Era la hora de almorzar, me había levantado muy temprano y ya sentía el vacío en mi estómago que reclamaba con ruidos cavernosos. Faltaba muy poco para terminar lo que estaba haciendo. Soy empleada en un comercio de venta de zapatos, me encargo de elegir nuevos modelos, de los pedidos a los mayoristas y del control de stock. Me gusta definirme como la que hace posible que la gente ande segura por la calle, que no tropiece, que no sienta dolor al caminar. De los muchos modelos de calzado, algunos son cómodos, otros son atractivos, muchas veces lo uno no se condice con lo otro. Mi tarea es afinar la mirada para pescar aquellos modelos que reúnan ambos requisitos. Eso me hace sentir muy orgullosa.
Terminé de encargar según el último catálogo de verano. Me calcé un par de mocasines de los que me habían enviado como muestra y que los dueños de la empresa me regalan con cada nueva colección. Se sentían cómodos, como un guante, se diría. Eran flexibles y hermosos a la vista. Nunca había tenido un par de zapatos que se amoldaran tan bien.
Salí rumbo al pequeño restaurante en el que suelo comer un sándwich de jamón y queso con un café. De camino al lugar, tropecé dos veces con lo que creo eran baldosas mal pegadas. Pensé que había sido una torpeza mía. Pero al tercer tropiezo comencé a dudar. Me detuve en la entrada del lugar y miré mis pies con detenimiento. Algunas personas se agolparon detrás de mí. Otras me miraban desde adentro con cara de “¿esta mujer no se da cuenta de que está obstruyendo el paso?”.
Yo seguía mirando mi calzado. Eran un par de modernos mocasines con taco bajo y una hebilla cuadrada que brillaba como oro. Alguien me tocó en el hombro y me pidió permiso para pasar. Una señora me miró con extrañeza. Un joven me señaló el reloj en señal de que, esperándome, se le hacía tarde.
Reaccioné y entré. Lo que debería haber sido una simple entrada a un lugar conocido se transformó en una carrera de obstáculos. Volví a trastabillar. Alguien midió mi torpeza con el gesto de su cara. Una chica que apuntaba su celular hacia mí, creó una historia en redes sociales (me enteré de eso unas horas después cuando una amiga me mandó un mensaje alertándome que ya era viral).
Al volver al trabajo, me encontré a mis compañeras cuchicheando, riéndose de la “torpe que tropieza y crea un embotellamiento”. Me sentí expuesta, humillada, mal juzgada y otras cosas más. Pero, sobre todo, comencé a echarle la culpa a los zapatos. Nunca había tenido tantos tropiezos, nunca se habían reído de mí en mi cara. Algo estaba pasando.
Al día siguiente, los cambié por otros. Ya no había baldosas sobresaliendo ni otras pruebas de acrobacia. Así y todo, anduve caminando sin despegar los ojos del piso, las baldosas me parecían sospechosas, las miradas se me hacían índices señalándome.
Al ingresar al restaurante para almorzar, lo comprobé nuevamente, hablaban sobre mí, me señalaban, era indudable. Pero saqué fuerzas y les devolví la gentileza con ojos desafiantes. Eso siguió pasando por varios días, diría, por semanas. No importaba que ya no tropezara. No importaba que mi equilibrio fuera el de la equilibrista del circo. Nada importaba. Siempre había alguien que mostraba a otro el videíto que filmaron aquel fatídico día en el que los zapatos se convirtieron en mis enemigos.
Cansada y aburrida, decidí cambiar de lugar. Pero parece que la gente que tiene un rato para el ocio prefiere los videítos graciosos a falta de ingenio para hacer sus propios chistes. ¿Dónde quedó el ingenio? ¿Dónde la anécdota? ¿Se perdieron, se esfumaron, se transformaron? ¿Qué era tan gracioso de ver a una persona tropezar?
Decidí hacer algo al respecto. Me filmé contando la historia de los mocasines que me hacían tropezar cada dos pasos. Hablé sobre la importancia de un buen calzado e incluso aproveché para hacer un poco de publicidad a la empresa donde trabajo.
Lo subí a varias redes sociales. Los “likes” no tardaron en llegar y tampoco los comentarios. Uno, en particular, atrajo mi atención. Decía: “Saludos a la vendedora que dio el mal paso” y ponía sus datos para que lo llamara. No me agradó la comparación ni la invitación descarada, pero agradecí el comentario con un ja, ja tan falso como mi tranquilidad.
Eso es algo para lo que hay que estar preparado cuando uno sube algo a las redes. Si no sabes reírte de vos mismo, ni lo intentes. La gente se potencia entre sí y el tono de los comentarios va subiendo hasta que llegas a arrepentirte de lo que hiciste. Es como si la historia original dejará de existir para convertirse en la historia que interpretan los demás y sigue creciendo como una bola de nieve imparable.
Llegué a casa y me quedé mirando mis mocasines nuevos. Les hablé como si fueran una mascota querida. Les dije: “¡miren que me hicieron pasar vergüenza!” Ellos no respondían. Se quedaron allí, como esperando que fuera yo la que cambiara. Al cabo de un buen rato en el que me sentí un meme congelado aflojé y les dije: “Está bien, tal vez un poco de torpeza venga bien a mi vida, es algo nuevo para mí, pero todo tiene un límite”.
Al día siguiente, me calcé los zapatos con un nuevo aire de heroína y salí a la calle decidida a afrontar mi nueva personalidad. Caminé varias cuadras y no tuve ningún inconveniente, pero al llegar al trabajo tropecé con los escalones de la entrada y aterricé en el hall de ingreso como lo haría un barrilete cuando cae en picada.
Escuché unas risas. Estuve a punto de enojarme. Tuve que esforzarme por no perder el control. Uno de mis zapatos había volado a un metro de distancia y me arrastré en cuatro patas para alcanzarlo. Juro que ese zapato me habló. Me dijo: “sos una tonta, reíte”.
Repasé en mi cabeza sus palabras. Pensé entonces que no tenía caso, que eso era una prueba para ver
qué tanto abrazaba mi nueva condición imperfecta. Me guiñó o tal vez fue la luz que parpadeó y pareció un guiño en el brillo de la hebilla. Comencé a reír por mis pensamientos, reí tanto que no tuve fuerzas para levantarme sola, entonces una mano se extendió hacia mí ofreciéndome ayuda. Levanté la mirada y sonreí, agradecida. Eran varios compañeros de trabajo, compañeros de esos con los que antes no cruzaba más que un buen día o buenas tardes.
Uno de ellos me dijo:
—¿Para qué caemos? Para aprender a levantarnos…
Le contesté:
—Te gusta Batman. La próxima me pongo la capa que se hace paracaídas.
Reímos todos.
Ese fue el comienzo de una hermosa amistad. Los mocasines de pronto dejaron de ser un problema. Ahora simplemente acepté que no todas las veredas están parejas y que los zapatos perfectos no existen. Pero, por supuesto, en los videos de promoción nunca vamos a decir eso.
@Mirna E. Gennaro
@Pintura tomada de Pinterest
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