viernes, septiembre 11 2026

Vida en el vagón by Feliciano F. González

Vida en el vagón

Vida en el vagón

Habían pasado ya cuarenta minutos desde que Antón acudió al corredor entre los dos vagones donde estaba anunciado el WC. En un viaje de tres horas, resultaba una tardanza anómala. Tenía un toque cómico verlo avanzar por el vagón sujetándose a duras penas en los respaldos de los asientos, sujetándose las gafas de pasta negra, dando tumbos, tropezando con la pierna de algún pasajero, disculpándose con empalagosa contrición. Había apurado su espera hasta el punto de limitar su continencia a no más de otros tres minutos. El tropiezo con el pie de un segundo pasajero que dormitaba una ristra de sonoros ronquidos fue fatídico. Una primera evacuación de orina fluyó por la pernera del chándal gris hasta mojar el suelo y dejar impresas las huellas de sus zapatillas deportivas. Una vejiga pierde fortaleza con los años y eso obliga a recalcular el tiempo de anticipación necesario para desplazarse hasta el habitáculo pestilente y húmedo de un WC ferroviario. Alcanzó la puerta corredera, dio gracias al dios correspondiente de encontrar el lugar desocupado y desapareció en su interior.

Luna se había inquietado a los veinte minutos de perderlo de vista; se había abandonado a chuparse las uñas compulsivamente a los treinta minutos y a los cuarenta minutos le habían comenzado a golpear el pecho punzantes taquicardias, agitándole los senos en un discreto desorden. La empleada que empujaba el carrito de venta de bebidas y café se percató de su estado de ansiedad y se interesó con amabilidad sintética. Luna sólo alcanzaba a respirar y hacer de su resoplido una forma de lenguaje:

—Mi marido, mi marido.

La empleada se ajustaba el corpiño del chalequillo azul como si con ese gesto afinara su capacidad de entendimiento. Aun así, le hizo repetir a Luna varias veces el entrecortado mensaje, hasta que un joven pasajero se descubrió la cabeza y movió el aire con la gorra de New York frente al rostro de la afligida Luna. Finalmente, lograron atisbar lo que pretendía decirles, ayudados por su gesto señalando con el dedo el WC. La señorita del uniforme azulón empujó el carrito en dirección a ese lugar, elucubrando en su mente atareada todo tipo de historias truculentas sobre lo que se podría encontrarse allí. Recordaba el relato de un compañero a quien un pasajero le vertió un vaso de café ardiendo cuando un golpe de corazón se lo llevó del mundo dejó sus despojos retorcidos en el asiento. El pobre colega tardó meses en recuperarse y alegó un síndrome sobrevenido de pánico al tren para demorar su regreso al trabajo. El departamento de personal acordó con él una compensación económica y no supimos más de él. Un viernes por la noche se lo encontró por accidente; se tambaleaba al andar y sólo acertó a musitarle a su amiga ferroviaria, antes de desplomarse sobre la acera:

—La vida son dos días. Hay que vivirlos.

La puerta del WC estaba atrancada por dentro. Por experiencia sabía que era imposible forzar el cerrojo desde el exterior: era un mecanismo de diseño alemán, tan sólido como las mismas ruedas del tren. Comenzó a golpear la puerta en un intento nervioso de lograr comunicar con el usuario allí encerrado. Nadie respondía. Un líquido pegajoso se abría paso por la delgada ranura que separaba la hoja de la puerta del suelo. Sentía la suela de los zapatos adherirse a la tarima plástica, como si se estuvieran derritiendo. Un olor ácido invadía el descansillo entre los vagones.

—Se llama Antón. ¡Antón, Antón!

Luna se había incorporado a la tarea de aporrear la puerta con la novedad de gritar al desaparecido por su nombre de pila. Ambas parecían ofuscadas en su empeño, como si compitieran por ver quién golpeaba la puerta con mayor fuerza, o quién sería la primera en obtener la respuesta de Antón. Nadie respondía. El fluido dorado se extendía sin parar por el suelo y había empezado a verterse sobre las vías a través de los huecos de las puertas de acceso al vagón. El olor producía efectos alucinógenos, narcotizantes, una especie de somnolencia acompañada por accesos de vómito. Nadie respondía.

