«Mi vida reside en las palabras»
Yo conocí a Fukushima Satoshi siendo niño, siempre me llamó la atención su carácter plácido y alegre, su caminar cadencioso. Íbamos al mismo colegio del barrio donde vivíamos, aunque no habíamos coincidido nunca para charlar o jugar en los recreos; ambos estábamos en clases diferentes y teníamos distintas amistades.
Siendo yo niña, casi siempre me relacionaba con otras niñas y él siendo niño, con ambos géneros. Me había fijado en él desde hacía unos meses, por no se qué casualidad, me di cuenta que no jugaba al fútbol como el resto de sus compañeros, lo veía a veces entrenando con la pelota de baloncesto, practicando las jugadas propias del deporte y me había fijado especialmente en la habilidad que mostraba en el encestado. También lo veía repasando sus libros en las épocas de evaluaciones y una
cosa muy singular: a menudo se encontraba con otros alumnos, explicándoles algunas materias de estudio. Sus dedos guiaban el lápiz de otro con la calma de quien tiene todo el tiempo del mundo.
Le gustaba enseñar a otros, quería ser profesor.
No habíamos hablado nunca y un día me tropecé con él. Le pedí disculpas y me presenté, era la ocasión para preguntarle por las muchas consultas que yo veía que le hacían otros alumnos. Congeniamos rápidamente y cuál fue mi sorpresa cuando descubrimos que en el curso siguiente al que ya estaba acabando, íbamos a estar en la misma clase según leí en los listados que habían colocado en el tablón de anuncios.
Todo iba bien, hasta que en un determinado momento, Fukushima comenzó a notar que las palabras, las cosas y las personas se le desdibujaban en la larga distancia y a su alrededor, y esa normalidad que vivía, se vio interrumpida por problemas oculares: primero perdió la visión de un ojo y después la del otro.
¡Se había quedado ciego!
Aprendió Braille y junto a su madre, sus amigos le ayudábamos a saber manejarse con un bastón blanco, plegable, elemento de apoyo a su ceguera total; él, memorizaba itinerarios desde su casa hasta llegar al Colegio, luego hasta el aula de estudios y de allí hasta el baño y viceversa, hasta llegar de nuevo a su casa. En las clases, le ayudábamos en todo lo que podíamos. Pudo seguir estudiando con ayuda especializada dentro del aula.
En el cautiverio de su ceguera, Satoshi aprendió a «ver» con los otros sentidos. Adivinaba el regreso de los pájaros por el batir de alas que perturbaba el aire y descifraba la primavera en el aroma denso de la tierra húmeda. Cuando la lluvia golpeaba los cristales, no solo oía su tintineo; percibía una llamada. Salía entonces a la calle, con el rostro alzado, dejando que el frescor plateado del cielo le bautizara la piel. Al sentir los charcos bajo sus pies, el agua no era solo humedad, sino un espejo líquido donde recuperaba, por un instante, el rastro de su propia infancia.
Pero la vida volvió a sorprenderle con otra dificultad: Fukushima perdió el oído completamente.
A los dieciocho años, el último hilo que lo ataba al mundo se quebró en un silencio absoluto. Fue un naufragio sin sonido; de pronto, Fukushima se sintió arrojado al espacio exterior, flotando en un vacío donde no alcanzaba a percibirse ni el eco de su propia voz. Allí, en esa soledad cósmica donde la claridad es un recuerdo lejano, comprendió que el mapa de la realidad tendría que dibujarse, a partir de entonces, con la luz que emanaba de su propia resistencia.
¡Había quedado sordociego! No tenía problemas para hablar, pero eso no le sirvió de nada en
cuanto a la relación con su chica. Parece que su ceguera no le impedía seguir queriéndole y disfrutar juntos ese amor adolescente que no encuentra obstáculos, pero perder totalmente el oído fue lo que a ella le hizo replantearse un posible noviazgo con Fukushima, y decidió abandonar la relación.
También pudo superar este escollo gracias a que siempre tuvo cerca a su madre, Saiko. Vivir en un mundo sin luz ni sonido es duro y Satoshi, tuvo necesidad de una intérprete. Ella escucha lo que le dicen y se lo transmite a través de braille dactilar, que traduce la conversación mediante sus dedos, directamente sobre los dedos de él, de modo similar a como se teclea en una máquina de escribir braille. Siendo sus ojos y sus oídos, establecieron una relación muy estrecha, con la que Satoshi quizá pensó alguna vez, desterrar su soledad de hombre que quería querer y ser querido.
