miércoles, septiembre 2 2026

Ruidos… por Carlos Cubeiro

Aquella noche la luna se veía llena y más grande que nunca. Cientos de miles de luceros la acompañaban, parecían coronándola como a una reina. La joven diseñadora de moda Marguerite
Bolet estaba disfrutando de una placentera ducha después de una jornada de intenso trabajo. El calor era insoportable, a esas horas de la madrugada el termómetro exterior marcaba aún treinta y cinco grados.

Marguerite vivía sola en una gran casa con más de cien años de antigüedad, rodeada de praderas y muy cerca de un pequeño pero hermoso lago. Su automóvil, una réplica exacta de un Hispano Suiza SS 100 de 1938 descapotable de color verde botella metalizado, descansaba todas las noches en el garaje para protegerlo de las inclemencias del tiempo. Todas las ventanas permanecían abiertas de par en par intentando así mitigar el calor sofocante que reinaba esa noche. A los pocos minutos de salir de la ducha volvió a meterse bajo el agua, su cuerpo se había secado casi al instante empezando a sudar de nuevo. Por lo que se ve la noche va a ser larga casi no se respira, se decía ella. Así con ese pensamiento en su cabeza puso un disco, de aquella colección de vinilos de música clásica que le había dejado su padre en herencia.

Comenzó a sonar la Danza Húngara número cinco de Brahms. Margaritte bailaba sola al ritmo de
la música de un lado a otro de la balconada vestida únicamente con su brillante piel dorada. Así bajo las estrellas sentiría menos calor debido a la suave brisa que reinaba y de todas formas estaba decidida a no pensar en nada, sólo bailar y bailar hasta caer rendida, consideraba que iba a ser la única manera de conciliar el sueño. Tras Brahms le tocó el turno a Ravel con su bolero, según aumentaban las notas en intensidad así crecía la velocidad y fuerza de su baile. De pronto, las botellas del mueble bar comenzaron a tintinear como si quisieran seguir el compás de aquella pieza. Luego la enorme cama de su dormitorio comenzó a crujir como si alguien estuviera danzando sin parar sobre ella. Sin embargo Marguerite estaba tan metida en la música que no era consciente de ninguno de los ruidos, ni tan siquiera escuchaba el motor de su flamante Hispano Suiza desapareciendo por el camino empedrado de acceso al caserón, alguien se lo estaba robando?, aunque así fuera no se enteraría. Y desde luego era incapaz de escuchar los pasos que con tacones de aguja subían las escaleras de madera haciendo que ésta soltara mil y un quejidos a cada paso.

No había tormenta, el cielo estaba estrellado, no había motivo pero la energía eléctrica se interrumpió bruscamente, dejando toda la casa a oscuras únicamente iluminada con la luz de la luna llena. Ésto hizo que la música se detuviera bruscamente. Ante aquel parón repentino de la música, la joven Marguerite entró de nuevo en la casa para investigar el motivo del cese de los acordes musicales, sin parar siquiera a ponerse su bata de seda verde.

Avanzó presurosa hacia las escaleras, ahora sin la música sentía como los pasos se acercaban intentando ser sigilosos. Las arañas de cristal siempre silenciosas hacían ésta noche ruidos poco comunes y misteriosos. Los perros de los vecinos ladraban como si no hubiera un mañana. A través de las ventanas abiertas sentía rugir varios motores pero no quería salir al balcón a comprobarlo para no dar la espalda a los pasos que se acercaban en la oscuridad. Marguerite no tenía miedo, nunca lo había tenido pero le intrigaba saber quién tenía la poca decencia de llegar sin avisar y a esas horas tan
intempestivas a su casa, sólo podía ser un ladrón, pensaba ella, a la vez que el origen de  aquellos ruidos procedentes de los más diversos rincones del caserón.

Los pasos se iban acercando decididos, así que tomó en su mano derecha una pequeña figura de mármol blanco que halló en su camino como arma improvisada, levantó la mano con la intención de romperle la cabeza al intruso. En ese instante reapareció la luz, todas las lámparas se encendieron cuando el bolero de Ravel daba sus últimas notas. Marguerite se hallaba frente a Alice, su mejor amiga, que traía en sus manos una tarta de cumpleaños con un gran número treinta de chocolate en el mismo centro.

Tras ella subían por la escalera Martín, André y Maurice, sus amigos de la infancia. Estaban allí
para celebrar sus recién estrenados treinta años entonando el Happy birthay y ella así… como si
acabara de nacer…

@Carlos Cubeiro

@Imagen Pinterest


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