Ella deja de bailar. La sala sumergida en la penumbra se hace más silencio, más vacío. Nadie que haya conocido esa danza permanece indemne.
Blanca se pregunta si se trata realmente de ella. Hace mucho tiempo que la busca. Cuando era pequeña tuvo un sueño: estaba de vacaciones con su familia en algún lugar cerca del mar y una mujer vestida de blanco danzaba. El sol se ponía mientras ella giraba como una cierva alrededor de un fuego inmortal. No recuerda su rostro pero sí su pelo oscuro, largo hasta la cintura, su piel dorada y su esplendor.
Durante mucho tiempo después de eso, tenía un sueño recurrente en el que un hombre con una chaqueta y una falda blanca de amplio vuelo giraba al son de un rebab en el interior de una casa en ruinas con inscripciones en los muros. La música era enigmática y dulce, le hacía llorar cada vez que la escuchaba.
Por eso está aquí, sola, pues ¿a quién podría contárselo? Sus padres no lo entenderían, sus hermanas están lejos: una está en el último año de sociología en la universidad de Estrasburgo; la otra, una vez terminados sus estudios de filología eslava en Moscú, encontró trabajo y se mudó a San Petersburgo. Irónicamente, ella, que había sido siempre la modosita, la angelical, había resultado la más rebelde.
Había dejado el instituto y su casa corroida por esos sueños que la perseguían. Con sus amigos del intituto, Beatriz Viterbo y Roberto Alessandri, había viajado durante un tiempo sin saber realmente dónde iban. Despúes de esa deriva se había quedado sola. Buscaba trabajillos de vez en cuando
para mantenerse; no era difícil porque se le daba bien el trato con la gente, era espabilada, mentía cuando resultaba necesario y hablaba tres idiomas: había estudiado en el Liceo francés y se comunicaba exclusivamente en inglés con las sucesivas nannies británicas que la cuidaban a ella y a sus hermanas. Ahora sólo tenía una obsesión: encontrar aquel sonido encantado del rebab, al hombre de la falda de sus sueños, a la bailarina de blanco recortada frente al crepúsculo. Por eso ha llegado hasta esta sala donde cada noche hay actuaciones de magia, cuentos, danza y teatro.
La mujer se sienta frente a los espectadores y sonríe.
_ Os contaré una historia.
La muchacha contiene el aliento.
_ Tenéis que saber que nací en el seno de una familia acomodada de origen ruso emigrada a una tierra lejana, cerca de Malasia. Fui la única mujer después de tres hijos varones y crecí con todas las comodidades y la mejor educación para una joven dama de mi posición. Estudiaba mucho en casa con mi tutor, era muy inteligente, aprendí rápidamente diversas lenguas, estudié a los grandes maestros de la antigüedad, leí a Heráclito, a Hipatia, a Platón, a Ibn Sina, al que muchos conocen por Avicena. Los amé profundamente en las páginas de libros que llegaban del otro lado del mar. A veces, levantando la vista de la página escrita elevaba los ojos y les daba las gracias en silencio por el enorme amor al conocimiento que me estaban transmitiendo. También aprendí a manejar el sable,
simplemente practicando con un palo grueso mientras mis hermanos entrenaban en el jardín.
Buscando en los sótanos encontré una barra de metal y la utilizaba para fortalecer mis brazos con ella. Esas cosas me hacían profundamente feliz. Pero a la vez estaba triste, sabía que aquello no tendría continuidad porque mi familia era muy tradicional y esperaba que me casase. Entonces tendría que dejar de estudiar, era lo que hacían todas las mujeres, aunque fuesen talentosas pintoras o sabias. Dentro de mí se fue acumulando una venenosa rabia y rencor, ¿por qué no podía dedicarme a lo que tanto amaba? Habría podido enseñar; me fascinaba el mar, habría podido explicar a los marineros cómo utilizar los instrumentos de navegación y a orientarse siguiendo las estrellas. Allá en esa tierra el mar tiene el color del zafiro. Contemplarlo te inunda el alma, y navegar junto a las intrincadas selvas llenas de pájaros de colores reflejados e n el brillo del agua es lo más cercano al paraíso.
Suspira y se detiene por un momento con ojos añorantes.
_ Pero no volveré _murmura.
_ ¿Y por qué no? _ pregunta alguien.
_ Veréis. Estaba tan llena de furia que odiaba todo, mi vida encerrada entre cuatro paredes, la estrechez de la mente de mi entorno, sólo los libros me consolaban. Así que cuando mis padres encontraron un pretendiente para mí me escapé. No fue difícil. Vivíamos en un palacete y mis habitaciones estaban separadas de las de mis padres por un largo corredor.
