domingo, junio 14 2026

Erica, un cuento raro por Brunhilde Román Ibáñez

“Erica la rica”. Así la llamaban, por lo menos a la cara. A la espalda le decían otras cosas como Erika la gorda, Erica la orca o Erica la listilla. Hija única del propietario del hotel Fitzgerald, Erica conocía de sobra las amarguras y los -menos- gozos de su condición de futura millonaria, demasiado fea para ser adulada y demasiado inteligente para ser despreciada. En el internado suizo donde había pasado los últimos años de la secundaria, las mayoría de las chicas la distinguían con una fría distancia. Por lo menos allí no era “la rica”, puesto que todas las alumnas eran hijas de diplomáticos, grandes industriales o financieros. En parte por eso la habían sacado del anterior y muy exclusivo instituto, en el que las chicas se dividían en grupos cerrados entre las más o menos adineradas, y ella se había quedado sola, subida en lo alto de su fortuna.

Su padre había pensado que sería una buena idea que tuviese un entorno más cosmopolita.

  • En Suiza te hará falta ropa nueva. Quizá sería bueno que comprases algo más estiloso. Su madrastra arrugaba la delicada naricilla al tiempo que posaba su estudiada expresión de desagrado sobre las anchas e informes prendas de su hijastra.

Su vida había sido como la de las heroínas de los cuentos: padre hermoso como el dios Apolo, despreocupado y millonario; joven viudo conoce a mujer hermosa de dorados cabellos y ojos como
cuchillas que detesta a la niña. Era en todo como en las historias maravillosas excepto por el hecho
de que en las historias maravillosas la protagonista es delgada, agil cual junco y no lleva gafas.

  • Lo único que te salva de ser una paria social es tu dinero. No lo dice con palabras pero hay veneno, un maravilloso beleño que se pudre suavemente en su sonrisa. Esta es la prima Mayka. Hortera y auto-proclamada influencer sin nada que decir excepto “soy demasiado guapa para trabajar”.

Luego estaba el jardín. Lejos de la escuela y de su madrastra. Cuando volvía de Ginebra durante las
vacaciones de verano esperaba que todo el mundo estuviese dormido para sumirse en la noche
perfecta. La tierra húmeda aguardaba sus pies desnudos, la noche era un manantial transparente que
la liberaba del cansancio del día y la emborrachaba de heliotropos y madreselvas. Allí podía ser simplemente una criatura salvaje y danzar amanecida en el rocío y la luz que se perfilaba entre las
copas de los árboles.

Erica era una chica gafuda con sobrepeso, pero también era una danza. Y era pintura. Su ilusión era entrar en la universidad y estudiar historia del arte, una decisión que nadie de su familia había entendido. ¿Eso para qué sirve? Te vas a morir de hambre, vaticinaba su madrastra con voz de sibila de los arcanos templos de Louis Vuitton.

  • ¿Y quién va a hacerse cargo de los negocios y las inversiones?

  • Papá, tú siempre dices que la clave es rodearse de gente competente y pagarlos bien. Yo haré lo
    mismo que tú: ir a los hoteles, echar un ojo a las cuentas, hablar con los gestores y divertirme el resto del tiempo.

  • Tú no sabes divertirte. Esta era la prima Mayka, adicta al Moët & Chandon desde la tierna edad de doce años y a fumar desde los trece. También pariente pobre de Erica, según su propia definición.

La madre de Erica había estudiado bellas artes y pintaba. Aunque en casa nunca se hablaba de ella, cuando era pequeña, había entrado en el cuarto de su padre (su madrastra todavía no vivía con ellos) y abierto todos los cajones. En uno de ellos había álbumes de fotos. En muchas aparecía su madre, una mujer de dulce pelo castaño que abrazaba a una niñita y sonreía radiante. En otras los tres juntos posaban junto a una gran casa blanca en lo que parecía ser un verano infinito al fondo: plantas exuberantes, árboles frutales y un sol magnífico, imposible, que no tenía nada que ver con la  sequedad de Madrid en agosto. En otras fotos la madre pintaba cuadros, obras extrañas y oníricas
con flores gigantescas y sangrantes. Quizá su pintura había premonizado el accidente.

A ella también le gustaba el arte. Había tenido cajas de acuarelas, ceras, carboncillos, témperas y pastel. Unos meses después de la muerte de su madre, había sacado todo su material, extendido el papel sobre el suelo y se había puesto a pintar con sus témperas. El padre había aparecido entonces, había agarrado el papel con las manos crispadas y lo había roto en pedazos. – ¡No quiero volver a ver esto, nunca más!! Vociferó. Se le marcaba una vena en la frente y temblaba.

