Las Hoces de Vegacervera les daban la bienvenida a un nuevo viernes de escalada.
Aquellas paredes, que parecían alicatadas hasta el techo, donde el cielo se fundía con la roca, les esperaban para comenzar la vía lo que ha de venir.
Tras dejar el coche en una zona segura en aquel castillo de naipes, se acercaron al sector Calorros para comenzar una nueva actividad, de un principio de fin de semana cualquiera. El reloj marcaba las 15:45 horas. Buena hora para comenzar 140 metros de pura diversión.
El verano les había tratado bien, estaban fuertes, duros como aquella roca, imparables ante cualquier reto.
Treparon hasta el inicio de la vía, una zona sin mayor dificultad pero con piedras sueltas. Aquellas canicas de la montaña que podían darte un buen susto en las bajadas de senderismo, allí hacían un triaje de quién estaba preparado para seguir y quién no. La montaña te habla, solo has de escucharla.
Carlos fue el primero en escalar. Se colocó el arnés, los friends y empotradores, preparó las cuerdas junto a Rubén, quien estaba aún bajo los efectos de la siesta del coche, se quitó sus deportivas y calzó sus pies de gato. Ajustó la mochila a su espalda y, centrándose en lo que tenía que hacer, comenzó a subir aquel largo sin mayor dificultad.
La escalada iba fluyendo sin mayor problema, hasta que un friend se quedó demasiado encajado en la roca. Rubén intentaba por todos los medios sacarlo de aquella fisura criminal sin éxito. Las energías se le iban consumiendo, mientras aquel metal azulado, ni se inmutaba por su presencia.
Carlos sabía qué paso era. Le había costado llegar tras una placa infernal donde volar implicaba un grave problema, y cuando vio aquella fisura, incrustó aquel friend como su único salvoconducto entre vivir o morir.
La maraña de cuerdas que tenía a su alrededor en la reunión le impedían asomarse demasiado para intentar ver a su amigo, que lo estaba pasando mal, mientras el atardecer comenzaba a saludarlos entre aquel paisaje tan conocido. Le daba ánimos y consejos desde, tan solo, unos diez metros de distancia.
—Déjalo, ya lo recogeremos otro día, que no llegamos sino a la verbena y estas nos matan— dijo Carlos, separándose de la pared más de lo que debiera para que su voz llegara mejor a su compañero.
Entonces, la reunión se resintió, soltándose de uno de los anclajes artificiales que había puesto.
El corazón se le congeló. Sintió el vacío bajo sus pies y como se alejaba de su mochila que había colocado anclada por un mosquetón a la cinta triangulada de la reunión que acababa de fallar.
En ese mismo momento, Rubén se hacía por fin con aquel pesado metal, como si la pared se lo hubiera devuelto al sentirse liberada de un peso extra.
Levantó el aparato para darle la noticia a Carlos, pero su voz quedó silenciada, mientras su vista recorría aquel bulto que se precipitaba al vacío.
Los dos aguantaban la respiración. Los dos sentían que su cuerpo había quedado petrificado. Los dos se miraron, pálidos, sin decir nada.
Rubén llego a la reunión, se ancló y miró a su compañero de cordada, a su amigo de aventuras.
—Dime que esa pelota negra y amarilla que ha caído no era tu mochila.
—Tío, ahora sí que nos van a matar, a ver como explicamos que tienen que venir a traernos las llaves del coche porque se han ido volando.
—Volando o nadando, ¡que lo mismo ha llegado al rio! —añadió Rubén riéndose y contagiando a Carlos.
Se cambiaron los pies de gato por las zapatillas, se colocaron la frontal en sus cascos y comenzaron a descender aquellos cuatro largos, bajo la atenta mirada de las estrellas que habían aparecido para acompañar, como cada viernes, a los dos montañeros en su vuelta a casa.
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