Adobe, sangre, dolor y … por Carlos Cubeiro

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La noche estaba estrellada y la luna más grande que nunca. En el valle se respiraba la paz más absoluta, un silencio casi total, sólo el ir y venir de los animales domésticos alteraba en parte la
sensación de sosiego, A esa hora los habitantes de la aldea se hallaban ya recogidos en sus humildes casas y los más pequeños en el mejor de los sueños. La única que se mantenía con sus grandes ojos oscuros, abiertos como platos era Nayla, la hija menor de Alí y Laila. Su pequeña vivienda de adobe estaba situada muy cerca del río. Una leve y cálida brisa se levantó en todo el valle, traía con ella un rumor extraño que causaba desasosiego entre los animales que comenzaron a gemir y comportarse de manera huidiza. Amin, el perro de la pequeña Nayla también se sentía inquieto.

Justo cuando la pequeña estaba a punto de cerrar los párpados, notó que la cama empezaba a moverse, el techo se deshacía sobre ella en múltiples cascotes de barro. El suelo continuó
moviéndose, a cada segundo era más fuerte. Nayla dio un salto en la cama para ir al cobijo de sus padres y hermanos, buscando una seguridad ante el temor que le infundía la situación. Las lágrimas y una congoja sin consuelo se apoderó de la pequeña al ver cómo los trozos de techo y paredes cubrían por entero a su familia, no los veía y sobre todo, no los podía sacar de allí. Sola, miraba al cielo estrellado y a la luna, testigo de aquella tragedia. Lo que quedaba de la techumbre terminó por derrumbarse. La pobre Nayla quedó atrapada entre los escombros, sin poder moverse por sus propios medios. A sus seis años poco podía hacer.

El resto de la aldea era un cúmulo de cascotes amontonados, los pocos supervivientes eran los que aún no dormían cuándo comenzó el temblor y les diera tiempo a abandonar sus casas antes del derrumbe. Aquella noche serena, estaba ahora llena de polvo, barro, sangre y gritos de dolor. Iluminados por la luna, los que aún podían moverse buscaban bajo cada cascote en busca de vida.

Con ayuda de las manos se abrían paso para descubrir solo muerte, sólo cuerpos ensangrentados de mayores y niños. La luna sentía una gran impotencia al no poder ayudar, sólo podía iluminar escasamente la trágica situación que se vivía en aquella aldea y en otras muchas del entorno de la cordillera del Atlas. Llantos, quejidos de dolor físico y del alma ante los seres queridos desaparecidos. Mientras tanto, Nayla seguía allí debajo de los restos de la casa. Nadie se escuchaba por los alrededores, no acudían en su ayuda y tenía mucho miedo. Compungida, no dejaba de llorar en silencio interrumpido únicamente por intermitentes accesos de hipo. Los ojos se le iluminaron por un instante, al escuchar un ladrido lastimero que reconoció al instante, sin duda era su querido perro Amin, de raza indefinida y ya desde cachorro muy listo. Nayla lo llamó varias veces y al final logró que le escuchara. Cuando esto sucedió sus ladridos eran ya de alegría. Amin, movía su cola nervioso al escuchar a su dueña y saber que estaba viva. Bajo el montón de escombros, había descubierto los cuerpos sin vida del resto de la familia de Nayla.

Con mucho esfuerzo logró llegar hasta ella y comenzó a excavar con sus pequeñas patas para tratar de rescatarla de aquel lugar infernal. La bolsa de aire en la que estaba no duraría mucho más, el tiempo era crucial. Amin trabajó lo más aprisa que pudo, tenía que crear un hueco por dónde le entrara aire puro. Por fin, Amin escuchó a su dueña decir – ya está guapo, avisa que me saquen de aquí-. Cómo pudo, por otro agujero entre las paredes derruidas salió a buscar quién pudiera ayudar a rescatar a la niña. Ladraba para llamar la atención y al fin lo logró, todos lo conocían y sabían que su dueña era Nayla. Entendieron estos dos vecinos que debían seguir al perro. Corriendo tras él llegaron al lugar de muy difícil acceso. Nayla los escuchó y con su voz algo afónica les indicó dónde estaba. Con gran dificultad la rescataron.

A pesar de su corta edad y de que estaba algo magullada, decidió ir con su perro de fino olfato en busca de más supervivientes. Gracias al pequeño Amín, creció el número de personas rescatadas con vida. Las primeras luces del alba entre las montañas vieron la pequeña aldea derruida casi por completo. Sólo una casa permanecía en pié milagrosamente, en ella dispusieron a los heridos en el suelo. Los que no cabían dentro los situaban dónde podían aquí y allá. Mientras el fiel Amin recorría las calles en busca de vecinos con vida, Nayla hacía lo suyo. Siendo tan pequeña no podía hacer trabajo físico pero sí otras labores tan importantes. Su gran corazón la llevaba a sentarse junto a los heridos, ofreciendo su pequeña manito mientras no llegaban los servicios médicos, una compañía que éstos agradecían infinitamente al no sentirse abandonados debido a su estado. Los miraba con sus grandes y oscuros ojos regalándoles su sonrisa llena de dulzura.

Nayla era muy querida por todos los de la aldea y ella también los quería, por eso estaba allí donde uno de ellos necesitará de una amable sonrisa. Nadie podría pensar al verla que sólo tuviera seis años, las circunstancias hicieron que se hiciera mayor de la noche a la mañana, saltándose la etapa infantil de su vida. Sin embargo, su pequeño cuerpo seguía siendo débil. La pobre Nayla, cayó rendida por el cansancio dándole la mano a uno de sus vecinos más graves. Su cabecita descansaba en el suelo apoyada en un atillo de tela que alguien le puso bajo ésta.

Cuando despertó tiempo después, una sorpresa le hizo esbozar una sonrisa, Amin estaba junto a ella con el hocico sobre su pecho, durmiendo agotado por el cansancio. Todo continuaba igual en la aldea, horas después de la potente sacudida, los servicios médicos y de rescate no aparecían.

Algunos de los heridos más graves no resistían y cerraban sus ojos para siempre. En medio de todo el caos, la sonrisa y la dulce mirada de Nayla en compañía de Amin, era como un soplo de aire fresco, la alegría dentro de la tristeza de su corazón por la pérdida de su familia.

Cien horas después del seísmo, la aldea de Nayla sigue sin recibir la ayuda necesaria. El sol se levanta y se pone en un lugar olvidado de todos, en el que sólo las buenas acciones de unos cuantos logran mitigar levemente el dolor de los demás cómo Amin y Nayla, siempre dispuestos a poner su pequeño grano de arena.

@Carlos Cubeiro

@Imagen Pinterest


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