El mundo contemporáneo se ha transformado en un gran delirio colectivo que paradójicamente se establece sobre la individualidad. Los proyectos compartidos, la honestidad, la bondad o la empatía parecen componentes ajenos a cualquier pretensión de construcción comunitaria. Al menos esto es lo que se traduce de la deriva universal a la que nos hemos abandonado. El triunfo global fundado en la libertad, más bien libertinaje, la privatización, la atomización social, el insulto y la agresión para la defensa de los propios presupuestos no augura un horizonte esperanzador por mucho que se disfrace con las bondades del capital; bálsamo de Fierabrás ante cualquier circunstancia incómoda. No todo, y esto supone una evidencia, se soluciona mediante el triunfo económico. Sin embargo, parece encontrarse aquí el consuelo para las contradicciones en las que nos vemos envueltos en la desquiciada cotidianeidad construida entre todos, pues, sin ningún género de dudas, somos en gran medida parte del problema y no de la solución cuando miramos para otro lado o cuando no rechazamos los presupuestos imperantes. Para muestra un botón: un trabajador en España con un sueldo medio tendría que trabajar 111 años para ganar lo mismo que un alto directivo del IBEX 35. Ver para creer, aunque debemos admitir nuestra pasividad, e incluso complacencia, con esta realidad construida paso a paso. Sin estridencias, pero sin pausa. Ahora, sin embargo, una vez alcanzada esta cima, se asalta la realidad política y social para maniatar a la ciudadanía con promesas espurias y destinos elevados para aquellos dispuestos a tragar con estas ruedas de molino. Vivimos en la equivalencia contemporánea al poder omnímodo de la Iglesia medieval y moderna: se hipoteca el presente por una recompensa invisible que nadie termina de alcanzar. El culto al capital y sus profetas se ha convertido en la nueva religión que abraza y comprende todo sin dejar un resquicio para alternativas.
En un país como España, en el que el cliché nos invita a congeniar con la picaresca y la astucia de los maliciosos, quizás debido a nuestra historia cultural en forma de literatura y teatro. Además, claro está, de una condición sometida a crisis cíclicas, la integridad resulta denunciable. Se impone el espabilado que enarbola banderas mientras defrauda o ayuda a socavar nuestras comunidades estimulando la separación. No es, pues, un país para la probidad. Me rebelo ante esta circunstancia que, aunque aparente ser un lugar común, sé de manera fehaciente que es un hecho fáctico capaz de establecer un ambiente opresor para el íntegro. También se viene desplegando, a la sombra de las novedades políticas, más bien un giro retrógrado para recuperar esencias trasnochadas, una oposición antiintelectual. Las trincheras de la sentimentalidad, de la falta de decoro y de la exhibición de la propia ignorancia han profundizado la barrera frente al sentido común y se ha hecho fuerte la postverdad vinculada al propio parecer irreflexivo. Si nace de la entraña, de lo más profundo del intestino, la opinión ya queda validada. El buen hacer, la inteligencia, la certeza o el contraste de puntos de vista están de retirada, pues son componentes despreciados. Se intuye como más valioso el instinto, la astucia y el ventajismo. No encontramos el caldo de cultivo propicio para la reflexión tranquila y reposada, para la búsqueda de soluciones compartidas o para el contraste dialéctico. El resultado debe ser inmediato y, a poder ser, ventajoso para uno mismo sin tener en consideración las posibles implicaciones de nuestro modelo de actuación. Por nuestras comunidades pululan negacionistas, orgullosos y estultos desinformados, y zafios representantes que han hecho de la falacia ad hominem su domicilio particular. Se habla de polaridad social, pero el ejemplo invita a enfrentar posicionamientos que, representados por ámbitos institucionales como la patronal, la Conferencia episcopal o la oposición política, fundan su crítica en la imprudencia y la irresponsabilidad. Se defienden intereses privativos refractarios a cualquier organización común en pos del beneficio compartido. No queda, pues, otra alternativa que elevar la voz ante esta agresión a nuestro Estado de derecho. No es momento para tibios, Ayuso dixit, y le tomo la palabra ya que esta mujer es de lo más tóxico que hemos recibido en política en las últimas décadas.
Lo inútil y lo intangible, establecido sobre la inteligencia y la génesis de una cultura compartida, es quizás el elemento a reivindicar. Necesitamos alejar de nuestras metas el rendimiento económico impuesto a cualquier precio, incluso a costa de nuestra salud y relaciones personales. En sociedades opulentas como las que hemos construido se me antoja como incomprensible las brechas sociales y el desigual reparto de recursos a los que nos hemos entregado. ¿Cómo es posible mirar para otro lado con los índices de pobreza que sufrimos o con la privación para acceder a una vivienda a un precio digno? ¿Cómo podemos desentendernos del desmantelamiento de la sanidad y la educación públicas como fuente para alcanzar la igualdad y acabar con la discriminación? No tengo respuesta para estas preguntas, pero tengo la certeza de que este proceso de derribo será motivo de estudio para las generaciones venideras. Es probable que analicen con auténtico pasmo el desencanto para con lo político que llevamos experimentando desde hace varias décadas mientras perdemos terreno ante los poderes económicos y sociales. Ha llegado nuestro turno, debemos plantarnos y dejar de lado la división para abrazar aquello que tenemos en común y que, como ha quedado dicho, se expresa por medio de los constructos culturales. Debemos abandonar las propuestas populistas para integrar la verdadera inteligencia que ponga fin, o al menos nos permita mitigar, las contradicciones sufridas. Es el momento de la ciudadanía y debemos alzar nuestra voz ante la creciente injusticia arrostrada.
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