Entonces, el mundo regresó a través de la piel. Entre Satoshi y su intérprete nació un idioma de caricias precisas: el braille dactilar. Ella escuchaba el murmullo de la vida y lo traducía golpeando suavemente sus dedos sobre los de él, tecleando la realidad directamente en su carne. En ese baile de manos, la soledad se batía en retirada; cada presión era una palabra, cada roce un puente, y en la calidez de ese contacto, él adivinaba el rostro del mundo y, quizás, el secreto latido de quien le prestaba sus sentidos Fukushima, secretamente imaginaba a la traductora digital a través de ese tacto con sus manos y sentía algo especial por ella. Le gustaba jugar juntos a adivinar canciones en el
altavoz de la radio, por el tacto. Su personalidad alegre y tolerante le salvaron de quizás innumerables episodios de desaliento y sobre todo la ayuda de su madre, quien inventó el método braille dactilar y a partir de esa idea improvisada se fueron realizando mejoras. Aquellos tiempos de tanto escollo, gracias a sus ganas de seguir creciendo académicamente, fueron solventados gradualmente, hasta el tiempo demás que necesitaba para adquirir tanta información diaria que debía absorber en sus aprendizajes. Su hacer, más lento, lo transformó en ideas sobre nuevas didácticas para hacer mejoras en sus enseñanzas. Podemos decir que tiene una mente privilegiada.
Su sueño de ser profesor, nunca tuvo interrupción.
Entre sus aficiones, Fukushima amaba la música, a la que no tuvo que renunciar del todo, debido a que se aficionó a ella después de quedarse ciego. Incluso compuso alguna que otra pieza musical completa, letra y música, que fue cantada por un cantante famoso; aunque Fukushima siempre tuvo presente su vocación, por lo que a su debido tiempo ingresó en la Universidad y obtuvo un gran galardón. Había conseguido realizar su gran sueño: ser profesor en la Universidad. Casi inmediatamente comenzó a ejercer. Fukushima académico pudo resolver sus comunicaciones online gracias al avance de la tecnología para ordenadores que traducen texto a Braille y viceversa. Con la terminal BrailleSense, la que pudo comprar gracias a sus fondos para la investigación.
Otro brete importante que afectó su comunicación fue el coronavirus, porque los sordociegos no pueden hablar sin tocarse, ni mantener la distancia social. Por otra parte, ¿Cómo superar la soledad social?
Fukushima Satoshi no solo alcanzó su sueño de infancia; lo transformó en un acto de resistencia y belleza. Su cátedra no se sostiene sobre pizarras o voces, sino sobre la certeza de que el conocimiento es un fuego que se transmite de alma a alma, más allá del silencio y la penumbra.
Hoy, este docente llamado a la excelencia nos enseña la lección más profunda: que no existen bretes ni distancias sociales que el tesón no pueda salvar. Su vida es una partitura de superación donde cada obstáculo fue vencido por la fe en los demás, recordándonos que, incluso en el vacío más absoluto, el ser humano es capaz de habitar su propia luz y convertir su vocación en un faro para el mundo.
Datos sobre su vida.- Nacido en la prefectura de Hyōgo en 1962. Siendo niño perdió la vista en
ambos ojos, uno después de otro, y la audición a los 18 años, y terminó siendo sordo y ciego por completo. En 1983 fue admitido en la Universidad Metropolitana de Tokio, la primera persona sordociega de Japón en ingresar a la Universidad. Después de trabajar como profesor asistente en la
Universidad de Kanazawa pasó a ser en 2008 profesor en el Centro de Investigación de Ciencia y Tecnología Avanzadas de la Universidad de Tokio. Es la primera vez en el mundo que una persona con sordoceguera se convierte en profesor universitario a tiempo completo. Trabaja como director
de la Asociación Nacional de Sordociegos y es representante regional asiático de la Federación Mundial de Sordociegos (cinco mandatos hasta octubre de 2022). En 1996 recibió el Premio Cultural Yoshikawa Eiji con Fukushima Reiko, su madre. En 2003 fue seleccionado como “Héroe de Asia” por la revista TIME. Sus publicaciones incluyen Mekura rōsha to shite ikite (Vivir como sordociego; 2011, Akashi Shoten) y Boku no inochi wa kotoba to tomo ni aru (Mi vida reside en las palabras; 2015, Chichi Ed.).
@Carmen Salas
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