jueves, septiembre 10 2026

CHILE Y EL EVANGELIO DEL “TODO DE INMEDIATO”: O la religión del mínimo esfuerzo Por Jorge Zenteno

Chile es un país que no cree en dioses eternos ni en utopías lejanas: cree en el “ahora ya”. La verdadera religión nacional no es el catolicismo ni el agnosticismo, sino el culto al inmediatismo. Todo debe resolverse de inmediato, sin sacrificios, sin procesos, sin constancia. Queremos resultados rápidos, dinero fácil, éxito instantáneo, como si la vida fuese un delivery. Y si la realidad se resiste, no importa: siempre habrá un atajo, un pituto (contacto) o una excusa para disfrazar la pereza de astucia.

El chileno promedio no pregunta “¿cómo hago esto bien?”, sino “¿cómo lo hago rápido?”. Desde el estudiante que busca resúmenes pirateados en internet (para qué decir del congresista que presenta leyes bajadas de la nube) hasta el empresario que infla facturas, el denominador común es el mismo: el atajo. El mérito es para ingenuos, la paciencia para perdedores. El que triunfa es el que encuentra la rendija por donde colarse.

Por eso celebramos al que evade el pasaje del metro, al que falsifica licencias médicas, al que vende productos robados en la feria. Todo se justifica con el mismo argumento: “total, todos lo hacen”. Lo gracioso (o trágico) es que después lloramos porque los políticos hacen exactamente lo mismo, pero con cifras más grandes y corbatas más caras.

El inmediatismo no solo está en la calle, también en la economía. Queremos sueldos altos sin productividad, pensiones dignas sin cotizar, créditos baratos sin pagar impuestos. El chileno se endeuda como si no existiera mañana y luego clama indignado cuando las casas comerciales cobran intereses abusivos. Se olvida de que nadie lo obligó a comprarse el televisor en 48 cuotas para ver un Mundial.

La lógica es clara: consumir ahora, sufrir después. La disciplina del ahorro, el sacrificio del trabajo constante, la paciencia del progreso gradual parecen conceptos marcianos en un país donde todo se mide en cuotas y promociones “solo por hoy”.

La política chilena no hace más que reflejar este vicio cultural. Los programas de gobierno prometen soluciones inmediatas: fin a las listas de espera, pensiones dignas al instante, seguridad en seis meses. El pueblo aplaude, vota y después se indigna cuando descubre que los problemas reales son más complejos. Queremos magia, no gestión. Queremos discursos, no planificación. Queremos milagros sin cruz.

Leí por ahí que alguien decía que la filosofía y la literatura pueden engañar a las masas creando mundos ideales. En Chile, los políticos ni siquiera necesitan tanto: basta con ofrecer resultados “en 90 días” y el país entero suspende su incredulidad como si viviera en una teleserie.

El inmediatismo encuentra su máxima expresión en la juventud digital. El adolescente chileno promedio vive convencido de que puede ser influencer millonario sin esfuerzo, solo por subir videos bailando. La fama instantánea de TikTok es la utopía contemporánea: reconocimiento sin mérito, dinero sin trabajo, éxito sin disciplina.

El estudio, la lectura, el sacrificio se perciben como reliquias de un mundo aburrido. ¿Para qué años de carrera si puedes ser youtuber en meses solo viendo tutoriales? ¿Para qué un oficio si puedes especular con criptomonedas desde tu pieza? ¿Para qué construir un proyecto de vida si puedes vivir de likes que generan dopamina?

El resultado es una sociedad que desprecia el proceso y solo venera el resultado inmediato. Nadie quiere aprender a cocinar: quieren comida rápida. Nadie quiere formarse en un oficio: quieren empleo instantáneo. Nadie quiere estudiar en serio: quieren título exprés. Nadie quiere ahorrar: quieren el premio del casino.

La ética del sacrificio, que alguna vez fue motor de progreso, ha sido reemplazada por la ética del “ahora o nunca”. Y así vivimos, saltando de gratificación en gratificación, de deuda en deuda, de promesa en promesa, como adolescentes eternos incapaces de sostener la frustración.

Lo más irónico es que, cuando los resultados no llegan, culpamos al sistema, a los políticos, a los empresarios, a cualquiera menos a nosotros mismos. Nos indignamos porque el país no progresa, pero en la práctica hacemos todo lo posible para mantenerlo estancado: evadiendo impuestos, buscando pitutos, rechazando el esfuerzo. Queremos un país desarrollado, pero sin disciplina ni sacrificio colectivo. Queremos ser Finlandia con la ética de un reality show.

La sociedad chilena vive atrapada en la trampa del instante. Hemos convertido el inmediatismo en dogma, el atajo en virtud y la pereza en identidad. No entendemos que el progreso real no se mide en promesas rápidas ni en gratificaciones inmediatas, sino en procesos largos, incómodos y exigentes.

Mientras sigamos creyendo que todo se resuelve “al tiro” (al punto, presto y veloz), seguiremos condenados a repetir el mismo ciclo: entusiasmo por lo inmediato, frustración por la realidad, indignación por el fracaso. Chile no necesita más promesas rápidas, necesita aprender a valorar el sacrificio. Pero claro, decir esto suena aburrido, y aquí nadie quiere aburrirse: preferimos el eslogan fácil, la utilidad sin esfuerzo y el milagro instantáneo.

En resumen: Chile no es un país flojo, es un país apurado. Tan apurado que nunca llega a ninguna parte.


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