martes, septiembre 1 2026

La inmortalidad by Nacho Valdés

El mayor afán del ser humano se encuentra en la trascendencia de la conciencia individual. He aquí el motivo de las religiones, la filosofía o la ciencia: ofrecer respuesta al mayor de los enigmas existenciales. La muerte se convierte en la piedra en el camino, en el obstáculo colosal o en una horrible certeza que a todas acecha. Miguel de Unamuno, rebelde de nación y vocación, luchó contra este peaje ineludible y, a pesar de rechazar de manera frontal lo que entendía como sucedáneos de pervivencia, alcanzó por méritos propios la perennidad literaria. Es por esto que lo tenemos presente con independencia de su desaparición hace casi cien años. De alguna manera, su trabajo ha obrado la milagrosa opción de esquivar el olvido y la nada.

Algo parecido sucede con los miembros de la Academia Francesa, pues tienen como misión, establecida en el siglo XVII por el cardenal Richelieu, preservar las letras francesas. Una abstracción por encima de las individualidades, de la nación e incluso de la propia Academia. La lírica se convierte de esta manera en el pasaporte a la eternidad que hace pocos días consiguió Vargas Llosa por méritos propios. El chileno, muy vinculado a París y Francia desde sus años de bohemia y juventud, ha pasado a engrosar el increíble elenco de literatos y pensadores con los que comparte el prestigio de haber ingresado de manera oficial en la eternidad. Victor Hugo, Alexander de Tocqueville o Claude Lévi-Strauss son algunos de los insignes representantes de esta institución volcada en la promoción, cuidado y difusión de la cultura.

El ingreso del autor de La ciudad y los perros o La fiesta del chivo se realizó con toda la pompa y boato que merece la ocasión: una impresionante tamborrada, miembros destacados de la cultura, la política y la sociedad, y la luminosidad y ampulosidad del Anfiteatro del Instituto francés recibieron al peruano como merece la excepcionalidad de retar el olvido y la muerte, pues, sin género de dudas, el novelista será recordado por innumerables generaciones gracias a su prosa. Con todo, resulta un episodio agradable el comprobar como en el país galo se rinden a la evidencia de la superioridad de la cultura por entenderla como un patrimonio a cuidar, patrocinar y potenciar por todas las vías posibles.

Cuando vi las imágenes de la impresionante recepción a Vargas Llosa no pude más que recordar las imágenes oscuras y tristes ofrecidas desde la Real Academia Española. En este caso las comparaciones son odiosas y nuestros académicos ingresan sin pena ni gloria en el paraíso de la eternidad, no ofrecemos esta pompa y cuidado para con los detalles que terminan por marcar la diferencia. En este caso, me refiero a nuestra relación con la cultura y, de manera más concreta, con la literatura. Las letras hispanas, a las que también ha contribuido de manera decisiva el escritor peruano, de vocación universal y aires trascendentes, se mantienen opacadas en actos prácticamente particulares y privados de la magnificencia ofrecida por nuestros vecinos franceses. Así, se muestra nuestra relación ambivalente con nuestras creaciones, pues nos resistimos a elevar nuestro entramado artístico a la categoría que merece.

La relación española con la cultura y el arte siempre se ha encontrado frente a dilemas y paradojas de difícil solución. Resulta evidente que nuestra tradición nacional, quizás más introspectiva y condicionada por el absolutismo y el decisionismo político, haya condicionado el acercamiento a nuestras propias creaciones. Es posible que nuestra manía de politizar absolutamente todo haya generado esta desafección y alejamiento para con nuestro propio legado. Incluso aquellos que se dicen muy patriotas únicamente aceptan como válida la única voz que supuestamente respalda sus posicionamientos. Da la impresión de que estamos separados por bloques monolíticos y pétreos incapaces de admirar la capacidad expresiva o creativa de los considerados rivales.

Por encima de bandos, facciones e inclinaciones ideológicas se encuentra nuestra literatura, una de las fértiles y de más raigambre de toda la historia universal. Sin embargo, no somos competentes para encumbrar a nuestros propios literatos y literatas y dejar de lado el pragmatismo ascético en el que parecemos caer a cada paso. Denigramos lo que somos con este tratamiento y deben llegar desde el exterior para elevar a los altares del arte y la imaginación nuestra propia producción. Mientras, en el día a día, el ciudadano medio vive ausente y alejado de los gigantes de las letras que han habitado y habitan entre nosotros. Necesitamos de manera urgente reivindicarnos, ofrecernos un respiro y dar el tratamiento a la medida de sus méritos a las letras hispanas que, por añadidura, conectas las orillas atlánticas.

Es imprescindible la apertura de la eternidad para la pléyade de escritores y escritoras que pueblan, han poblado y poblarán nuestra tierra. Necesitamos reverenciar nuestra cultura, ofrecer el ejemplo a las nuevas generaciones y a la ciudadanía, alejarnos de la vulgaridad y abrazar de manera indiscutible la esencia de lo que somos. Más allá de trapos de colores, himnos desfasados y un casticismo decimonónico, es indispensable descubrir la enorme diversidad, creatividad y exuberancia de una literatura que incluye, como no podría ser de otra manera, la producción en catalán, gallego y euskera. Si decidiésemos prestar la atención necesaria a esta realidad, si nos alejásemos de la vulgaridad de la cultura global y las nuevas tecnologías, podríamos generar este sentimiento compartido de ser parte de lo eterno. Nos convertiríamos por méritos propios en inmortales.


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