Sobre la enseñanza de alguien que es enseñado por Willy

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Si comienzo como quiero hacerlo, la introducción a estas reflexiones va a ser demasiado larga como para cumplir con el número de palabras que el texto argumentativo perfecto ha de tener para alcanzar una puntuación máxima que define, aunque en una pequeña parte, mis siguientes años de vida. Es más, en ese hipotético texto, no podría haber escrito las setenta palabras que llevaré, aproximadamente.

Como alumno, me gustaría hacerlo todo perfecto.

Como persona, sé que no soy perfecto y que nunca haré algo de tal magnitud.

Como escritor, querría hablar caras y caras sobre cualquier tema que se me presente delante.

Como alumno, también he aprendido que José Martínez Ruiz ‘Azorín’ inventaba palabras y que algunos grandes literatos tenían el privilegio de cambiar las ‘g’ por las ‘j’. Como grandes escritores, se les era permitido tal “insulto hacia la ortografía” que habría sido en el caso de cualquiera de mis compañeros de clase (Para este punto llevo ya escritas 162 palabras. Si bien en un examen tampoco puedo extenderme tanto como lo voy a hacer aquí, me gustaría, en este momento, reflexionar sobre lo poco que puede decirse en la extensión máxima que se nos es permitida a los alumnos en estos ejercicios). Es algo lo cual también yo habría calificado como tal aberración si hubiese sido cualquiera de ellos quien cometiese tal acto.

Como persona, sin embargo, soy consciente de que tampoco ellos -mis compañeros- son perfectos. Es paradójico pensar en esto como la manera de “perdonarnos” tales erratas a los que estamos por debajo de las normas. Siquiera es algo que se nos habría pasado por la cabeza con un gran escritor del siglo XIX, pues está -y probablemente bien merecido- por encima de la literatura. Es el escritor mismo quien marca la senda de la literatura en la historia del mundo.

Como escritor, pienso en poder estar entre ellos. Quizá algún día.

Si fuese profesor de primaria, no sé cómo me sentiría pensando en que, en un futuro lejano para mis alumnos, lo que me esfuerzo en enseñarles a redactar con propiedad y lo que se esfuerzan ellos en aprender, se verá totalmente contrariado por un sistema de estudio que limita el número de palabras que deberán escribir en un texto a una cantidad ínfima, pues si bien es totalmente comprensible y lógico que los correctores PAU no quieran corregir exámenes cargados de contenido y de un número grandísimo de caras en tan poco tiempo como lo es el que tienen, es por tanto normal que esta cantidad sí que esté limitada, mas no creo que nada debiese de estarlo siempre y cuando se cumpla con esta limitación.

Si fuese profesor de instituto, apasionado de alguna asignatura y con ganas de transmitir mi pasión por esta, no creo que me gustase enseñarla en un curso en el que todo se resume a lo máximo y no se valora el conocimiento puro, sino que se valora a aquel que encaja en unos esquemas los cuales realmente no están hechos para tantos. No pretendo con esto culpar al sistema educativo al completo de las malas calificaciones, ni de los fracasos escolares, pues entran muchos más factores en juego que sin embargo mencionarlos aquí sería abrir un melón importante, por el contrario, desde la máxima empatía que puedo llegar a tener hacia los profesores según mi personalidad y como chaval de casi dieciocho años que soy, creo que muchos de ellos hacen su trabajo lo mejor que pueden y saben, pero también ellos caen en las normas que están por encima de todos, ellos y nosotros, que no trazamos el sendero de la literatura, ni de la historia, ni de las matemáticas, ni de la física, ni de muchas otras asignaturas que son impartidas y es paradójico que sin alumnos a los que enseñar, ninguno de estos estudios correrían por la senda del tiempo. Es por esto que creo necesario tratar de hacer cada asignatura lo más accesible posible a quien esté capacitado para aprenderla y quiera hacerlo, pero es imposible si cada vez se tiende más al reduccionismo: cuatro siglos de Al-Ándalus en quince o veinte líneas, temarios infinitos en tiempos tan reducidos…

De alguna forma sin embargo hay que cumplir plazos, hay que enseñar, hay que mandarnos a nosotros, los estudiantes, al siguiente nivel y tener los conocimientos óptimos para tener nuestra propia vida antes de que esta haya terminado.

 Dicho lo cual, ¿dónde está el límite? No lo sé. Como todo, tampoco existe ni existirá el sistema perfecto que se adapte a todo el mundo, quizá leyendo esto pueda alguien pensar que soy egoísta, quizá ese alguien puede tener razón. Sin embargo, a esa persona le diré que todos, desde mi persona y el pequeño lugar que ocupo en el mundo, hasta grandes pensadores como lo fueron Aristóteles o Tomás de Aquino, pasando por los últimos ensayos de opinión que he leído -en exámenes- de Xavier Guix, absolutamente todos caemos en una de las falacias más básicas que existen, la del yoísmo, en mayor o menor medida. Cualquiera que escriba su opinión lo hará desde la sensibilidad y escribirá acorde a lo que conoce y a lo que eso le transmite, por lo que no puedo decir que aquel que me tache de egoísta o me quite la razón esté equivocado, ni tampoco puedo decir que esté yo en lo correcto. Sin embargo, no puedo dudar de la realidad en la que vivo, que se me presenta abrupta y en la que no son pocas las personas de mi entorno que, al igual que yo, infieren que lo que está mal es, en efecto, el sistema. Es por tanto desde esto desde lo que escribo hoy esta reflexión.

Cualquiera que sepa el motivo que ha provocado que escriba las 960 palabras (es decir, 6’4 textos argumentativos en un examen) que van escritas hasta la última palabra del párrafo anterior se reiría de la misma manera que lo hago yo al pensar que todo esto se debe a que he sido penalizado con 0’1 y 0’7 puntos en un examen por excederme en quince y ciento veintiún palabras respectivamente, (aunque haya cumplido con el número máximo de caras que me son permitidas y me haya sobrado una) y aún así, todo eso ha provocado en mí tal indignación que me ha inducido a reflexionar largas horas de esta tarde como no lo había hecho en mucho tiempo.

Si algo puedo sacar en claro, es que tantos límites en un sistema que pretende enseñar a pensar consigue totalmente lo contrario para aquellos que pensamos en grande. No pretendo tampoco minimizar el arte que hay detrás de resumir y de sintetizar (arte que, desde luego, no es para mí), pues es sorprendente apreciar todo lo que puede expresarse en tan pocas palabras, así como son impresionantes también las charlas TED, que no por ser cortas en tiempo implica que conlleven poco trabajo, simplemente quiero expresar mis sentimientos hacia unos esquemas que si bien tratan de criar grandes mentes, consiguen (quizá voluntariamente o quizá por ignorancia) con su propia estructura un límite totalmente contrario a su objetivo.

@Willy

@Imagen Pinterest


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