El tiempo sucede contando las olas,
líquida cadencia que celan las horas.
Canción que seduce cual seno materno.
Voces enhebradas, ecos del infierno.
Promesas doradas de soles cansinos.
Gozo estival inflama los sentidos.
Temor impotente preludia tormenta.
Enjambre de nubes, furia que revienta.
Piel resquebrajada de agua, de brisa.
Hálito salado, ocaso sin prisa.
Niebla lenta, mansa, oscuridad rara
se va diluyendo… Nace otra mañana.
Roja mi mirada de filtrar arena,
manos retorcidas, calma que no llega.
Triste prisionero del mar y las olas,
existo —yo creo— cual fiel caracola.
Avisto tu halo. ¡Cuánto has cambiado!
Tu calor me roza, pasas a mi lado;
me olvidan tus ojos, te grito en vano,
te alejas, te pierdo, como aquel verano.
Tanto padecí porque te habías ido…
Engañado estaba: soy yo el perdido.
Solo me queda volver a ese lugar
de barcas hundidas, náufragos sin hogar,
seres translúcidos de la profundidad
que deshojan sus días en la soledad.
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