martes, junio 2 2026

PIRULO by David Santaolalla

No sabíamos cómo se llamaba porque siempre fue “Pirulo”. Tampoco tengo idea de dónde procedía semejante mote (ni ganas de saberlo). Simplemente era uno más de la pandilla. Un poco payaso, pues siempre estaba de guasa. Y todos, de una u otra forma, nos burlábamos de él. De su físico, era pequeño y esmirriado. De su inocencia, se creía todo lo que le dijéramos, por absurdo o inverosímil que fuera. Por eso nos pasábamos el tiempo haciéndole novatadas y bromas. Bromas pesadas y a veces crueles. Pero él siempre respondía con una sonrisa o partiéndose de risa con nosotros. Era como un perrillo fiel y siempre dispuesto a ser el blanco de nuestras maldades. Ninguno de nosotros sabía qué tal le iban los estudios, si sacaba buenas o malas notas, o si repetía curso. De hecho, yo no recuerdo ni en qué facultad estaba matriculado.

Aquella época de estudiantes de universidad, adolescentes salvajes viviendo fuera de casa, fue una etapa agridulce. Aquella pandilla se fue diluyendo a medida que algunos acababan la carrera, otros abandonaban los estudios y, quien más quien menos, se buscaba un trabajo y se emancipaba. Cada uno se volvía a su pueblo o su ciudad, se casaba, se hipotecaba, se labraba su futuro como podía. Algunos seguimos algunos años más manteniendo el contacto. Una postal por navidad, un mensaje de cumpleaños: “a ver si este año nos juntamos por fin”. Pero nunca volvimos a juntarnos.

No puedo quejarme de mi trayectoria. Al final, mal que bien, acabé la carrera. Entré a trabajar en una empresa local, pequeña pero solvente. Y poco a poco fui adquiriendo experiencia y responsabilidades. Veinte años más tarde tengo familia, dos hijos y un puesto de cierta responsabilidad. Este año el jefe me ha pedido que le acompañe al congreso anual de empresas del sector. Debo tomármelo como un premio, una semana en la gran ciudad codeándome con los profesionales más competitivos del país. Y con los gastos pagados: comidas en restaurantes y habitación en hotel de muchas estrellas.

El primer día me sentía extraño, con un traje que me estaba un poco grande y una corbata incómoda. Saludando a unos y a otros, escoltando a mi jefe. Tratando de imitar sus movimientos, sus ademanes y sus chascarrillos. El segundo día, tras la resaca de las copas de la noche anterior, ya me movía por los “stands” de la Expo como Pedro por su casa. El tercer día fue el impacto.

“Juan Carlos”, me dijo alargando la mano para que se la estrechara. “Me llamo Juan Carlos, que seguro que no te acordabas”. Me pilló desprevenido, aquel no era el Pirulo que yo recordaba. Más alto, más fuerte, con un traje que le sentaba como un guante y una corbata con nudo de presentador de telediario. Aquel no era, pero sí era el mismo.

“Caramba, pero si resulta que conoces al señor Presidente del consorcio” atacó mi jefe desde la retaguardia. “No sabía que tuvieras contactos a tan alto nivel”. En ese momento, rodeado por ambos flancos, no supe qué hacer. Afortunadamente Piru… quiero decir Juan Carlos vino en mi socorro, poniendo una mano afectuosa sobre mi hombro. “Somos viejos amigos de la universidad. De la pandilla de cafres del campus. Ja, ja, ja” espetó mientras me guiñaba un ojo cómplice. Intercambió un par de frases protocolarias con mi jefe y se despidió de él con un abrazo. A mi me dio una condescendiente palmadita en el brazo y me dijo que se alegraba mucho de verme.

El resto de la semana me lo pasé esperando encontrarme con Pirulo por los pasillos de la Expo, en los corrillos cerveceros del bar, o en los restaurantes de comida rápida. Un par de veces me pareció verlo de lejos, rodeado de ejecutivos y azafatas de congresos. Me hubiera gustado preguntarle por su vida, su familia, si recordaba nuestras novatadas, si seguía en contacto con alguno de aquellos “cafres”, si había perdonado mis afrentas y burlas o si todavía me guardaba rencor. Supongo que su sueldo de muchos ceros, su Rolex de oro y su cochazo (fuera cual fuera la marca) le proporcionaban una armadura de olvido.

Sí, lo mío sin duda es envidia, envidia cochina, de la peor. Me olvidé de tu nombre, pero no de tu mote. Eres y seguirás siendo un puñetero Pirulo.


Descubre más desde Masticadores

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo