—¡ZORRA RUSA, TE VAS A ENTERAR! ¡YA VERÁS! ¡ESTA NOCHE DORMIRÁS ENTRE LAS REJAS!
Katya hundió el culo más profundamente en el sofá, se subió la manta de borreguito hasta la mandíbula y cantó para sus adentros:
—A nam vsio ravno, a nam vsio ravno…
Las liebres cantaban tryn-trava bajo la luna. Da coraje a los que tienen miedo. Katya miró con agradecimiento la puerta, con sus dos cerrojos gordos.
—Estoy en casita…
Subió el volumen de la tele a 20. En realidad, podría haberlo subido a 40 o incluso a 60 sin que a nadie molestase. En el portal estaban solo ellos dos: ella y el vecino de arriba.
Sonó la alarma. Puso Netflix en pausa y se sentó frente al ordenador. Era la hora de empezar el turno de noche.
Saludó a su compañera:
—Todo bien, ¿y tú?
—Todo tranquilo.
Katya soltó una carcajada. “Todo tranquilo” concordaba con los gritos que no cesaban.
—¡ZORRA RUSA! ¡VOY A POR LA ESCOPETA! ¡TE LO PROMETO, ZORRA!
Movió la cabeza para borrar ese ruido de su mente y se adentró en el escritorio remoto. Clic-clic-clic bajito del ratón. Cada movimiento la llevaba a la rutina diaria: a ver cómo estaba eso, aquello y lo otro. Clic-clic-clic. Se cambiaban las ventanas y las aplicaciones.
Cierto, la esperaba una noche tranquila. Al menos hasta las 00:00, cuando la producción diaria empezaba de nuevo su ciclo.
El piso en la playa era un sueño cumplido. No solo suyo. De su mamá también. Pequeño, coqueto. Con vistas al mar. Se veía un cacho entre edificios. Pero muy cerca. Cruzabas el patio y ya. Tan cerca solo habían estado en Odesa. Eran casitas de madera. Salías por la puerta de atrás y pisabas la arena. Un tiempo muy feliz.
Ahora Katya también estaba feliz. Solo que el techo se veía feo. Claramente, los vecinos de arriba los habían inundado. En la cocina. En el baño. En la galería, donde se pone la lavadora. Eso se pintaba y ya.
Hasta que una mañana encontró un charco en el suelo del baño. Katya frunció la frente. Juraría que había pasado la fregona después de ducharse. ¿O quizá no?
Supo que sí cuando una gota se le cayó en la nuca. No era suya.
Subió una planta y llamó a la puerta. Le abrió un señor gordo, sin camiseta, con el pecho peludo. Olía a rancio. No le dejó entrar. Solo pudo ver un desorden absoluto tras su espalda.
—Ahora baja el dueño.
—¿No es usted?
—No.
Golpes en la puerta. Un hombre de su edad. Mientras abría, Katya pensó que había que arreglar el timbre.
—¿Qué te cae el agua del techo? ¡Lo siento mucho! No se va a repetir. Es que tengo seguro, ¿sabes?
—Bueno, en España es obligatorio.
—Siii, yaaa, pero no quieren arreglármelo. Dame tu número y les llamas.
—¿Y yo por qué tengo que llamar a tu seguro?
—Para quejarte. Si no hay quejas de los vecinos, no van a hacer nada —el hombre se adentró en el pisito—. Ah, mira, acoplaron la terraza al salón y parece más grande. Yo, ¿sabes?, tiraba la pared de la cocina y del dormitorio, y se dejaba todo abierto…
—Bueno, primero arregla la tubería —Katya apuntó los datos del vecino y le indicó la salida.
Supuso que llamar al seguro del vecino no tendría ningún efecto. También llamó al suyo. El perito apareció al día siguiente, desenroscó la lámpara del techo y fue bañado como si le vertiesen un cubo de agua, pequeño, de esos de playa.
Estaba claro que el incidente era reciente, a pesar de las marcas antiguas.
—Mando el informe ASAP —y se rió de su propia ocurrencia.
—Gracias —Katya sintió una luz verde de esperanza.
En dos días le llamaron de Legálitas.
—Su seguro le cubre la asistencia jurídica.
—No entiendo…
—Le mandaremos un burofax a su vecino.
—¿Y luego?
—Habrá que ir a juicio.
—¿Y eso cuándo sale?
—En un par de años…
—¿Y los daños están valorados en…?