Luego la voz se le había ahogado y había salido a grandes zancadas con todo lo que le cabía en las manos: pinceles, botes de colores y cajas de ceras. Erica le miraba sin reconocer ese rostro
deformado. Después de aquello su padre siguió siendo guapo, pero de otra manera. Ella no volvió a
pintar.

  • Estamos en julio, no empiezas la universidad hasta octubre, ¿qué planes tienes? Esta era Mayka, que siempre tenía algún plan. Se estaba limando las uñas, poniendo caras ante el espejo y haciéndose selfies. Soy multitasking, decía, puedo hacer varias cosas a la vez.

“Mi plan es mandarte a tomar vientos la próxima vez que aparezcas, ya tengo bastante con la pija
loca de mi madrastra”.

  • No tengo ningún plan, la verdad.

  • Pues había pensado proponerte uno. Es una fiesta privada en el chalet de unos amigos. Van
    artistas. Este sábado por la tarde.

“Ya, artistas y gilipollas. De esos que exponen porque tienen algún padrino rico”.

  • No gracias, el sábado había pensado quedarme en casa limándome las uñas.

Arrugando la frente su prima la miró las uñas, ausentes de cualquier sospecha de incursión en el
mundo de la manicura.

  • Va uno que te encanta, uno con voz profunda y aire misterioso; fuiste a su exposición cuando la
    inauguró en el Fitzgerald, en la sala Kandinsky.

  • ¿En serio conoces a Alejandro Villari?

  • Yo no, pero ya te digo que mis amigos se relacionan con artistas.

Alejandro Villari, el hombre que pintaba sueños. Lo amaba en silencio desde aquel día en la sala
Kandinsky. Sus cuadros eran mundos dentro de otros mundos, el primer día del primer ser humano,
el primer aliento de dios, el azul sobre el movimiento de flores abriéndose lentamente. Casi podías
oler su perfume. La flor es el aliento de dios, decía Villari, que veía sus cuadros en sueños y luego
los pintaba. Como el Kubla Khan de Coleridge, que entró en un sueño y luego lo olvidó, pero con
pinceles en lugar de palabras.

Es sábado, Erica ha cogido el metro y luego un autobús y después todavía ha tenido que caminar un largo trecho hasta el chalet donde la fiesta ya está in full swing, como dice su padre, que es como uno de esos señores glamurosos que aparecen en los cuadros de Tamara de Lempicka.

Mayka se había ofrecido a llevarla en coche con uno de sus amigos Borja Mari de la Concepción pero
Erica había puesto alguna excusa para no ir con ellos. Ha decidido también prescindir del chófer.

Quiere salir del estuche de terciopelos en que su padre y su madrastra la han encerrado.

Y allí estaba. Había atravesado el jardin de espléndidas hortensias con el corazón aleteante y la
respiración entrecortada. ¿Sería capaz de hablar con Alejandro? ¿Qué le iba a decir? Entró en el
grandioso salón principal que ya estaba atestado de gente pero no había ni rastro del pintor. Entre la
multitud entrevió el vestido rojo de su prima rodeado de chicos con trajes de diseño y se escabulló
rápidamente para no ser vista. Recorrió los amplios salones, subió y bajó escaleras faraónicas,
atisbó entre las hojas de diversos ficus repartidos aquí y allá y las lámparas doradas la observaron
deslizarse entre luces y sombras proyectadas por candelabros. Finalmente decidió preguntar a al
hombre vestido de pajarita que había tomado su invitación.

  • ¿Alejandro Villari? No está en la lista de invitados, me temo.

  • Será un error. Mi prima me dijo que estaría aquí esta noche.

  • Lo siento pero le aseguro que ese nombre no figura en la lista. Quizá su prima se haya equivocado
    o se trate de alguna broma.

Erica se desploma en una silla (Dior by Starck). Así que todo esto ha sido una gracia de Mayka. Solloza, se quita las gafas empañadas. Medio cegada por las lágrimas cruza un pasillo buscando un lugar dónde esconderse a llorar tranquilamente. Abre una puerta que da a una sala de techos altos y frescos con querubines de amplios carrillos. La luz tamizada de dos o tres lámparas deja ver entre las sombras armarios repletos del libros, un arpa, alfombras persas, máscaras y pesados cortinajes de terciopelo rojo. Debe de ser la biblioteca. Avanza y repentinamente se da cuenta de que no está sóla. Al fondo de la estancia una sombra se mueve. Limpia las gafas y se acerca despacio aún sollozando. A la tenue luz de una lamparita distingue la silueta de una mujer mayor sentada junto a una mesita.

-Perdone, pensé que no había nadie.

Continuara…

Brunhilde Román Ibáñez

@Imagen Pinterest


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