Dicen que la amistad está idealizada, que se habla demasiado de ella y que se ha convertido en un tema repetido. Puede ser. Pero hay verdades que merecen ser dichas una y otra vez, porque sostienen la vida.
La amistad no necesita grandes gestos. A veces basta una llamada inesperada, un café compartido, un silencio que no incomoda o una mano que se posa sobre la nuestra cuando las palabras ya no alcanzan. Un amigo de verdad no siempre resuelve nuestros problemas, pero hace que el peso sea más llevadero.
Con los años he comprendido que los amigos son la familia que el tiempo nos permite elegir. Algunos llegan para quedarse; otros solo recorren un tramo del camino. Todos dejan algo de sí en nosotros.
En una época en la que abundan los contactos y escasean los encuentros, la amistad sigue siendo un refugio. No exige perfección, solo lealtad. No pide explicaciones constantes, solo presencia cuando más falta hace.
Si hoy tuviera que hacer un elogio a la amistad, no hablaría de ideales ni de frases bonitas. Hablaría de nombres propios. De quienes han permanecido cuando la vida se volvió cuesta arriba. De quienes celebraron mis alegrías sin envidia y acompañaron mis lágrimas sin prisa.
Porque, al final, la amistad no es un tema manido. Es uno de los regalos más discretos y más valiosos que podemos recibir. Y para mí, ha sido, sencillamente, fundamental.
Albacete, 16 de julio de 2026
María de los Ángeles Díaz-Marta ha sido librera y escribe (madiazmarta@gmail.com)
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