Cada seis de diciembre, en la relajada y moderna ciudad de Zevaniega, se celebraba el Día de la Constitución Española con más entusiasmo que la final de la Champions. Había banderines, discursos solemnes, concursos de tortillas (porque eran muy apreciados en las distintas celebraciones populares los concursos de tortillas), y un desfile escolar en el que los disfraces que llevaban los niños representaban artículos constitucionales: el de libertad de expresión iba vestido de micrófono, el de educación llevaba una mochila gigante, y el derecho a la vivienda iba metido en una casita de cartón que apenas dejaba ver sus pies.
Pero hubo un año en que sucedió algo insólito: La Constitución… desapareció.
No me refiero al libro físico que había en la biblioteca municipal, no. La Constitución entera, como concepto. Desapareció de la memoria de todos excepto de tres ciudadanos: Carmen, una estudiante de Derecho obsesionada con los artículos constitucionales. Lucinio, el encargado de los barrenderos municipales, poeta y filósofo aficionado. Teo, un chaval de doce años experto en meterse en problemas y en buscar soluciones creativas.
Aquella mañana del seis de diciembre, cuando Carmen llegó a la Plaza Mayor, vio un cartel grande que mostraba: “Día de… ¿Qué celebrábamos el día seis?”
Los ciudadanos que pasaban por allí, se rascaban la cabeza intentando recordar…
—Esto no es normal —dijo Carmen—. ¡La Constitución no se olvida así como así!
Lucinio barrió un confeti solitario del suelo. —Yo solo sé que hoy tocaba discurso del alcalde —murmuró—, pero ahora dice que no sabe de qué hablar. Está preparando uno sobre las cualidades del brócoli.
Teo llegó corriendo. —Mirad! ¡Mi profe de Sociales dice que ya no existe el derecho a jugar! ¡Intenta imponer “la hora obligatoria de silencio absoluto”! ¡Tenemos que hacer algo!
Los tres intercambiaron miradas de preocupación.
Carmen abrió su mochila, sacó un ejemplar algo desgastado de la Constitución y lo agitó en alto delante de ellos.
—Esto sigue aquí. Lo que desapareció es… —buscó las palabras adecuadas— el entendimiento colectivo de que existe. Entonces, la gente actúa como si no hubiera reglas. Una hora punta sin semáforos, ¡qué caos!
Teo abrió muchísimo los ojos.
—Eso significa que… ¡los profesores pueden mandar deberes infinitos! ¡Y que los políticos pueden decir que mandan porque sí! ¡Y que mis papás pueden quitarme la paga sin derecho a reclamar!
—Exacto —confirmó Carmen—. Tenemos que restaurar la idea de Constitución en la mente de todos.
—¿Y cómo hacemos eso? —preguntó Lucinio.
Carmen sonrió misteriosamente.
—Con pedagogía ciudadana y un poco de teatro.
Ambos improvisaron una campaña callejera. Carmen explicaba artículos con gestos épicos, como si relatara una batalla histórica.
—¡Artículo 14! ¡Todos somos iguales ante la ley! Eso significa que sí, señora, su perro también debe ir con collar identificativo y correa.
Lucinio componía poemas espontáneos: “Sin Constitución no hay guía, Todo será un lío Hoy te dejo aparcar en mi plaza, Mañana… ¡igual me meto en tu río!”
Teo hacía trucos de magia con cartas en las que había escrito derechos fundamentales. Sacaba el derecho de reunión de detrás de la oreja de un policía municipal.
Pero la gente seguía sin recordar nada. De pronto, en el cielo apareció un llamativo destello azul. Una figura luminosa descendió frente a la fuente de la plaza. Era… la personificación de la Constitución Española. O al menos, eso parecía: una figura luminosa recubierta de páginas flotantes, con voz profunda y un atisbo de resignación.
—Ay, hijos míos… —dijo la figura—, me tomé un descanso. Estoy agotada. Nadie me lee. Nadie me respeta. ¿Sabéis cuántas veces intervine mentalmente para evitar una barbaridad legal durante la pasada semana?
Carmen quedó muda. Lucinio dejó caer su escoba. Teo sí reaccionó.
—¿La Constitución está de vacaciones?
—Exacto —respondió la figura—. Y, sin mí, todos olvidan que existo. Es como cuando apagas el Wifi. La gente se queda mirando al vacío.
—Pero, tienes que volver —imploró Carmen—. ¡o el país será un caos!
La Constitución cruzó los brazos.
—Volveré si me demostráis que la gente me quiere. Que me entiende. Que intenta aplicarme. Que no solo aparezco en sus tertulias.
Lucinio levantó la mano.
—¿Qué sería “respetarla”, exactamente? ¿Memorizarla?, ¿recitar artículos?, ¿no pisar las líneas del suelo?
La Constitución suspiró.
—Respetarme es vivir de acuerdo con mis principios: igualdad, libertad, justicia, participación, sentido común…
Los tres héroes diseñaron una idea brillante: Organizarían una feria ciudadana donde todos pudieran “probar” la Constitución en acción.
Había:
Un Túnel de la Libertad de Expresión, donde cualquiera podía aportar una opinión, aunque fuera «la tortilla de cebolla es más rica».
Un Puesto de Igualdad, donde los vecinos intercambiaban roles: el médico hacía de paciente, el alcalde hacía cola como todos los demás.
Una Zona de Participación, donde se votaban decisiones importantes, como el nombre oficial de la paloma de la plaza (ganó: Plumitas).
Y, lo más importante, un Escenario, donde los ciudadanos pudieran contar qué significaba para ellos vivir con derechos y… con límites.
Una anciana dijo:
—Para mí, la Constitución es que mis nietos puedan estudiar lo que deseen, en vez de algo impuesto.
Un tendero añadió:
—Es que nadie pueda cerrarme la tienda arbitrariamente.
Un niño pequeño, con voz tímida, murmuró:
—Es que todos podamos jugar sin que los mayores se peleen.
La Constitución flotaba en la plaza, cada vez más brillante.
—Creo que… me necesitáis —dijo, visiblemente conmovida—, ¡me estáis usando bien!
Una explosión de luz invadió el municipio, y de repente, todo volvió a la normalidad.
—El día de la Constitución —dijo el alcalde, apartando a un lado su discurso sobre el brócoli.
Teo sonrió.
—Entonces, ¿ya nadie podrá poner la “hora obligatoria de silencio absoluto?
—No mientras vivas en un país constitucional —contestó Carmen mostrando complicidad.
Lucinio añadió:
—La Constitución vuelve a estar con nosotros. Pero recordad: no basta con celebrarla anualmente. ¡Vivámosla cada día!
La figura luminosa de la Constitución, antes de desvanecerse, dijo: —Y, por favor, ¡leedme de vez en cuando!
Desde entonces, Zevaniega celebra el seis de diciembre con una renacida tradición: cada ciudadano escribe en un papel cómo contribuye a respetar la Constitución en su vida diaria. Por ejemplo: «Escuchando antes de discutir», «Escuchando la opinión del otro», «No aparcando en el sitio de carga y descarga o vado permanente», «Cumpliendo las normas aunque nadie esté mirándonos». Teo, por su parte, escribió: «Yo prometo no usar mis derechos para fastidiar a otros, excepto a mi hermano, a veces, cuando se lo merece»
. Salva García
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