En la mesa te miro sin que te des cuenta. Esa forma animal, salvaje diría yo, de coger el gran trozo de carne, de llevarlo a tu boca y morderlo ávidamente y seguir el cauce del reguero sanguinolento que resbala por tu barbilla. Esa forma obscena de chuparte los dedos. No conoces la palabra mesura y te transformas en una metáfora de la más excitante gula.
En la mesa te miro sin que te des cuenta. Esa languidez a la hora de sujetar los cubiertos, como si tuvieran un peso excesivo para tus delicadas manos. Pinchas un trozo de lechuga del bol de la sempiterna ensalada y lo masticas con fruición, como si ese insípido pedazo verde sin aliño fuera a devolverte el sabor de la vida.
Te miro, lleno de nostalgia de la carnívora.
Te miro, hastiado, cansado, aburrido de la vegana.
Pero el tiempo, ni retrocede ni se detiene…
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