—Ciento veinte euros.
Del techo asomaban setas. De verdad. Con su pie, anillo y sombrero. Pálidas. Finas. Les sacó fotos e invitó a un pintor. Piso en la playa presupone tener salud.
—Eso del burofax… No me gustó —se encontraron en la escalera—. Me paga la Comunidad Valenciana, no tengo medios…
—No entiendo de trámites —Katya movió el hombro—. Tú y tus circunstancias.
—La francesa que vivió aquí antes me había denunciado. Y yo a ella. Le impusieron la orden de alejamiento —parecía confesar. Pero Katya sabía distinguir la amenaza—. Esas rayas en la puerta no las hice yo.
—Ah, ¿no? Es bueno saberlo.
—Soy buenísimo en el tiro. Cojo la escopeta… yyyy… Gané un par de premios.
—Fenomenal. Enhorabuena —Katya cerró la puerta tras de sí.
En verano llegaron vecinos. Katya escuchó muchos cotilleos. Decían que abrió de una patada la puerta de la vivienda. Pertenecía a sus padres. No tuvo en cuenta a los demás hermanos. No pagaba los recibos. No respetaba el tiempo de siesta. Cada cual tenía su historia.
A Katya le impactó la injusticia. La comunidad había denunciado a la familia, no al vecino asocial.
—¿Cómo es posible? ¿Se tienen que responsabilizar del ocupa? Vive gratis, hace lo que quiere… Esto se llama “aparte de p…”
—Ya, así es la vida. No tiene sentido denunciar al que no puede afrontar los pagos.
Limpiar la terraza de las manchas amarillas se volvió una rutina. En la terraza de arriba, el toldo estaba bajado hasta la barandilla. No sabían quién meaba. Deseaban que fuera uno de los perritos.
Katya usaba la lejía en spray.
—¡Eh, niña, ten cuidado! —el dueño del bar le llamó la atención.
—Perdón, ha sido sin querer.
Cuando bajó a tomarse un cafetito, el dueño seguía enfurruñado.
—Tú ten cuidado, ¿no ves que tengo gente en la terraza?
—No sabía que el chuf-chuf fuera tan potente… —Katya lo miró con guasa—.
¿Y del pis del tercero no dices nada?
—¿Y qué le voy a hacer? ¿Partirle la cara?
—No, eso no…
—Sabes que no hay nadie razonable allí. Es una lacra…
—Me manchó la ropa en el tendedero —confesó Katya—. Espero que la vecina de abajo no piense que fuera yo.
—No tienes cara de vaciar el cubo con agua sucia por la ventana.
A las 00:00, la producción diaria empezó su nuevo ciclo. Y comenzaron los martillazos. Katya ojeó el ordenador y puso la alarma dentro de media hora.
Podría descansar mientras el sistema trabajaba solo.
Bajo la manta se sentía como si fuera aún pequeña y se arrimara al pecho de su madre.
¿De qué iba el cuento que le contaba? ¿De caracol? Si estás quieta en tu casita, la tormenta se pasa. A veces funcionaba…
Entonces su padre se acostaba, y ellas seguían allí, pegadas una a la otra. A veces mamá la tapaba con su cuerpo.
Pero siempre le repetía:
—Recuerda, eres muy querida. Y no tienes culpa de nada.
Incluso si se maquillaba los moretones.
A la una la música estaba a todo volumen. Se abría la ventana para que Katya escuchara mejor.
—¡ZORRA RUSA! ¡MIRA SI ERES GENTUZA!
Golpes de puertas. Martillazos. Y a todo trapo:
Nace una ilusión
Tiemblan de emoción
Bella y Bestia son
—Seguro —se dijo Katya—, y se tomó el paracetamol.
Pensó marcar el 112, pero recordó que el vecino siempre cerraba el portal con la llave. ¿Cómo entrarían? Sopesó bajar dos plantas y lo descartó. La producción iba a su ritmo.
Cuando el sol nacía desde el mar, prácticamente bajo su ventana, Katya daba el relevo. Pensó en su cama, con la jirafa de peluche —pedazo de su infancia—, en que los ojos se cerraban solos. Pero no fue al dormitorio. Prefirió ducharse. Peinarse. Se aplicaba el maquillaje como si fuera un guerrero indio.
—Es su palabra contra la suya —le dijeron en la Guardia Civil.
—No tengo que pasar miedo en mi propia casa.
@Tatiana Deriabina
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