Llamadme X. Quería cubrir mis ojos con unas gafas muy oscuras después del crimen perfecto. El tendero atendió mi solicitud con ese desdén que preludia cada venta, parece que duela desprenderse de las cosas más pequeñas. Con estas nadie le conocería, agregó con voz untosa. Un momento y noté que eran las mismas que él llevaba. Sin emoción alguna, casi sin discernimiento, me puse el modelo, que se ajustaba con extraña precisión a mis facciones. En vano busqué un espejo en la sucia tienducha, que estaba muy lejos de ser una óptica. Entregué un billete grande y me dieron el abundante vuelto, con un saludo inaudito.
Caminé hasta que las calles, desconocidas y vagas, me llevaron al único hotel. Lentamente me desvestí, en la absurda ilusión de haber sido el asesino de ese crimen perfecto. En el ciego espejuelo solo mis gafas, muy oscuras, se reflejaron.
(c) félix molina, Relatos falaces

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