Una potencia del alma: La memoria de Jesús Marchante Collado

 

No soy ni aristotélico, ni escolástico; sin embargo, me gusta la definición que hace de la memoria la escolástica de raíz aristotélica. Es decir, la memoria sería una potencia que puede pasar a ser acto cuando se produce una rememoración, con lo que la potencia se actualiza. Pero más allá de este rollo académico que me acabo de marcar (yo que soy un irreductible autodidacta), pasemos ya a relatar lo que realmente me interesa.

Estos días del inicio del mes de abril (después de más de un mes de lluvia ininterrumpida, con cielos oscuros y grisáceos), están resultando la antesala del próximo verano que, seguramente, con toda esa lluvia, apretará de lo lindo: como si en años anteriores (con ausencia de lluvias importantes) no hubiéramos ya atravesado la frontera de los cuarenta grados. La temperatura benigna que reina en Madrid hace que mucha gente se desparrame (literalmente) por el césped de los innumerables rincones que ofrece el espléndido parque del Jardín del Buen Retiro.

En una de esas tardes, antes de dar con mis huesos en mi segunda casa: la biblioteca del Círculo de Bellas Artes, deambulo por ese parque algo pensativo. Los pensamientos que pueblan mi mente están amenazados por numerosos fantasmas. Tengo la sensación de poder llegar a creerme que soy el personaje del famosísimo aguafuerte de Francisco de Goya, para su serie de Los Caprichos: El sueño de la razón produce monstruos. ¿Pero por qué puede estar pasándome eso?, se preguntará con intriga el lector o la lectora. Pues todo bastante simple: las emociones y los sentimientos amorosos. Me he definido hace ya mucho tiempo como un romántico empedernido y, tal vez, algo desaforado. Claro, eso tiene consecuencias algo perniciosas: esto es, que la razón queda nublada por el torrente de las emociones. Y a pesar de que Blaise Pascal dijera aquello de que: “El corazón tiene razones que la razón no entiende”, tiendo a pensar que la razón debe entender siempre qué demonios sucede con las emociones. De otro modo, la razón es pasto (no de las llamas), sino de los más diversos “monstruos”.

Pero volvamos a ese vagar por el parque, porque en un determinado momento (vaya usted a saber por qué), me toma por sorpresa un recuerdo insospechado que hace que mi caminar se detenga. La rememoración hace que mi alma regrese a una primavera muy lejana: aquella de 1976. Y a una situación que viví (durante todo el tiempo que duró) con enorme extrañeza, aunque fuese una situación común a todos los jóvenes varones de aquel período: El servicio militar obligatorio.

De repente, como estaba comenzando a describir, mi mente viaja hasta aquel cuartel surrealista, en la ciudad de Zaragoza, donde había dado con mis huesos después del oportuno (y también obligatorio) período de instrucción militar. Sin embargo, no es el C.I.R. (Centro de Instrucción de Reclutas), situado a unos ocho kilómetros de la ciudad aragonesa, el que puebla de imágenes mi cabeza. Lo hace aquel rarísimo cuartel de caballos adonde el azar (el principio de causalidad múltiple espinosiano), y la ley de atracción universal, me llevaron sin que nada, ni nadie, pudiese evitarlo.

Acuden en ese momento, ¡qué extraño, queridos lectores y lectoras!, los nombres de algunos compañeros soldados que también transitaban aquella vieja institución militar, y, por supuesto, los nombres de algunos de los caballos que allí permanecían al cuidado de los reclutas que se iban turnando en las distintas oleadas de los llamados “reemplazos”: Capell, Roca, Ezcurra, Megino, Mocholi Pons (tres catalanes y dos vascos), y otros muchos cuyas voces vuelvo a oír, pero cuyos nombres no aparecen en mi cabeza. Alguno de estos soldados (tal vez, Ezcurra), jugando a doble espía dentro del acuartelamiento. Los nombres de algunos caballos – como acabo de decir – afloran en el recuerdo: Regulier, Titán, Fuscus (curiosamente, tres de los más pesados: en torno a los mil kilos, y también, curiosamente, tres de los más “peligrosos”).

