Viaje al centro de los sueños by Úna Fingal

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A estas alturas de la vida ya nadie se extraña de mi condición de cinefilia obsesiva. Siempre he creído que se trata de algo innato, y desde luego, tuve una buena fuente donde beber: mi padre me llevaba con él a las salas donde había un estreno desde mis primeros recuerdos y siempre fomentó mi afición con comentarios, cuchicheos y sabroso salseo al respecto. Cierto es que, profesionalmente, he tenido una relación muy íntima con el medio, pero antes fui espectadora. Una espectadora de las que se quedaban impresionadas, embelesadas y dentro de la cinta. Era (y soy) capaz de atravesarla sin ningún dolor y permanecer dentro de la historia muchas más horas de lo que dura el metraje. Sí, soy la pesada que se queda en la sala pegada al asiento hasta haber leído el último punto de los créditos y el blanco de la pantalla fuera del celuloide. Me gusta el cine, lo amo, lo adoro, lo disfruto y lo padezco. Por supuesto, el cine de autor, porque el más comercial ―y sobre todo en estos tristes últimos tiempos― no me produce emoción alguna. Pero de eso se podría hablar otro día. Como siempre digo, (salvo alguna noble y notable excepción), el buen cine se acaba con los 80. En los 90 todavía ofrece resistencia, y en los 2000 muere del todo. No en vano, las nuevas generaciones, que sólo pueden disfrutarlo a partir de los fondos de las plataformas, admiten que la diferencia es increíble a pesar de no disponer de la tecnología de ahora. Y es que a aquel cine no le hacían falta los efectos especiales: aquel cine era narrativa visual que entraba por los ojos y se expandía por todos los rincones del cuerpo y del alma hasta gobernar absolutamente todas las emociones. Lo echo mucho de menos.

En aquellas producciones, el genio de varias mentes fecundas, gigantescas e infinitas se fusionaba y expandía hasta parir una magnánima obra de arte para la eternidad. Dirección, fotografía, bandas sonoras, interpretaciones, producciones, decorados, vestuarios, guiones… ¡Inigualables! Lo mejor al servicio del Séptimo Arte, que es Séptimo porque, hasta su aparición, iba precedido de la arquitectura, la escultura, la pintura, la música, la danza y la poesía… ¿Y no las aprecian ustedes a todas ellas fusionadas dentro de los films más espectaculares? Las seis artes al servicio de la séptima. Por eso tales películas cuestan de olvidar: se te meten en el tuétano, de donde ya no salen jamás.

Por supuesto, las impresiones nos marcan y nos dejan muesca, como el viento cuando acaricia los árboles. El cine puede ser una suave brisa o un potente huracán, y su huella perdura por siempre visible en nuestras almas y corazones. Sí, por eso es un arte. Sólo el arte es capaz de conmovernos de tal modo.

Para mí, el cine es una sustancia vital, y me recreo en ella cada vez que mi alma necesita nutrientes. El cine me gusta todo, con casi todos sus géneros. Sobre todo, el clásico (el antiguo, en blanco y negro). Tengo mi Olimpo particular con sus dioses entre actores, directores y músicos. Pero, de entre todos los géneros, el western es mi debilidad. Hoy tristemente desaparecido, a pesar de algunos buenísimos proyectos surgidos para el goce de los de mi cuerda. Por fortuna, tenemos los clásicos a los que recurrir una y otra vez. Si les hablo de mi pasión y veneración por Clint Eastwood, Sergio Leone y Ennio Morricone, ―la triada sublime― necesitaría toda la revista. Pero antes estaban John Ford y John Wayne… que me generaron una devoción rara de explicar y fácil de abrazar. Cierro los ojos y los veo caminar hacia mí con esa gallardía y gentileza de los héroes que no pretendían serlo, las sonrisas cómplices de quienes saben que ya son leyenda, y la mirada del ojo que comprende el mundo mucho mejor desde el visor de la cámara.

Mi secreto mejor guardado es que yo, desde mi más tierna infancia, quería ser como ellos y retratar el mundo desde mi propia cámara. De algún modo lo hice, pero desde los escenarios y las novelas.

El mundo es retratable, y también lo son las almas y los corazones humanos, aunque no todo el mundo sabe de esto último. Sólo los más grandes. Por eso hay que acudir a los clásicos, porque únicamente ellos son capaces de abrirnos esa ventana mágica que nos permite hacer el gran viaje al centro de los sueños.

¡Gracias por el cine!

Notas:

Imagen: John Wayne and Jeffrey Hunter in The Searchers (1956).

Fuente: IMDB. https://www.imdb.com/es-es/title/tt0049730/?ref_=mv_close

https://www.imdb.com/es-es/title/tt0049730/mediaviewer/rm3562510592/?reasonForLanguagePrompt=browser_header_mismatch


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