Indómita by Marcos B. Tanis

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Siempre te veía seria y ni mirabas a los costados cuando caminabas hasta la parada de los autobuses. En varias de esas oportunidades intentaba acercarme a ti y temía ser rechazado a la primera, por esa razón, preferí solo mantenerme al margen de cualquier rechazo.

Hasta que un día, me animé.

            —Buen día —sostuve con una sonrisa nerviosa. Recibí la mirada de los mil odios, ni siquiera tuve devolución de tu parte y me metí el orgullo en el bolsillo.

            Pero hubo algo en el interior del bus. Pude apreciar un destello de tu sonrisa y en tus ojos al parecer había cargado un reciente desamor. Sin embargo, pese a todo ello, dejé que los días transcurrieran hasta que tú misma dieras ese pequeño paso a la oportunidad.

            Pero la espera fue en vano, ya que, por más que hubo gestos de interés por parte de ambos, no te atreviste a hablarme bajo ningún concepto; ni por asomo, ni por milagro. Así que tuve que armarme de valor una vez más y afronté esas ganas de conocerte.

            —¿Tan feo soy? —Fue otro día de intento, su sonrojo primero, la sonrisa después significó el interludio de lo que surgiría a continuación.

            Tras ese día, todo cambió. Y por las mañanas ya había otro matiz en la parada y por supuesto, dentro del bus. Empezamos a conversar como si nos conociéramos de antaño y descubrí secretos del porqué de esa condición. Incluso había aún enojo en tus labios, cuando me decías que el amor es cruel y que tal vez nunca te llegaría.

            Pero también sabía que, tras esa cáscara de inefables dolores, había un corazón que solo necesitaba sanar, tal vez conmigo, tal vez con otro hombre, pero con el mismo desenlace de siempre; una cura, para que puedas creer de nuevo.

            Conforme pasaban las semanas, llegó nuestra primera cita como “amigos”. Hubo roces, miradas cómplices y el despertar de lo que ambos necesitábamos. Besos de ojos cerrados, caricias inocentes y una disculpa de mi parte.

            —¿Entonces todo esto lo hiciste solo para disculparte? —Ahora fui yo quien me sonrojé como nunca antes lo había hecho.

De todos modos, conteste lo siguiente:

            —Todo esto hice porque en realidad necesitaba hacerlo; para que la magia ocurra —el siguiente beso fue sin prejuicios y no hubo miedo en lo que podría ocurrir después.

            Ahí mismo supe que todas las personas mostramos al mundo una identidad que no nos pertenece; todo por culpa de alguien más y que el amor, aunque parece que se apaga, es innato en cada uno de nosotros.

            El beso fue el pacto de lo que escondíamos y ahora que despertó algo hermoso, nuestro sentir se agiganta.

©2026 Marcos B. Tanis.


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