Me fui caminando sobre las alfombras y luego sobre el césped del jardín. La noche era cálida, alguien, en algún lugar estaba cocinando y hasta mí llegaba el olor de las especias pero la ciudad estaba vacía; aun así, me arrebujé bien en mi velo para que nadie pudiese reconocerme y caminé mucho tiempo hasta llegar a la costa. Cuando se hizo de día compré una espada, me había llevado todas mis joyas y bastante dinero y a la vista de los billetes el mercader no hizo ninguna pregunta, aunque no era común ver a una mujer joven y sola comprando una espada. Me vestí con ropa de hombre y entré en la tripulación de un barco.
Los marineros pensaron que era un chico muy joven, casi un niño, y se quedaron muy impresionados al ver cuánto sabía sobre navegación y mi conocimiento de diferentes lenguas. Todos me respetaban, nadie supo nunca que era una mujer. La vida en el mar era alegre. Bebíamos mucho y cantábamos, los marineros eran de diferentes lugares, los había malayos, indios, portugueses, filipinos, cada uno traía canciones de su tierra y de todos los mares que habían surcado. Pero éramos piratas sanguinarios, maté a hombres que me miraban con los ojos muy abiertos mientras exhalaban su último suspiro. La hoja de mi espada tenía siempre restos de sangre y algo en mí se rompía al envainarla después de una refriega. Tuve suerte, nunca salí malherida, además, al ser el pequeño del barco, los rudos marineros me protegían.
Amaba el mar, amaba la libertad, levantarme y oír los graznidos de las gaviotas volando sobre la cubierta del barco. Pero estaba asqueada de tanta muerte, sentía el latido de la sangre de mis víctimas sobre mis manos. Poco a poco, mi odio y mi rabia me habían ido abandonando. Un día atracamos en un puerto.
Dejando a mis compañeros en una taberna me interné por las callejas. Mientras caminaba oí una música arrebatadora y me decidí a seguirla. Era una música dulce y elevada que me consolaba, que me limpiaba toda la sangre del cuerpo. Llegué hasta un pequeño templo semiderruido. Había unas inscripciones en las paredes pero ni me fijé en ellas. A un lado, alguien sentado en el suelo tocaba un rebab, de allí salía esa melodía tan pura. En medio del templo un hombre vestido de blanco con una extraña falda larga giraba y giraba sobre sí mismo. Estaba viajando por algún lugar en el interior de su alma. Aquello me impresionó. Me eché al suelo de rodillas y eché a llorar jurándome que no volvería a matar.
Blanca da un respingo. El templo con las inscripciones, el bailarín, la música ¡eran exactamente los mismos que los que veía ella en sus sueños! Se queda sin respiración durante unos segundos. La mujer continúa con su relato.
_ De nuevo lo dejé todo, volví al barco en medio de la noche, tiré mi espada por la borda y me marché con algunos libros y algo de dinero. Viví una existencia errante durante algún tiempo. Luego me uní a un grupo de derviches giróvagos, aprendí los principios del sufismo y yo también empecé a bailar en los templos. Fue hermoso, pero me enamoré de uno de los bailarines. Como de costumbre, no estaba permitido que las mujeres bailasen, así que sabía que corría un enorme riesgo si confesaba a mi amado que era una mujer. Pero lo hice, a estas alturas de mi vida sabía que el precio de no vivir desde tu verdad es el anquilosamiento y la muerte en vida. Él no lo comprendió, venía de una familia muy
tradicional. A decir verdad, yo no había esperado que me entendiese, pero algo en mí me impulsaba a confesarme. Él no me traicionó, en esto fue honesto, pero me volví loca de dolor. Dejé la danza y marché muy lejos, hasta que llegué a este lugar. Me hice una casa en medio del bosque y aquí viví en paz durante cierto tiempo.
Después, empecé a echar de menos mi país, hacía muchos años que había partido y quise volver a mi tierra de incógnito. Todavía tenía joyas y dinero, así que regresé en un barco haciendo paradas en diferentes lugares, algunos eran fascinantes, otros tristes, con calles polvorientas y perros fantasmagóricos, en ocasiones me sentí en peligro y pude oler la sangre y el filo de las navajas; pero en todos aprendía un poco sobre el mundo y sus gentes. Esta vez había vuelto como mujer y, como sabía tanto de barcos, el capitán se fijó en mí. Era un hombre resplandeciente, a veces se inclinaba sobre el timonel pare decirle algo y su cabello negro brillaba como una punta de obsidiana. Nos amamos en ese viaje, yo hubiera querido que no terminase nunca.
Suspira, Blanca la mira con incredulidad. ¿Realmente ha podido vivir todo eso?
@Brunhilde Roman Ibáñez
@Imagen Pinterest
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