Esperaron hasta casi entrada la noche y nunca llegaron sus padres. Fue entonces cuando se abrieron las puertas. Eran unas dulces monjas; llevaban un hábito de color blanco, blanco puro. Rápidamente les dieron confianza y les invitaron a pasar. Les dijeron que enseguida servirían la cena y también conocerían al resto de niños.
Rony le dijo a su hermanita que no se preocupara, que él siempre estaría junto a ella y que todo saldría bien. Ahora, al parecer, tendrían un nuevo hogar y no les faltaría comida ni abrigo. Aquellas monjas aparentaban ser muy buenas y amables, así que los niños se sentían protegidos y seguros. Iban cogidos de la mano cuando entraron en un gran comedor. Había al menos cien niños, más o menos de sus mismas edades. Tomaron asiento; los demás niños se acercaban para presentarse e ir conociéndose.
Rony estaba feliz al ver que por fin estaban a salvo y, además, tendrían nuevos amiguitos. Después de cenar, las monjas les acompañaron a las habitaciones. Era la hora de irse a dormir. Pensó que por fin podrían dormir calentitos. También podrían llegar a ser adoptados algún día; eso sí, ellos dos siempre juntos.
A la mañana siguiente volvieron al gran comedor para desayunar. Rony quería ver a su hermana, saber cómo había pasado la noche y estar junto a ella. Les habían separado, pues para dormir había estancias diferentes: una de niños y otra de niñas. Después del desayuno, pasaron todo el día jugando hasta el momento de la cena. Tras cenar, volvieron a sus respectivas habitaciones para dormir. Aquella noche, Rony estaba inquieto. No podía conciliar el sueño. Al darse la vuelta en su camastro, pudo observar cómo una monja se llevaba a uno de los niños. Pensó que, a lo mejor, lo habrían adoptado, pero a la mañana siguiente el niño no estaba. Le extrañó mucho, porque todas sus pertenencias seguían allí. Los días pasaban con normalidad: desayunaban, jugaban, comían, cenaban y se iban a dormir.
Llevaban ya ocho semanas en el orfanato y, cada jueves por la noche, alguna monja entraba en las habitaciones para llevarse a un niño. Todo aquello a Rony no le olía bien, así que tramó un plan con Flavia y sus amiguitos. Era lunes. Su plan consistía en esperar a que llegase el jueves y que, tanto Rony como Flavia, dependiendo de en qué habitación entrase la monja, la seguirían para descubrir qué estaba pasando. Mientras tanto, el resto de los niños estaría preparado para lo que pudiera surgir.
Llegó el jueves. Desde por la mañana hicieron lo mismo de siempre: desayunar, jugar, comer, volver a jugar… No había que levantar sospechas. Llegó la hora de la cena. Los niños cenaron y se miraban unos a otros, un tanto nerviosos por lo que podía pasar aquella noche. Era el momento de irse a la cama. La monja eligió la habitación de Rony. Él enseguida supo cómo actuar. La siguió con mucho
sigilo. Atravesó varios pasillos hasta llegar a una biblioteca con una gran chimenea. Vio cómo, al mover un libro, la pared se abría hacia un oscuro pasadizo. Rony estaba muy asustado, pero eso no le impidió armarse de valor y continuar con su plan. Avanzó por el corredor hasta llegar a una especie de capilla. Era un espacio muy grande, con un altar en el centro. Había cirios y velas por doquier, y las monjas ya no llevaban aquel hábito blanco inmaculado: ahora vestían de negro, negro como la noche, y llevaban capuchas que dejaban ver solo sus ojos. En lugar del rosario, colgaban de sus
cuellos cruces de Cristo invertidas.
Las monjas simulaban ser buenas, amables y devotas de Dios, pero en realidad eran fieles servidoras de Satanás. Los niños que se llevaban eran colocados sobre el altar; les ataban de manos y pies para inmovilizarlos. Las monjas habían vendido su alma al diablo, y su misión era entregarle la sangre pura e inocente de aquellos niños, saciando su sed de ira a cambio de la vida eterna.
Rony, escondido detrás de una cortina, se asustó tanto que, al darse la vuelta para salir corriendo, tumbó un cirio al suelo y, de pronto, todo empezó a arder. Las monjas, en su empeño por apagar el fuego, se despistaron y dejaron solo al niño. Rony aprovechó ese momento para desatarlo. Se dio cuenta de que el niño estaba drogado y no podía ponerse en pie, así que lo cargó a su espalda. Corría lo más rápido que podía. Su amiguito empezaba a despertar, así que lo bajó al suelo y le ayudó a avanzar pasando su brazo por encima de su hombro. Así irían más rápido.
Una monja salió tras ellos para capturarlos, pero Rony, que lo intuía, fue tirando todo lo que encontraba por el camino. Estaban exhaustos; solo les quedaba un pequeño tramo. Por fin llegaron al recibidor. Los dos niños chillaban, gritaban dando el aviso. Rony llamaba a su hermana. El resto de los niños había dejado sus pertenencias preparadas para, en cuanto escucharan la señal, salir corriendo.
Estaban todos listos para huir al patio. La casa cuna empezaba a arder y la policía y los bomberos no tardarían en llegar.
Rony y Flavia se abrazaron.
@Vanessa Zamora.
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