(Relato corto basado en la canción de Tam Tam Go!)
En un pequeño barrio, donde todos se conocían con nombre y apellido, vivía Manuel. Desde niño había algo en él que descolocaba a los demás. Mientras los chavales del vecindario jugaban a las canicas o al fútbol, Manuel prefería peinar las muñecas de su hermana, probarse la ropa de su madre a escondidas, imaginando frente al espejo una vida distinta.
A nadie le hacía daño, pero a menudo escuchaba risas y comentarios. Sus padres pensaban que era una fase pasajera, una rareza que se curaría con el tiempo. Manuel, sin embargo, sabía que aquello no era un capricho ni un juego: en su corazón, el era Raquel.
Las tardes se le hacían largas. Soñaba con caminar por la calle sin sentir las miradas inquisitivas, sin cargar con un nombre que no le pertenecía. Cerraba los ojos y se veía a sí misma sonriendo, libre, siendo quien siempre había querido ser.
El barrio podía ser cruel, pero también había destellos de ternura: algún amigo que lo escuchaba sin juzgar, una vecina que le regalaba un gesto de complicidad, y mi amistad desde niños. Eran pequeñas luces en medio de un camino difícil.
Con el paso del tiempo, la fuerza de Raquel creció en el interior de Manuel. Ya no se trataba de esconderse, ni de las redadas. Ni de las detenciones. Era su vida, su verdad. Aunque la incomprensión doliera, Manuel había dejado paso a Raquel.
Le vi por última vez en un bar, nos fuimos a hundir las penas en alcohol. A pesar de su maquillaje, surgió un gesto de pudor antiguo y, también, una pizca de paz.
Decidió volar y se lanzó. Me fue imposible advertirlo. Nos abandonó sin gritos ni lamentos. Mis lágrimas vacías y mi dolor me las arrebató el viento. Y hoy, varios años más tarde, recuerdo a Manuel Raquel con amor.
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