jueves, septiembre 10 2026

LA ESCOMBRERA by Macu García

 

 

 

Abro la ventana y un bello paisaje de prados y montañas me da la bienvenida. Evito mirar a la derecha para no ver la escombrera. En ella se depositaban los residuos estériles de la mina. Hace tiempo que debería estar restaurada, pero tan solo le ha prestado atención la madre la naturaleza moteando con arbustos su negrura.

Mi vida está lejos de este maravilloso lugar, de esta casa de mis padres y tiempo atrás de mis abuelos maternos. La ventilo con ahínco para expulsar el olor a cerrado, que tras unas horas disminuye su intensidad. Pero no consigo que desaparezca el del carbón.

La nostalgia rezuma en cada rincón e impregna de recuerdos el ambiente. Sin poder evitarlo evoco con tristeza momentos inolvidables.

Ante mis ojos el castillete del Pozo Herrera II. El óxido ha ganado la batalla, y el hierro ha perdido la pintura en la mayoría de sus partes. Huérfanas de los cables de acero, las poleas no giran para cumplir la función. Ya no baja la jaula colmada de hombres hasta las galerías que atesora el vientre de la tierra, no les rescata después de toda la jornada extrayendo el preciado mineral.

Mi madre necesita venir, pero le duele. Siente el zarpazo de la melancolía que produce el regreso al origen. Palabras de otra época se la agolpan en su garganta raspando al salir; veta, yacimiento, descapote, tenor, grisú, vagoneta, barreno. Junto a ellas están, sirena, silicosis, accidente, muerte. Los recuerdos apuñalan su pecho.

Está sentada en el escaño de la cocina en un infructuoso intento de no remover querencias y añoranzas. Su padre y el mío, bajaron a la mina muchos años, y el polvo del carbón se les fue pegando a los pulmones hasta convertir la carne en piedra. Se han ido los dos, pronto, demasiado pronto.

Sabe que no tiene sentido conservar las toallas oscuras y rasposas que aún ocupan las baldas del cuarto de baño, pero es su homenaje al rostro tiznado de negro de su amado. Tampoco lo tienen la lámpara de carburo, ni el mono azul del que fue el gran amor de su vida, pero es incapaz de deshacerse de ellos. Son los restos del naufragio de la memoria colectiva de los hombres de la mina.

Papá siempre dormía reclinado sobre dos almohadas, y luego hasta que se fue tuvo que permanecer enchufado a la máquina del oxígeno varias horas al día. Jamás vio cumplió su sueño de ser abuelo. Esa pena, y los recuerdos hirientes que delatan mi orfandad se me atoran en la garganta.

Mis hijos en el pueblo corretean a su libre albedrío. Regresan de jugar, y al mirarlos no puedo reprimir un grito. Están negros. Recuperada de la primera impresión, sus infantiles caritas tiznadas me provocan una sonrisa. Han pasado la tarde en la escombrera, al fin y al cabo, ellos son nietos de la mina.


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