

Qué, al final, Sírat, no haya recibido ningún premio por parte de la “Academia de cine de Hollywood”, confirma que el buen cine no tiene que coincidir, siempre, con los gustos de dicha institución. Creada en 1927 por Louis B. Mayer, que era el presidente de la Metro-Goldwyn-Mayer, la Academia ha pasado, como es lógico, por diversos avatares. Es verdad que, el año pasado, acertó de pleno: premiando una película extraordinaria como es Anora. Sin embargo, este año, se despista y cae en la trampa. Y no es que Una batalla tras otra, en el apartado general, y Valor Sentimental, en el ámbito de mejor película extranjera, sean malas películas; para nada. Me gustan ambas, pero ni Una batalla tras otra, alcanza la genialidad de Marty Supreme, ni Valor Sentimental se acerca a la categoría de “obra de arte”, con mayúsculas, que es Sírat.
He escrito ya sobre la película de Oliver Laxe, y ahora quiero hacerlo sobre esa maravilla que es Marty Supreme, el primer film – en solitario – de Josh Safdie. Sé, como todos, que esa película, antes de los Oscars, venía precedida por unas declaraciones de su protagonista principal: el actor Timothée Chalamet. Me da igual que dijera que “la ópera y el ballet, ya no importan a nadie”. En realidad, yo que amo esas dos expresiones artísticas, creo poder darle algo de razón al actor, porque, efectivamente, son absolutamente elitistas y minoritarias; tal vez, Chalamet, lo decía en ese sentido.
Veo Marty Supreme, dos veces; y en las dos ocasiones disfruto muchísimo de esa película: salgo entusiasmado y emocionado. Voy a tratar de explicar por qué.
En primer lugar, el elenco de actores elegido por el director, a mí me parece insuperable. Hasta la interpretación de “Moses”, el perro de la película, es increíble. El resto de actores están que se salen. Por supuesto, un magnífico Timothée Chalamet, que da vida a Marty Mauser, un jugador de tenis de mesa, o ping-pong, como queramos llamarlo. Pero detrás de él, hay una excelente, y muy creíble, Gwyneth Paltrow, que da vida a una actriz de cine de los años treinta del siglo XX. Por supuesto, la actriz Odessa A’zion, para mí desconocida, que interpreta el papel de Rachel Mizler, la amiga-amante de Marty. Por supuesto, Kevin O’leary, que interpreta a un magnate de plumas y bolígrafos. Por supuesto, Abel Ferrara, que está espléndido en el papel del “tierno mafioso”, Ezra Mishkin. Y, por supuesto, el resto de actores y actrices que completan el reparto.
Hablemos de la película; está ambientada entre 1952 y 1953, en New York, Londres, París, y Tokio. No obstante, la parte más extensa, sucede en ese New York glamuroso de esos años increíbles; concretamente en el llamado “Lower East Side, en Manhattan, al otro lado del puente de Brooklyn. Un barrio, con esos característicos edificios de apartamentos, de ladrillo, y escaleras de hierro, que recorren las fachadas.
El director capta de manera muy sutil, la estética de esos años. Una estética, que es – en todos los aspectos de la vida – un “revival” muy inteligente de la estética “déco”, de los años 20-30. Los colores, y el ambiente de la ciudad, están absolutamente bien retratados por Josh Safdie.
Lo que me resulta fascinante es comprobar, cuando la cámara penetra en la casa familiar de Marty, que esa estética contaminó todos los espacios. Lo digo, porque esa casa donde vive el protagonista, es pobre y con deficiencias; sin embargo, los muebles y otros objetos – incluso el color de las paredes – dan perfecta cuenta de ese estilo de esos años gloriosos.
Sin embargo, aunque la estética de la película me atrapa; lo que de pronto provoca una especie de conmoción en mi corazón, es cuando comienzan a sonar las notas de una canción que estaba guardada, pero no olvidada, en las profundidades de mi memoria. Me estoy refiriendo a Everybody’s got to learn some, del grupo “The Korgis”. En ese momento, un escalofrío recorre todo mi cuerpo. El motivo, es que esa canción es la que suena en la radio, cuando vuelvo a toda prisa, aterrado, a mi casa, después de escuchar en la peluquería a la que había ido a cortarme el pelo, que unos guardias civiles acababan de entrar en el Congreso de los Diputados. Los lectores y lectoras habrán ya adivinado que me estoy refiriendo al intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981.
Ahora, mientras ya he comenzado a disfrutar muchísimo del film, me estalla – como un artefacto explosivo – la bellísima y melancólica composición de “The Korgis”. Esa canción, para siempre, estará ligada a mí, por aquellos hechos tan luctuosos. Algo parecido a lo que le ocurre al pobre “Alex”, de la Naranja mecánica, en la mítica película de Stanley Kubrick, cuando suena la Novena Sinfonía, de su amado Ludwig van…, mientras está siendo sometido al experimento que hará que rechace la violencia.
