sábado, mayo 23 2026

Recluta by Santiago Angarita

En junio de 1915, cuando el aire en Costa Rica, Valle del Cauca, todavía olía a caña recién cortada y a sudor de bestia, encontraron al duende amarrado en el cuarto viejo de molienda.

No gritaba.

Eso fue lo primero que inquietó a Evaristo, el capataz. Si hubiera pataleado, si hubiera mordido, si hubiera llorado como un niño malcriado, todo habría sido más sencillo. Pero la criatura estaba sentada, con las sogas de fique ajustándole el torso y las muñecas, mirándolo como si lo hubiera estado esperando.

Medía menos de un metro. Tenía la piel grisácea, cruzada por vetas verdosas como raíces superficiales. Las orejas eran finas y puntiagudas, pero no caricaturescas; eran proporcionales, casi delicadas. Los ojos, demasiado grandes para ese cuerpo pequeño, tenían una quietud antigua.

—No lo dañé —dijo, antes de que Evaristo pudiera santiguarse—. Yo fui llamado.

El administrador de la hacienda, don Anselmo Villalba, afirmó lo contrario. Dijo que la criatura se aparecía entre los cañaduzales, que las hojas se ennegrecían donde él pasaba, que los trabajadores murmuraban su nombre como si fuera mal augurio. Lo amarró al poste central al amanecer, después de una noche en la que el espejo de su despacho no reflejó su rostro, sino la sombra de algo más bajo y más ancho detrás de él.

Lo que nadie supo en ese momento fue que el duende no estaba prisionero.

Estaba reteniendo algo.

El Buró llegó tres días después, cuando los rumores ya habían comenzado a afectar la producción. No se presentaron como lo que eran. Nunca lo hacían. El inspector Julián Urdaneta bajó del tren en Cali y recorrió el último tramo a caballo, con una carpeta de cuero bajo el brazo y la certeza —aprendida con los años— de que la ignorancia humana producía más anomalías que cualquier criatura.

Encontró las sogas tensas.

Demasiado tensas.

Las fibras se deshilachaban desde adentro, como si algo las estuviera consumiendo sin romperlas. El duende alzó la mirada cuando lo vio entrar.

—¿Sigue aquí el hombre que me nombró mal?

Urdaneta no respondió de inmediato. Observó el suelo: pequeñas huellas se multiplicaban alrededor del poste, huellas que no correspondían exactamente a los pies atados. En la pared, la humedad formaba líneas que descendían como si el cuarto estuviera bajo el agua.

—¿Te ataron por lo que hiciste o por lo que pidieron? —preguntó el inspector.

La criatura inclinó la cabeza.

—Yo no doy cosechas. Yo sostengo memoria.

Esa noche, el administrador confesó, sin darse cuenta de que estaba confesando. Mostró la libreta donde había escrito una palabra tres veces. No sabía de dónde la había sacado; decía que la oyó en sueños, pronunciada por una voz pequeña desde el interior del espejo empañado. Había colocado sal gruesa en las esquinas del despacho, huesos de gallina bajo la cama, y repitió aquel nombre creyendo que así forzaría prosperidad.

Lo dijo mal.

Y al decirlo mal, abrió algo que no entendía.

En la hacienda comenzaron los sueños. Un río corría en dirección contraria. Los caballos sudaban sin motivo. Uno apareció muerto sin heridas visibles, como si hubiera decidido dejar de sostener su propio peso. Los trabajadores despertaban con tierra húmeda en las manos, aunque nadie había salido esa noche.

El duende no intentó escapar.

—No estoy preso —dijo al amanecer del cuarto día—. Estoy esperando que él entienda.

Cuando el Buró anuló el ritual —retirando la sal, rompiendo el espejo, quemando la página donde estaba escrita la palabra incompleta— las sogas cayeron por sí solas. No porque se rompieran, sino porque dejaron de necesitar sostener nada.

El administrador fue enviado lejos de la hacienda, oficialmente por “agotamiento nervioso”. La producción volvió a niveles normales. El río dejó de aparecer en los sueños.

El duende se sentó en el umbral del cuarto, libre, pero sin intención de marcharse.

—Yo estaba aquí antes del azúcar —dijo—. Antes de los caminos. Ustedes son los que pasan.

Urdaneta no discutió. Le ofreció algo que el Buró rara vez ofrecía: un lugar en sus márgenes.

No obediencia. No subordinación.

Colaboración.

La criatura aceptó con una condición:

—No vuelvan a decir mi nombre como si fuera suyo.

Desde entonces, en los archivos internos que no figuran en ninguna gaceta oficial, aparece una anotación discreta junto al caso de 1915:

Entidad Territorial Cooperativa. Memoria anterior a la República. Confianza parcial.

Años después, cuando otros ríos se torcieron y otras ciudades ardieron, alguien en Bogotá preguntaría cómo el Buró sabía lo que estaba por ocurrir.

La respuesta no figuraría en ningún informe.

Pero en algún lugar del Valle, entre cañaduzales y tierra húmeda, una figura pequeña seguiría escuchando el modo en que la tierra pronuncia los nombres.


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