Aun lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Tenía 13 años y odiaba enfrentarme a un pedazo de papel lleno de letras. Mi dislexia no era profunda, pero impedía que alcanzara a comprender un texto con facilidad y dificultaba enormemente el leer de forma fluida, especialmente en voz alta. Los números eran lo mío. La facilidad con la que aprendía matemáticas −una disciplina más compleja para el resto de mis compañeras− ayudaba a que no me sintiera tan extraña, pero al mismo tiempo sabía que era completamente diferente al resto.
Tenía miedo, mucho miedo de que descubrieran mis compañeras o maestros mi problema; que se dieran cuenta me atormentaba. No podía leer, algo tan común para la mayoría, para mí era muy difícil. Así cuando un maestro dejaba una lectura no importaba la cantidad de tiempo que tuviera que invertir, la realizaba completamente. Era curioso escuchar como la mayoría de mis compañeras no habían leído los libros o pedían a alguien que les contara de lo que trataba el libro. A mí me tocaba leerlo todo, porque tendría que enfrentarme a las letras en el examen y para entender la pregunta debía saber de que trataba el texto. Así que el miedo hacía que leyera y leyera y leyera. No por gusto, ni por placer, sino por necesidad, por sobrevivir a un mundo que no estaba preparado para una niña con una discapacidad como la mía.
Mamá por su parte, tenía otras preocupaciones. Mi hermano andaba en plena adolescencia con varios problemas de conducta. La veía llorar casi cada noche ¿quién era yo para darle una preocupación más? Además, qué le diría: que no podía hacer lo que todos los niños pueden hacer. En realidad, ella sabía que algo andaba mal desde mucho antes. Recuerdo haber pasado mis vacaciones de verano antes de entrar a primero de primaria yendo cada día a la casa de mi maestra de preprimaria a que me enseñara a leer. Todos los días la misma cansada y agobiante rutina, pero no me dijo nunca nada. No quería que me sintiera diferente a los demás niños, pero lo que no sabía es que su silencio hacía mas grande mi dolor, me sentía más sola.
En secundaria, un día mi maestro de español hablo conmigo. Me dijo que se había dado cuenta: tenía dislexia. Como un déjà vu recordé haber oído alguna vez a mamá decir esa palabra. Entonces me sugirió que pusiera todas mis energías en los números, en convertirme en la mejor física o matemática del planeta, en emplear los grandes talentos que Dios me había dado. Pero era adolescente y no hay nada peor que decirle a un adolescente lo que tiene que hacer, especialmente cuando la joven no puede rebelarse ante la autoridad, porque no quiere dar problemas. Así que ese día lo decidí: estudiaría lo que fuera menos una carrera de números.
Así, empecé a leer por gusto. Por el gusto de hacer lo que no podía hacer, por hacer lo que no debía hacer. Empecé con los libros de psicología de la biblioteca de mi tío, seguí con los libros de filosofía de mi hermano, continue con las biografías de santos que comencé a comprar en la librería de la parroquia. Poco a poco libro tras libro. Llegue a la universidad. Estudie derecho. Seguí leyendo sobre justicia y filosofía y en mis ratos libres sobre psicología y literatura. Me convertí en maestra y seguí leyendo y leyendo, pero entonces tuve que hacerlo en voz alta, leyendo y leyendo por miedo a que alguien descubriera mi secreto.
Un día un alumno me confesó que tenía dislexia y por eso siempre salía al baño cuando le tocaba leer. Acordé con él que le avisaría antes el artículo que le tocaría leer y que sería breve para que sin dejar de realizar la actividad al igual que sus compañeros fuera poco a poco perdiendo el miedo. Ese día dejé de leer por miedo o por rebeldía y comencé a leer por amor. Ahora leo a los clásicos para saborearlos. Leo suspenso para abrir mi mente a lo inesperado. Leo novelas sobre formas de querer o de enseñar. Leo libros de espiritualidad. Leo libros de filosofía. Leo historia para entender el presente y añorar un mejor futuro. Leo columnas de mis amigos para conocerlos mejor. Leo casi cualquier cosa, no soy una lectora demasiado exigente, porque para mi poder leer es un gran don, es un regalo complejo al que me enfrento cada día.
La dislexia no se quita sin importar que seas abogada, maestra o el número de libros que hayas leído en tu vida. Aprendes a vivir con ella, aprendes a leer con ella. Aprendes a interpretar y a usarla a tu favor para crear con la memoria y la imaginación un mundo paralelo. Aprendes a desafiar las probabilidades. Aprendes a enfrentarte al status quo y ser una rebelde. Aprendes a soñar con convertirte en escritora. Aprendes a amar las letras como forma de darte a los demás y de recibir el cariño de los otros, aunque hayan vivido hace millones de años o te escriban por WhatsApp.
Dicen que los cuarenta son la nueva adolescencia. Así que ahora de nuevo leo por miedo, por miedo a morir sin haber conocido todo lo que pude conocer. Por miedo a vivir cegada por la miopía de mi pobre intelecto, cuando hay tanto por descubrir. Por miedo a dejar de sentirme en la piel de un personaje. Por miedo a no encontrar las palabras adecuadas que alguien seguramente ha dicho antes. De nuevo soy rebelde. Me rebelo a dedicar mi vida a lo útil. Me rebelo a que solo aquello que produce dinero sea lo que domine mis acciones. Me rebelo a morir sin haber saboreado por quincuagésima vez El Principito y dejar de domesticar a zorros y dejarme domesticar por rosas. Me rebelo ante la Futurofobia que solo es una palabra. Me rebelo con El vuelo de la cometa para que una niña aprenda a leer y escribir. Me rebelo a leer diez minutos cada día la Biblia y algún libro que me acerque más a Dios. Me rebelo a ser una amante de las letras a pesar de ser disléxica. Me rebelo a todo lo que hace pensar y soñar que este planeta azul es el mejor lugar para amar.
Ciudad de México
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
+ There are no comments
Add yours