La música, lo voy descubriendo mientras avanza el metraje, en Marty Supreme, tiene tanta importancia como la tuvo en las películas de Kubrick. El director, derrocha inteligencia por los cuatro costados. Esa música de los ochenta, que elige para contextualizar su película, aún me reserva una sorpresa: será justo al final del film.
Marty – Timothée Chalamet – es un ser prodigioso. A pesar de que la vida aparece como una especie de caos, siempre está saltando por encima del absoluto hegeliano. Me sorprende que Chalamet juegue al ping-pong de esa manera tan increíble. He leído unas declaraciones suyas en las que afirma que ha practicado mucho ese deporte. Desde luego, no parece que haya sido doblado por ningún profesional del tenis de mesa. Por cierto, a medida que avanza el metraje, se me pasa por la cabeza una idea: la de que el actor, con la estética elegida para representar su papel, se asemeja más de lo que pudiera parecer, en un principio, al escritor británico George Orwell; o igual son cosas mías.
Es un personaje contradictorio, que no se deja atrapar en ningún momento, ni por el fatalismo, ni por la fatalidad. Corre y salta en aras ha derribar cuantas barreras se le ponen por delante, para conseguir su objetivo: ganar el campeonato del mundo que se va a celebrar en Tokio, Japón. Y ni siquiera la humillación que le inflige, en un determinado momento, en presencia de otras personas, el magnate de los bolígrafos, lo hacen retroceder. Me sorprende, lo que yo entiendo por un muy particular homenaje a Bram Stoker y su Drácula, cuando el director del film pone en boca del magnate Milton Rockwell, el de los bolígrafos, la siguiente frase – dirigiéndose a Marty, que está a punto de joderle el plan que este ha preparado en Tokio para humillarle –: “¿sabes?, yo he nacido en 1606; soy un vampiro…” Marty acaba devolviéndole la vejación, sufrida tiempo atrás, ganándole el partido al campeón, e ídolo mundial japones, Koto Endo, que siempre le había ganado en enfrentamientos anteriores.
El Japón que retrata Safdie, también es convincente y espléndido. Un Japón que, poco a poco, se va reconciliando con su antiguo enemigo, los EE.UU., cuando todavía han pasado muy pocos años de la derrota en la segunda guerra mundial, tras el lanzamiento de las bombas nucleares en Hiroshima y Nagasaki, por parte del gobierno norteamericano, cuyo mando supremo lo ostentaba Harry Truman.
Marty parece alguien poco responsable, abandonando siempre a su novia, a la que ha dejado embarazada. No obstante, en ese trasiego continuo, logran hacer algunos trabajos juntos, que no dejan de sorprender al espectador. Pero el insolente vendedor de zapatos que es Marty, lucha siempre contra su propio destino de perdedor. Es un tipo que no tiene miedo; que incluso se permite algún chiste contra su condición de judío. Exhala vitalidad y positividad a raudales. Tal vez, por eso, la actriz venida a menos, Kay Stone, que está casada con el magnate de los bolígrafos, se siente atraída por este chaval, mucho más joven que ella, y acaba cediendo a sus encantos. La vida burguesa en la que naufraga, hace que se arroje a los pies del pendenciero, pero encantador, Marty Mauser. Me fascina la interpretación contenida y brillante que hace de ese personaje una Gwyneth Paltrow, que ya ha dejado la juventud atrás: tiene 53 años, y no camufla ni sus arrugas, ni otras cosas. Adoro a esta chica madura, que tampoco es que haya alcanzado grandes cotas en la historia del cine: a pesar de haber trabajado en películas muy icónicas.
Me hace gracia leer alguna declaración de Chalamet, en la que afirma: “Estoy en busca de la grandeza”. Bueno, creo que ya la alcanzado, con sus dos últimas interpretaciones: la que da vida a Bob Dylan en A Complete Unknown, y ahora, dando vida a un casi desconocido jugador de ping-pong de los años cincuenta, y delincuente, un tal Marty Reisman.
La zigzagueante trama, puesta en pie por Josh Safdie, hace que no sepamos a ciencia cierta, hasta la escena final, si el personaje principal, Marty Mauser, logrará o no redimirse. No obstante, si uno sigue con atención el film, puede empezar a sospechar que eso ocurrirá, antes o después.
Decía antes, que el final de la película me reservaba otra sorpresa, a modo de música. Uno no sabe que la historia está a punto de concluir cuando empiezan a sonar los compases de Everybody Wants To Rule The World, del grupo “Tears For Fears”, que es una canción que hace que me mueva incluso en mi butaca del cine. En esa última escena, Marty nos rebela su verdadera naturaleza, que ya ha iluminado la escena anterior, cuando va a ver su novia de siempre, Rachel Mizler, que acaba de dar a luz al hijo de ambos. Suelta todo el lastre de los últimos tiempos y decide ser quién en realidad quiere ser, como decía Nietzsche.
A Timothée Chalamet y a mí, mientras suenan los compases de esa música genial de los “Tears For Fears”, las lágrimas se nos vierten a raudales, porque estamos emocionados, como sujetos precarios que somos.
Las dos imágenes que acompañan el texto son de la publicidad que se generó para promocionar la película.
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