“Miré el campo alrededor de mí. Las líneas de cipreses que subían a las colinas cerca del cielo, esta tierra rojiza y verde, las casas extrañas y bien dibujadas, me hicieron comprender a mamá. La tarde, en esta región, debía ser como de tregua melancólica “(pág. 21, Albert Camus, El extranjero)
Los paseos por el campo a veces no sumergen en el espíritu de la región. Muchos de nosotros lo hemos experimentado. Al ver que la personalidad de la tierra se desarrolla nos puede invadir o nostalgia, o alegría o una cierta desazón que nos lleva a pensar los guiones que convergen en nuestras vidas. Esta descripción de Albert Camus esta muy bien desarrollada en la película homónima. Todos caminan detrás del féretro para llevarlo a la iglesia y luego el cementerio. Nada parece más desolador que las convenciones religiosas ante la muerte. Son lentas, y cada gesto esta dotado de una cierta formalidad que nos inquiere: si la vida la hemos vivido con destreza o si la rapidez y los cientos de vicisitudes han apretado tanto la existencia que no ha quedado espacio para amar.
Y… tal vez, de ello se trate, de dejar espacio para amar. Para lucir la vida desde lo informal y creativo y respirar entre el sol o beber agua sin pensar.
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