Sobre el papel todas las rectas resultan fáciles y asequibles. Los textos prescriptivos, si están bien construidos, no dejan lugar a la imaginación y orientan al lector en relación a los pasos a seguir. Se indican las medidas, los tiempos y los utensilios a emplear para envalentonar al receptor de un mensaje que, por ideal y esquemático, parece factible. En los recetarios, cuando la edición es adecuada, se incluye una imagen indicando como debe ser el resultado final del trabajo a seguir. De manera adicional, también suelen incluirse algunos rasgos generales de la tarea a realizar como el tiempo, la dificultad y el número de raciones a conseguir de seguirse las indicaciones. Con estos mimbres, pocos son los que no entienden como factible algo cuajado de explicaciones diáfanas y claras. Con todo, en la mayoría de ocasiones, el resultado final difiere de la ilustración mostrada para guiar al cocinero diletante.
Una vez metidos a cocinar resulta que nos faltan ingredientes o que algo no sale como esperábamos. También puede darse algún despiste que arruine nuestro plato pues resulta fundamental vigilar con atención todo el proceso. Es decir, nos introducimos en el terreno de lo intangible solo superable gracias al buen hacer de aquellos que llevan tiempo tras los fogones. Por otro lado, nos topamos de frente con la cuestión semántica dado que una pizca de algo puede irse de las manos o cualquier término técnico como reducción o atemperar pueden volverse ignotos para el profano. Empero, y volviendo al comienzo del texto, en un primer vistazo el proyecto parece ejecutable con un poco de voluntad. Cuando pasa el tiempo y ya llevamos muchas horas de cocina nos damos cuenta de que estas guías tienen un carácter ideal que debe ser matizado por el lector. Nunca se alcanza la imagen publicitada, pero esto no es óbice para que perseveremos e incluso mejoremos los presupuestos iniciales.
«Hemos iniciado un proceso de privatización de la mayoría de empresas públicas, como Telefónica, Eléctrica, Gas, Petróleo, etc., que consideramos que su gestión y propiedad deben estar en manos privadas respondiendo a nuestra confianza en el mercado como mecanismo regulador» Aznar dixit allá por el ya lejano año 1997. Aquí podemos encontrar la receta acompañada de primorosas instantáneas promocionales de los grupos financieros ávidos por entrar en este juego. Por supuesto, si alguien pretendía profundizar podía acercarse a la lectura de Hayek o Friedman y su Escuela de Chicago, pues en estas teorizaciones se vendían las bondades de un sistema que había llegado para liberar a los consumidores del perverso yugo estatal. Aunque sospecho que fueron pocos los que se aproximaron a las obras referenciales del neoliberalismo. Además, contábamos con los ejemplos prácticos de las primeras democracias occidentales de las que tanto podíamos aprender gracias a su primoroso ejemplo. Por un lado, Reagan y su liberalización salvaje de los mercados en Estados Unidos, a la postre potencia señera en el mundo civilizado y, por otro lado, Thatcher y su férreo adelgazamiento del Estado británico. De este modo, no solo teníamos las palabras del profeta hispano, sino que contábamos con muestras incuestionables de un modelo que había llegado para imponerse. El caso de Chile mejor no mencionarlo.
Por motivos que no vienen al caso todos los años viajo a Reino Unido y si algo me ha llamado la atención es el precio del transporte ferroviario. Siempre me ha dado la impresión de que resulta desorbitado con independencia de la superioridad de los sueldos ingleses. De hecho me consta que para una persona que viva en el extrarradio de Londres, pues resulta prohibitiva la vida en la urbe, una parte fundamental del presupuesto anual se esfuma en los viajes diarios. Reflexionando sobre el asunto caí en la cuenta de que Inglaterra fue la pionera en la Revolución Industrial y este despegue fabril fue acompañado por el despliegue de kilómetros y kilómetros de vías para facilitar el transporte de mercancías, materiales y, por último, pasajeros. Este proceso concluiría en la privatización del servicio propuesta por el conservador John Major en 1990. Sobre el papel todo parecían ventajas, pues el Estado se desembarazaba de una gestión y mantenimiento realmente gravosos y el cliente se encontraría con una guerra de precios a la baja que concluiría con un ahorro para el usuario. Nada que ver con la realidad puesto que hoy el transporte en la isla implica un esfuerzo económico importante y el servicio, utilizado por mí en infinidad de ocasiones, sufre retrasos y oscilaciones más que notables. En definitiva, el mercado no se regula solo, pues son los grandes conglomerados empresariales los encargados de inclinar la balanza hacia su lado al conformar una plutocracia mercantil. Aunque parezca mentira esta evidencia no es universalmente aceptada.
Después de este inciso explicativo podemos volver al caso hispano. Llevamos menos tiempo subidos a la ola de la desregularización de los mercados, hemos hecho los deberes de manera satisfactoria y podemos presumir de unos precios energéticos a la cabeza europea. Gasolina, gas o electricidad son ejemplos claros de cómo el mercado está controlado por gigantescas empresas que consiguen formidables beneficios acordando precios y exprimiendo al ciudadano. Los distintos ejecutivos que han pasado por la palestra en este tiempo no solo se han puesto de lado, sino que se han convertido en cómplices de la trama. No hay más que echar un vistazo a los integrantes de los consejos de administración de estas empresas para hacernos una idea de los lazos existentes entre política y economía. A pesar de las amables palabras de los gurús liberales invitándonos al ahorro de impuestos y a la reducción estatal para lograr un vida más cómoda y sencilla, me permito recordar lo que sigue: si lo descrito sucede en algo como la energía o el transporte no quiero imaginar qué sería de nosotros si los intereses mercantiles metiesen sus manos en la sanidad y la educación. Algo que, para sorpresa de nadie, ya está sucediendo. En fin, no estaría de más una reflexión sobre el modelo social pergeñado por los poderes financieros refractarios a cualquier humanismo.
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