sábado, abril 18 2026

El milagro laico de la Navidad y sus paradojas

El milagro laico de la Navidad y sus paradojas

                                                                                                                                                    Avelino Muleiro

                  

Nadie duda de que en las últimas décadas, la Navidad, nacida como una celebración profundamente religiosa vinculada al nacimiento de Jesús, ha experimentado una notable transformación, con un claro proceso de secularización que la ha ido desplazando del ámbito estrictamente religioso a un terreno laico y civil. Ritos que durante siglos marcaron el centro de estas fechas, como la Misa del Gallo, han perdido protagonismo social frente a actos de carácter institucional y mediático como el mensaje televisado del Rey, convertido actualmente en uno de los momentos simbólicos de la Nochebuena para millones de personas. Estas fiestas se han universalizado, desligándose de la fe cristiana para convertirse en un acontecimiento compartido por creyentes y no creyentes.

Pero la Navidad, en su forma secularizada, aún conserva un poder, una magia y un significado casi milagroso a pesar de haber dejado atrás gran parte de su núcleo religioso. Ahora, lo sagrado se desplaza de los altares parroquiales a las mesas familiares y a las reuniones de amigos. La Navidad funciona, pues, como una fiesta híbrida, donde lo religioso, lo cultural y lo comercial conviven, conservando ese ritual en el que se recuerda la infancia y el candor del hogar independientemente de las creencias personales.

Las paradojas

En un mundo exageradamente capitalista como el nuestro se filtra esa faceta emocional donde el intercambio entre dar y recibir se transforma en una expresión de fe. No obstante, esa presión social revela una de las paradojas más profundas de la Navidad: el consumismo desenfrenado compitiendo con el origen austero de la festividad. El nacimiento de Jesús en la pobreza de un pesebre se transformó en orgía de consumo y despilfarro en los centros comerciales.

Expectantes bajo el destello abrumador de luces y guirnaldas, y no menos impresionados por la fascinación de los mercadillos, los villancicos  repiten como un mantra esos mensajes de paz sobre la Tierra y el anhelo de la “vuelta a casa por Navidad”. Sin embargo, compatibilizando esos momentos felices de celebración de la concordia y de melodías tradicionales, no son ajenas las situaciones en las que a menudo conviven viejas tensiones familiares y, fuera de nuestras fronteras, la crudeza de la guerra continúa azotando con fuerza y devorando a miles de personas en Gaza, Ucrania, Sudán o el Congo.

Otra de las paradojas que nos sorprende notoriamente guarda relación con la fecha del nacimiento de Jesús. Los relatos evangélicos lo sitúan bajo el reinado de Herodes el Grande, un monarca que, según el testimonio de Flavio Josefo, falleció en el año 4 a. C. De ello se sigue una aparente contradicción: si el cómputo cronológico cristiano comienza en el año 1 de la era cristiana, Jesús habría nacido varios años “antes de Cristo”. La explicación de esta paradoja remite al modo en que se estableció el calendario cristiano. Fue el monje Dionisio el Exiguo, en el siglo VI, quien quiso cambiar el calendario Diocleciano, correspondiente a la etapa de los mártires, por un calendario cristiano que comenzaba la cuenta con el nacimiento de Cristo. Dionisio fijó el sistema de datación que divide el tiempo en antes del nacimiento de Cristo (a. C.) y después del nacimiento (d.C.). Si se acepta que Herodes aún vivía en el momento del nacimiento de Jesús y que propuso posteriormente la llamada matanza de los inocentes, resulta necesario concluir que dicho nacimiento tuvo lugar con anterioridad al año 4 a. C. En consecuencia, la mayoría de las reconstrucciones históricas sitúan el nacimiento de Jesús en un intervalo aproximado entre los años 7 y 4 a. C. según el propio calendario diseñado por Dionisio.

En esa misma línea paradójica está el día concreto del nacimiento. Los primeros cristianos celebraban el nacimiento de Jesús el día 6 ó 7 de enero. A partir del siglo IV, la Iglesia traslada la data del 6 de enero al 25 de diciembre, que era la fecha en la que el Imperio Romano celebraba las saturnales (fiesta rural que duraba siete días) para así eliminar esa fiesta pagana. Además, coincidiendo con el solsticio del invierno, Roma celebraba la fiesta del Sol invicto, cuando los días empezaban a crecer gracias a la presencia del sol.

Actualmente, no todos los cristianos celebran la Navidad en diciembre como se suele hacer en occidente, pues los ortodoxos -a excepción de la iglesia griega, la búlgara y la rumana- utilizan el calendario juliano y lo hacen más tarde. Los cristianos ortodoxos celebran la Nochebuena el 6 de enero, la Navidad el 7 y el Año nuevo el 14.

Una nueva paradoja aparece al centrarnos en la ubicación originaria de la que surge la Navidad. Jesús nace en Belén de Judea, territorio en el Oriente Próximo, de una familia pobre, sin poder ni prestigio social. En el momento de su nacimiento, Belén de Judea formaba parte del reino de Herodes el Grande, un monarca judío sometido a la soberanía del Imperio Romano. Tras su muerte, quedó bajo una administración directa romana, lo que marcaría el trasfondo político de inestabilidad y dominación extranjera en el que surge el cristianismo. Desde la Antigüedad, esa región ha sido un cruce de caminos entre África, Asia y Europa, con Imperios sucesivos de persas, griegos, romanos, musulmanes, judíos… que se disputaron el control del territorio, por lo que nunca fueron espacios políticamente estables, sino zonas fronterizas sometidas a dominaciones externas. Aquel Belén donde nace Jesús, está hoy asociada al conflicto, la precariedad y la exclusión.

En aquellos momentos, Belén y Gaza formaban parte del mismo espacio histórico del sur de Palestina, si bien en el contexto bíblico Gaza era la ciudad de filisteos, tradicionalmente enemiga de Israel, mientras Belén era una ciudad simbólica del judaísmo. Hoy, Belén y Gaza siguen siendo un lugar cercado por muros y tensiones, por guerras y hambre, por exterminio y muerte. Eso justifica la escasa resonancia que tiene la Navidad en esas tierras en las que se encuentra el origen de estas fiestas.

Paradójicamente, con el paso de los siglos, la Navidad nacida en esas tierras ha terminado convirtiéndose en una gran celebración de las sociedades más ricas del planeta, especialmente en Occidente, donde se despliega como consumo, exceso y espectáculo. Las ciudades y capitales europeas se iluminan con luces, mercadillos y campañas publicitarias que invocan la “magia de la Navidad”. Se celebra con entusiasmo aquello que nació como negación del lujo y del poder. El consumismo no se limita a ofrecer productos, sino que impone una forma de entender la felicidad. Regalar deja de ser un gesto gratuito para convertirse en una obligación social.

La cuna de Belén se ha transformado en escaparate y el calendario litúrgico ha sido sustituido por el calendario comercial. Nadie diría que asistiendo a este espectáculo celebramos un nacimiento, sino un ritual de acumulación. El mercado ha ocupado el lugar del pesebre. Y, por lo que parece, este espectáculo se incrementa por doquier. La ciudad de Vigo lo confirma.

 

 

 

 

 

 


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