Voces.- Capítulo II.- El clavo ardiente por Joaquín Lourido

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La razón de tanta censura, tanta trampa, tanta mezquindad no es compleja: la libertad de pensamiento siempre resulta peligrosa para quienes necesitan que todo siga igual.

No es la canción lo que temían.

No era Janis Ian.

No era Helen Keller.

No era ninguna voz individual.

Lo que realmente aterra es la posibilidad de que la gente piense por sí misma.

Porque quien piensa, cuestiona.

Quien cuestiona, cambia.

Y quien cambia, hace tambalear las estructuras que sostienen a los de arriba.

El mundo fácil —el de obedecer sin reflexionar— es más cómodo para quienes mandan y para quienes no quieren complicarse la vida. Es más sencillo repetir prejuicios que analizarlos. Más cómodo mirar desde lejos que involucrarse. Más rentable mantener la ignorancia que promover la
lucidez.

Por eso la filosofía se vuelve sospechosa.

Por eso el arte honesto es incómodo.

Por eso callan a quienes aman la verdad sin adornos.

La sociedad a veces castiga a quienes piensan no porque estén equivocados, sino porque ponen en evidencia a los que no quieren pensar.

Y ahí está el clavo ardiendo:

las voces progresistas no son un enemigo…

sino un espejo.

Un espejo que revela cobardías colectivas, comodidades heredadas, injusticias normalizadas.

Por eso a Janis la querían silenciar.

Por eso a Helen Keller la quisieron reducir.

Por eso tantos y tantas han sido empujados a la sombra.

Pero siempre ocurre lo mismo:

una verdad que proviene del corazón puede ser pisoteada, pero no destruida.

Una idea honesta puede dormirse, pero no muere.

Una voz auténtica puede ser censurada, pero nunca desaparece del todo, porque cada generación tiene a alguien dispuesto a escucharla, a rescatarla, a darle una segunda vida.

Y ese es el gran secreto que la mezquindad nunca entiende:

lo que nace de la verdad vuelve siempre a brotar.

Aunque tarde.

Aunque duela.

Aunque intenten callarlo.

@Joaquín Lourido

@Imagen Pinterest


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