¿De qué me valen los inviernos tropicales,
tibios como un abrazo fraternal;
ese rocío endeble que adolece al sol
con una hojita ocre por pedestal?
Donde las cascadas se tornan
lenguas de titanes; colmillos de acero,
me pavoneo cual emperatriz—erizo,
revestida en piel de cordero.
Que la nieve purifique
allí donde fracasaron las llamas
y erradique tus carcajadas de mi jardín;
derrotero de zorros y travesías vanas.
NATALIA DOÑATE
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