En mitología, es bien sabido que uno de los dioses principales del panteón nórdico escandinavo es Freya, deidad pagana cuya gran popularidad sobrevivió incluso al cristianismo, por encima de otros dioses más prominentes. La devoción por ella no decayó entre las mujeres nórdicas, pero sí es interesante comentar que estas, pese a que rendían culto a Freya, se cambiaron al cristianismo por razones que nada tienen que ver con el sincretismo. El sincretismo es el procedimiento mediante el cual el cristianismo solía apropiarse de las costumbres paganas convirtiéndolas en ritos cristianos, para ir acostumbrando a las gentes a la nueva religión.

Representación de Freya por Donal A Mackenzie (1890)

Las mujeres vikingas vivían en una sociedad machista, pero aun así tenían algunos derechos: se les permitía divorciarse, sobre todo si eran víctimas de agresiones ante testigos. Su papel era administrar el hogar y la granja, pero se discute si hubo guerreras vikingas, algo en lo que todavía no hay consenso. Se consideraban hijas y protegidas de Freya, la diosa del amor, la sexualidad, la fertilidad y la magia, además de la guerra y la muerte. No en vano, Freya elegía a la mitad de los caídos en combate para acogerlos en su propio salón, Sessrúmnir, mientras que Odín recibía al resto en el Valhalla. Freya se convirtió, con todo, en la última deidad viviente después de la muerte de su hermano. Las mujeres la siguieron invocando en cuestiones de amor y fertilidad.
Por tanto, si las mujeres nórdicas seguían adorando a Freya, ¿por qué prefirieron el cristianismo al paganismo? Por una serie de razones muy lógicas: en realidad, la nueva religión les proporcionaba ventajas. En particular, el cristianismo denunció el infanticidio, una práctica que se usaba con frecuencia entre los vikingos, especialmente con las niñas. Se ha sugerido, además, que esta es la razón de la ausencia de restos femeninos en la época vikinga, con la excepción de Birka (Suecia), donde hay muchas tumbas femeninas. Tal y como indica Jessica Legget en su artículo Hijas de Freya, “para cualquier madre nórdica, la idea de una religión que protegía a sus hijos de cualquier daño, seguramente supuso un aliciente para su conversión”.
Otra razón es que esta nueva religión ofrecía a las mujeres la promesa de una vida mejor después de la muerte, ya que los cielos vikingos se reservaban solo para los guerreros caídos en combate, incluso en el caso de Freya. Aunque es posible que algunas mujeres sí creyesen que podían unirse a Freya en su salón particular, pues en las leyendas, Thorgerd, hija de Egil (personajes de las sagas islandesas) amenaza con morir de hambre cuando su padre se niega a comer tras la muerte de su hijo, declarando que “no he cenado, ni lo haré, hasta que me una a Freya”.
Por lo que vemos, la temida cristianización llegó a ofrecer ventajas puramente femeninas, contra todo pronóstico. Sin duda, el estudio mitológico y el análisis del folclore siguen aportando datos sobre la manera de pensar y de vivir que tenían las mujeres en ciertas épocas. Estudiar el camino de lo mágico, como dice una servidora, es estudiar el camino de la realidad al mismo tiempo.


Mercedes Fisteus