que me trajo hasta aquí, atravesando el ancho mar hasta llegar a Galicia, y has de continuar por tierra. Te cruzarás con peregrinos, buena gente que también anda en busca de su tesoro…
Han transcurrido muchos años desde que falleció la abuela, y es raro que pase un día completo sin que recuerde alguna de sus frases, sus lecciones, el aroma a esos bizcochos anisados que, como la alfombra mágica de los cuentos, me sigue transportando a un tiempo en que su compañía llenaba todos los vacíos. Muchas veces me pregunté cómo un ser tan amoroso como la abuela dio a luz a mi padre, quien se refugiaba en el trabajo para estar ausente, y que eligió como compañera a una mujer que nos abandonó al poco tiempo de traerme al mundo. Tal vez ellos se encontraron porque tenían en común esa dolorosa falta de afectividad, esa imposibilidad de comprometerse, que tanta tristeza me ha causado. Pero tuve a la abuela; su amor compensó las ausencias, y su recuerdo fue refugio cálido cuando la realidad me golpeaba, a veces con dureza. Recientemente, como en la rara alineación de los planetas, los disgustos se sucedieron, desde el cierre de la empresa donde trabajaba a una desilusión sentimental, en parte mi culpa por haber depositado mi amor y confianza en quien no lo merecía. La tristeza hizo nido en mi alma y se ensanchó hasta no dejar espacio para nada más, ni un mínimo hueco donde pudiese germinar la esperanza. Sin salir de casa, con la única compañía de una botella y anestesiada por la televisión, dejaba escapar las horas, días y semanas sin intentar un cambio, sin encontrar estímulo para sacudir esa modorra depresiva cuyos tentáculos se vislumbraban indestructibles. Y abriendo y cerrando cajones, entre fotos viejas, billetes capicúa de autobús, décimos de lotería sin premio y recortes de diario aún por leer, encontré el mapa del tesoro. El papel había amarilleado y parecía haber encogido, o tal vez fueron mis manos las que crecieron desde entonces. El puente y el castaño dibujados por la abuela eran apenas distinguibles, difuminados por el tiempo y el olvido, pero la marca del tesoro conservaba su firmeza, decidida, tentadora. ¿Me animaría?
No anticipé que el avión fuera tan ruidoso ni que volara tan alto. Tuve miedo de morir, de que cayera en picada hasta depositarse en el lecho del océano, y quedar condenada por la eternidad a los oscuros fondos marinos en compañía de náufragos anónimos y peces bidimensionales. Continúe el viaje en autobús, donde la serenidad del paisaje suavizó mis ánimos. La pradera dorada se extendía, monótona, allende el horizonte, su infinitud solo interrumpida por pueblos que pasaban raudos por mi ventanilla, destacando los campanarios de iglesia casi siempre coronados por un gigantesco nido de cigüeñas. A medida que se acercaba mi destino y el paisaje verdeaba, comencé a cuestionar mi decisión alocada de largarme a la aventura con el quimérico propósito de recuperar un eco de esos momentos de la infancia en los que, gracias a la abuela, la vida tenía sentido. Presagié mi derrota, como el viajero sediento que persigue un oasis y, con su último aliento, descubre que era un espejismo creado por su mente desesperada. Cuando el conductor anunció que mi destino era la siguiente parada, había asumido la inutilidad de mi esfuerzo, y el sentimiento de fracaso era apenas tolerable por estar cumpliendo mi promesa a la abuela. Bajé del autobús en la mitad de la nada, sin saber qué hacer, y más recuerdos infantiles, como el vuelo de esa delicada mariposa, me acariciaron.
—Pero abuela, ¿cómo estaré segura de haber llegado a donde está del tesoro?
—Sabrás que has llegado al Bierzo por la flor de los cerezos, los castaños centenarios y la brisa perfumada de pimientos. Te enamorarás de los pueblos con sus casas de piedra y sus fuentes de agua clara. Verás los corzos retozando en el monte y los estorninos dibujando figuras en el cielo al atardecer…
—Pero abuela, ¿y si me pierdo?
—Jesusín te estará esperando.
Y aquí estoy. Bajé del autobús en una parada que es apenas un tinglado protegiendo un banco de metal. Solo veo un anciano sentado con la cabeza gacha, el mentón apoyado sobre unas manos gastadas que descansan en la empuñadura de un bastón de caña.
—Disculpe que lo moleste. ¿Sabría usted donde puedo encontrar al señor Jesusín?
El anciano levanta la cabeza y me mira, y allí bajo la boina, entre las arrugas de sus párpados pesados por los años, veo los mismos ojos vivaces de la abuela.
—Yo soy Jesusín, y tú debes ser la nieta de mi hermana Rosa.
—¿Cómo lo sabe? —logré articular apenas, mis palabras trabadas ante semejante sorpresa.
—Tu abuela dijo que vendrías.
—Pero ella falleció hace quince años…
—Yo vengo cada día a esperar el autobús, y hoy por fin has llegado.
Se pone de pie y lo sigo. Me dice que llego en buen momento, mañana comienzan a vendimiar. Al final del camino veo una casa de piedra donde dos niños juegan ruidosamente con un perro, y varios adultos entran y salen de mi campo visual.
—Aquella es la casa. Ahora vas a conocer a tu familia.
Algo hay en mi garganta que no me deja hablar. Ya estamos llegando, los niños y el perro se nos acercan, y los jóvenes y adultos se interrumpen para mirarnos. Tiro de mi flequillo para ocultar la humedad en mis ojos, y antes de recibir abrazos de bienvenida, alcanzo a murmurar, en el más absoluto silencio:
—Abuela, quédate tranquila, ya encontré tu tesoro.
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