Una plantación de cabezas se descolgaba fuera de sus asientos sobre el pasillo indicando que la población de dos vagones venía participando desde su distancia el progreso del caso. Los más próximos al WC se sentaban con las piernas plegadas sobre sus asientos para evitar impregnarse del líquido, que había comenzado su avance por los vagones. Algunos habían preferido subirse de pie al asiento y asirse a la repisa de las maletas. El controlador del tren había sido alertado y se personó en la escena de los hechos. Con una manivela postiza intentó forzar la apertura de la puerta. Según decía, el mecanismo contaba con un sistema anti-pánico que permitía deslizar los engranajes hasta liberar la hoja de cierre.

—¡Antón, cariño, Antón!

El controlador del tren sugirió encaramarse hasta la rejilla superior de la puerta, diseñada para ventilar el WC, y tratar de observar el interior antes de forzar aún más la puerta. Hombre de dimensiones sólidas, acordó aupar a la empleada del carrito de bebidas en sus brazos hasta que pudiera alcanzar la rejilla. No sin algún reparo, ella aceptó el reto y se dispusieron al ejercicio. Él contaría hasta cuatro antes de elevarla del suelo, momento en que ella debería asirse a la cornisa metálica y asomarse sin pudor y sin demoras. Contados los cuatro, el controlador se agachó, asió a la empleada del carrito de bebidas por los muslos y la elevó. Ella se sujetó de la pequeña cornisa y él quedó sumergido entre sus pechos.

—¡Antón!

—¿Qué se ve? —inquirió el controlador con voz sepultada.

—¡Antón!

—Está todo inundado. No puedo ver a nadie —se contorneó de un lado a otro buscando una perspectiva en la rejilla con mejor ángulo de visión. Llevando al controlador al límite del ahogo. —El líquido ha alcanzado un metro y medio de profundidad.

Nadie respondía. La empleada del carrito de bebidas vomitó sin previo aviso sobre la gorra de visera del controlador y se deslizó en vertical como un plomo sobre el sudoroso torso masculino. El controlador, a pesar de las circunstancias, no emitió queja alguna. No comprendían cómo era posible que Antón no los respondiera, debería vérsele flotar en la viscosa inundación del WC tratando de encontrar una vía de salida, o encaramado al lavabo para pedir socorro. Al menos, pensaron, habían encontrado la razón de la dificultad para abrir la puerta, motivada por la presión que el excesivo fluido ejercía sobre el mecanismo de la cerradura. Sólo les quedaba esperar a que el habitáculo se vaciara por sus propios medios para entonces proceder con la apertura.

Pasada una hora más, y a treinta minutos del destino final, la cerradura cedió y con no poco esfuerzo de los tres lograron deslizar la puerta. Una atmósfera espesa les golpeó el rostro. El angosto saloncito del WC se mostraba deshabitado. Las paredes amarilleaban un pigmento inmóvil que se alimentaba del oxígeno disponible y expulsaba un gas de formulación ignorada por los presentes. En los rincones del inodoro aquel compuesto gelatinoso emitía pompas luminosas que desaparecían cuando alcanzaban el tamaño de una canica. Unas gafas de pasta negra flotaban dentro del inodoro rebosante. Los tres se quedaron en silencio observando aquel inesperado suceso sin saber cómo reaccionar.

—Antón, ¿Antón?

La megafonía del tren anunciaba la llegada a la estación de destino y pedía a los pasajeros que no dejaran olvidadas sus pertenencias antes de apearse. La educada voz agradecía la confianza que habían depositado en la compañía ferroviaria, y esperaba contar con la ocasión de tenerlos de nuevo entre nosotros. Buenas tardes. Y repitió, presuntamente, lo mismo en inglés.

 

 

 

 


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