El reciente Premio Nobel de Química a los investigadores Susumu Kitagawa, Richard Robson y Omar Yaghi por la invención y desarrollo de unas nuevas moléculas que crean un material completamente nuevo, las estructuras metalorgánicas -también llamadas MOF o, popularmente, esponjas moleculares- ha despertado un gran interés. El descubrimiento, desde luego, es maravilloso porque es lo que más nos acerca a los profanos a la magia.
Mi generación ya ha vivido descubrimientos asombrosos. Personalmente, tengo grabados en mi memoria el día en el que, ante el pequeño televisor en blanco y negro de mis tíos nos reunimos toda la familia para ver la llegada del hombre a la luna, pero también el día que tuvimos un teléfono en casa e hicimos una llamada para felicitar las Navidades a nuestros parientes en Venezuela. No menos emocionante fue la televisión en color, el teléfono móvil y, por supuesto, el ordenador con Internet. A pesar de lo lento que iba, del ruido que hacía el módem y de la necesidad de tener ocupada la línea telefónica, yo recuerdo las horas que pasaba, totalmente boquiabierta, viendo casas en alquiler o buscando canciones en Napster. Si a don Hilarión le parecía, en 1894, que “hoy la ciencia se adelanta que es una barbaridad” –tal como cantaba el personaje de “La verbena de la Paloma”-, ¡qué diría ahora de la biotecnología o la Inteligencia Artificial! Bueno, ni don Hilarión ni mi abuelo, que dio un salto de dos mil años al pasar del arado romano a intentar inútilmente comprender cómo llegaban las imágenes parlantes a la pantalla del televisor.
La ciencia avanza muy deprisa y supongo que ésa es en parte la razón por la que asusta a tantas personas que han reaccionado de forma inversamente proporcional, dispuestos a negar la teoría de la evolución o que la Tierra es redonda. Lo malo es que de ello se aprovechan los difusores de bulos científicos. Se propagaron durante la pandemia de Covid más deprisa que el coronavirus: desde los que negaban la propia pandemia a los que divulgaron barbaridades pseudocientíficas, como que hacer gárgaras con agua sala previene la infección, la lejía la cura, las vacunas matan…Comprobado que todas esas teorías eran falsas, los creadores de bulos han puesto en su objetivo el cambio climático.
Puede que detrás haya algún chiflado, pero nadie se toma tantas molestias si no es por algo. En muchos casos, es obvio que es una cuestión de dinero: se atrae a lectores que se traducen en ingresos publicitarios. En otros casos, se trata de cuestionar determinadas políticas, pero el objetivo de otros y la consecuencia de todos es crear confusión, minar la confianza de la gente en los medios de información y difuminar la línea entre la verdad y la mentira para que, no sabiendo qué o a quién creer, se conforme con las explicaciones más simples, más absurdas o más machaconamente repetidas.
Por eso, creo que hay mucho que agradecer a los tres galardonados por el Nobel de Física porque, aunque ése no fuera su propósito, han conseguido que una noticia científica llegue a muchas personas. En primer lugar, porque no es fácil entender que iones metálicos y moléculas orgánicas puedan formar un material tan poroso que pueda almacenar, conducir y transformar gases y otras sustancias químicas, pero todos podemos hacernos a la idea cuando se piensa que lo que se ha inventado es –según la generación a la que se dirija el símil- el bolso de Hermione en la saga de Harry Potter o el de Mary Poppins. En segundo lugar, porque algunas de sus aplicaciones son tan fabulosas como fáciles de asimilar: recoger el agua que está en el aire del desierto, limpiar la contaminación de la atmósfera y del agua o producir medicamentos que puedan dosificarse y dentro de nuestro cuerpo. Y en tercer lugar por la hermosa y aleccionadora historia de uno de los premiados, Omar Yaghi, un palestino que nació y creció en un campo de refugiados compartiendo una tienda de campaña con decenas de personas y con el ganado, emigró cuando era un adolescente de quince años y ahora, con sus dos colegas, ha hecho realidad el propósito de Alfred Nobel de premiar “a quienes confieran el mayor beneficio a la Humanidad”.
La ciencia –ha declarado Omar Yaghi- “es la mayor fuerza igualadora del mundo” y sólo por eso todos debiéramos celebrarla. A mayores, los galardonados nos han recordado no sólo la importancia del conocimiento sino que éste nace de la creatividad y la cooperación.
La ciencia nos ha revelado las estructuras que forman la vida. En los últimos años, hemos conocido la antimateria y la energía oscura, ese fluido que, aunque aún no lo hayamos visto, compone el setenta por ciento del universo y hace que éste se expanda; hemos conocido la existencia de la microbiota y su relación con el sistema nervioso; hemos encontrado en el interior de la tierra bacterias y microbios asombrosos que pueden comerse las radiaciones, devorar plástico o “defecar” hierro; hemos hecho el mapa completo de un cerebro adulto –el de la mosca de la fruta- y tenemos ya un borrador con más de cien millones de “letras” del pangenoma humano. Y la lista de descubrimientos podría seguir y seguir.
Ciertamente, los avances científicos pueden crear tanta incomprensión como vértigo, pero nos ayudan a entender y entendernos. El problema es el miedo al conocimiento. Cuando Donald Trump ganó las Elecciones leí algunos comentarios de prensa que lo explicaban como reacción a un Partido Demócrata intelectualmente elitista y que hacía gala de una ofensiva superioridad. Desde luego, cualquier tipo de sentimiento de superioridad resulta insultante y no hay por qué elegir pero, si hubiera que hacerlo, es lamentable sustituir la sabiduría por el dinero, sustituir la vanidad de los inteligentes por la de los ricos.
Esther Bajo
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