lunes, agosto 31 2026

Manolo muerto, por Ariel Azor

Compartimos hoy el extracto de un cuento de nuestro amigo el escritor uruguayo Ariel Azor. Pertenece a su recopilación de cuentos bajo el título San Marcos y otros cuentos.  Su nuevo libro de cuentos lleva por título 8 historias fantásticas del este mágico uruguayo.

Manolo muerto, por Ariel Azor

En el velorio todo fue tranquilo, excepto por lo que le pasó a él. A las dos de la tarde se llevaron el cajón con su cuerpo rumbo al cementerio, a esa hora Manolo estaba en el bar de al lado jugando a las cartas, la ida al cementerio lo tomó por sorpresa, pero no quería perderse su propio entierro «¡Oigan, esperen, no me dejen, yo también voy!», se levantó, dejando el juego por la mitad y a su compañero de mesa pretextando por su ida. Los cuatro que estaban muertos tenían un rincón que en el mundo de los vivos estaba vacío pero disponible para ellos, lo increíble era que en todos los bares había un rincón vacío esperándolos, a veces de un lado a veces de otro pero siempre estaba ahí y siempre se juntaban los mismos cuatro fuera donde fuera, era algo que Manolo pensaba mucho y no llegaba a entender y más teniendo en cuenta que a los otros tres los conoció ahí, en los bares, en vida no recordaba haber tenido relación alguna con ellos. Cuando estaba vivo no podía correr, sufrís EPOC y los pulmones casi no le funcionaban, ni siquiera podía caminar mucho, ahora sí, da largas zancadas y comienza a levitar, es como si volara, «oigan, aguarden, ¿cómo puede ser que vayan todos cómodamente sentados en los coches y yo acá corriendo? No me escuchan, nunca me escucharon, nunca les importó nada de lo que dijera, siempre me llevan la contra en todo», les grita Manolo tratando de alcanzarlos. Algo le impedía hacerlo. Aunque los autos iban despacio por más que quisiera y se esforzara nunca llega hasta ellos, es como si todo fuera en cámara lenta. En el camino se encuentra con un viejo amigo, Pedro, hace como diez años tuvo un terrible accidente y murió, la verdad es que tiene la cara destrozada, renguea y camina doblado, el accidente lo dejó maltrecho, Pedro sabe que tuvo un accidente pero no que está muerto, así que habla con Manolo como cuando lo hacía antes, en este momento está yendo a trabajar y después irá a buscar a su hijo al colegio, Manolo decide callarse y no decide nada, tampoco entiende qué es lo que pasa o qué es lo que le pasa a Pedro, «¿cómo puede ser que un muerto ande caminando y haciendo cosas sin saber que lo está?¿Cuánto tiempo dura eso? Hace diez años ya que murió» piensa y se despide de él inundando de tristeza su corazón por la condición de su amigo. Los autos que llevan su cuerpo en el cajón desaparecieron de su vista, entonces se detiene recordando que Pedro le debe dinero de una partida de cartas y cuando gira su cabeza para llamarlo éste ya no está, «¿cómo puede ser que todavía siga deambulando por acá si hace como diez años que murió?», sigue preguntándose. Cuando llega al cementerio ya todos se están yendo, «oigan, ¿a dónde van?, ¿qué hicieron con mi cuerpo? ¡diablos, llegué tarde!, tarde a mi propio entierro, joder, ya me enterraron, siempre me sale todo mal, vivo o muerto es lo mismo, todo lo hago mal, siempre llego tarde a todos lados, voy a buscar mi tumba, ¿cómo saberlo? Hay miles… ¡Carajo, no sé ni dónde estoy enterrado! ¿Cuánto tiempo dura estar deambulando por todos lados? Y ahora, ¿qué hago, a dónde voy? Por eso es que lo encierran a uno en un cajón y te entierran para no andar así, para arriba y para abajo, sin saber qué carajo hacer. Seguro que a Pedro le pasó lo mismo».


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