lunes, abril 6 2026

El Payaso by Alberto Quero

Mi profesión es bastante dura.; de ella puede hablarse durante días enteros y mil tratados no la abarcarían: yo soy un payaso.

Serlo es mucho más difícil de lo que a primera vista podría parecer, principalmente por la incomodísima vida circense, tan nómada, tan insegura, tan indescifrable. Es ella la que nos enseña a los artistas a adaptarnos a la más increíble sarta de arbitrariedades y de sorpresas del destino. Y si a esto se suma la esencia de mi oficio, se entenderá fácilmente por qué he aprendido a actuar frente a lo desconocido.

Recuerdo, por ejemplo, una de esas situaciones, debida precisamente a un imprevisto, un giro inesperado de la vida. Ya el circo había realizado la última función de la temporada y los artistas nos marchábamos hacia nuestros puntos “fijos” de residencia: después de meses de trabajo nada caía mejor que un descanso que, aunque, breve, bien bastaba para reponer las energías necesarias para el inicio del próximo ciclo de presentaciones.

Sin embargo, justo dos días después de mi regreso a casa, un fuerte terremoto destruyó la línea por donde pasaba el ferro carril en el que había viajado. Lamentablemente, por razones económicas y de espacio, no podía llevar conmigo todo mi equipaje; decidí entonces dejar parte de mis pertenencias al cuidado del administrador del circo, quien debía permanecer unos días más en el último pueblo en el que estuvimos.  Apenas pudiera, le dije, volvería por ellas.

Fue entonces cuando me enfrenté a un terrible desconcierto al comprobar que todo cuanto traía conmigo eran mis uniformes y mis implementos de payaso. Descuido, tal vez; o más probablemente esa especie de indefinible impaciencia que se apodera de cualquiera que esté al borde de un descanso y que, cuanto más inminente éste es, más voraz se vuelve. . fuera como fuera, en aquel momento sólo una cosa me importaba, sólo un acosa era cierta: el resto de mis ropas había quedado varado tras el sismo.

Varias veces hurgué en mis valijas como tratando de encontrar –más que unas prendas de vestir- una pista, un indicio, un rastro: algo que me dijera que todo había sido un error y que, en el fondo, bajo el maquillaje, bajo las pelucas de colores y las narices postizas, lo encontraría todo. Pero no; no fue así: todo lo que pude comprobar era que estaba en el gravísimo apuro de tener varios desproporcionados y disparatados trajes como único vestuario.

Al principio, traté de mantenerme en casa, dejando correr las semanas: tal vez en su transcurso el problema podría solucionarse. Pero tal cosa no ocurrió. Insistentemente traté de buscar una solución, una salida. Pero todo fue inútil. Ni siquiera contaba con la posibilidad de hablar por teléfono, ni por ningún otro medio, porque las líneas de comunicación habían sido afectadas.; ni pensar en una carta; tardaría demasiado tiempo en llegar y la espera que hasta entonces había sufrido estaba a punto de rebasar los límites de lo soportable.

El tiempo que había permanecido en casa era ya demasiado y necesitaba salir y atender mis obligaciones. Así que no tuve otro remedio que hacerlo vestido de payaso. Algo que me empeñaba en no llamar consuelo se instalaba en mi pensamiento, tal como antes había sucedido, durante los larguísimos y angustiantes días precedentes. Ya en la puerta volvía a pensar en un tema recurrente; aunque no lo recuerdo perfectamente he de admitir –no sin un poco de vergüenza- que muy probablemente la sola posibilidad de que en alguna otra ciudad alguien estaría haciendo lo mismo y seguramente se vería en los mismos apuros que yo, pero vestido de mago, de domador de leones o de equilibrista, me produjo una leve sensación de alivio.

Una vez en la calle me era imposible dejar de notar cómo me observaban. Los transeúntes, los que viajaban en los autobuses, los que conducían automóviles… alguno se rió abiertamente de mi apariencia; otros a escondidas y con disimulo; seguramente algunos más habrían insultado mi vestimenta, pero yo no lo percibí. De cualquier modo, dejé de prestarle atención al asunto, tal vez porque ya sabía que ocurriría algo así. Volví a casa con mis asuntos resueltos, aunque sin poder negar que el hecho me había descontrolado un poco. Quizá se debía a saber que el público reía… mas yo no estaba actuando. Pero todo –recordé- era cuestión de las sorpresas y de los imprevistos del futuro.

Después de dos desesperantes meses llegó el resto de mi equipaje, gracias a que las ferrovías fueron rápidamente reparadas. Por suerte todo estaba completo. Podía respirar tranquilo.

Cuando ya me fue imprescindible volver a salir, lo hice con mis ropas habituales. sin embargo, notaba algo extraño, algo que al principio no entendí: una sonrisa tan unánime, tan explícita y tan gratuita jamás será cotidiana.  Cuando, tras algunas cavilaciones, logré determinar que quien causaba la hilaridad no era otro sino yo mismo llegué a pensar que, en un descuido, de nuevo usaba la ropa de trabajo y que con ella había salido.

Comprobé –varias veces- que mi traje era absolutamente occidental y observador, tal vez demasiado.

Me miré, busqué vidrios, aparadores, espejos y hasta charcos en los que pudiera encontrar la prueba del craso error, de la imperdonable falla de percepción que tan claramente se anunciaba. Y el resultado fue el mismo: ya estaba vestido como se suponía era correcto. ¿Qué pasaba, entonces?

Corrí de vuelta a casa. Como por instinto busqué el diario y miré la página de modas.

En grandes titulares se anunciaba: “Clown, la nueva colección para este invierno”

 


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