Puedo escuchar dentro de mi cerebro las voces de todos; también las de los mandos fascistas (prácticamente todos lo eran: el “Generalisimo” había muerto como una piltrafa desollada en la cama de un hospital, en noviembre del año anterior) que regentaban – o dirigían – ese cuartel.

Mientras todas esas imágenes acuden a mi mente, tengo la sensación de ser el personaje de “Maximus”, que interpreta Russell Crowe, en el magnífico film, Gladiator, de uno de los grandes directores de la historia del cine: Ridley Scott. Me acuerdo en este preciso instante cuando “Maximus” (malherido), extiende, con los ojos cerrados, su mano para tocar una puerta, situada en medio de un muro de piedra, flanqueado por la hierba ya crecida, y tratar de abrirla. Yo casi estoy haciendo ese mismo gesto. Cierro los ojos, y veo a Capell (rubio, con gafas metálicas doradas, cuya voz profunda me impresionaba) que me saluda en esa especie de patio donde estaban situadas las letrinas, al que se llegaba tras atravesar la enorme cuadra donde estaban alojados los casi cincuenta caballos percherones, tras dejar atrás un estrecho pasillo de adoquines. Llegar hasta ese patio algo oscuro, porque el sol no llegaba nunca a acariciarlo con sus potentes rayos, era como abrir esa puerta que trataba de empujar con su mano “Maximus”, en la película Gladiator. Era como haberse introducido por el agujero mágico de Alicia, y salir a un espacio liberado y tranquilo. Era, incluso, como en la escena final de otro de los grandes filmes de Ridley Scott: Blade Runner, cuando Rick Deckard (Harrison Ford) y la ¿Replicante? Rachael (Sean Young), escapan de la ciudad de los Ángeles, en 2019, cuya predicción futurista no se ha cumplido, y aparecen en un coche en una soleada y magnífica campiña. Digo en ese final impuesto por la Warner Bros Picture (que es el que durante tantos años hemos visto todos, hasta que no se volvió a introducir el final ideado por el director: cuando se congela la imagen de los dos que huyen, al entrar en un ascensor). Todo eso acude a mi cabeza, mientras visualizo aquel tranquilo patio alejado del mundanal ruido.

También me sorprende que en mi rememoración vuelvan a sonar en mi mente algunas de las músicas que yo había grabado previamente (antes de despedirme del mundo y ser recluido, primero en el CIR, y después en el cuartel de caballos) en unas cintas para mi radio cassette, que portaba conmigo como tabla de salvación; amén de algunos pocos libros (incluso prohibidos en aquella época, que yo tenía escondidos entre mi ropa, y algún pequeño cuaderno de dibujo donde pude realizar algunos apuntes a base de rotuladores de colores). Esas músicas eran las de: Carole King, Donovan, Gilbert O’Sullivan, Pink Floyd, The Beatles, y bastante música de Jazz. También algún que otro corte de música clásica, de la que (a pesar de amar de manera muy entusiasta) creo recordar que no grabé gran cosa.

También reaparece la sala de lectura (a modo de biblioteca) donde solía refugiarme, siempre que podía, en aquellas largas noches, para repasar la prensa que llegaba al cuartel y poder escuchar (obviamente con cascos, para no ser descubierto) “Radio France Internationale”, cuya voz femenina, particularmente dulce, trataba de dar noticias fehacientes de lo que acontecía realmente en España, más allá de lo que daban los telediarios de la televisión española (que era la única existente en aquel entonces) y el resto de las emisoras de radio, muy mediatizadas por las autoridades gubernativas.

Todo eso acontece mientras mis ojos miran (sin ver) el estanque del Retiro, repleto de barcas, llenas de gente alborozada, que atraviesan su perímetro de aguas verdosas.

Sigo sin comprender cómo diantres llegan hasta mi cabeza (precisamente esta tarde de cálida primavera) aquellas imágenes, aquellas voces, aquel acuartelamiento, de aquel más que lejano 1976.

Me sigo preguntando si la incertidumbre y la intranquilidad que me están produciendo esos pensamientos a los que aludía al comienzo, son los causantes de esta extraña rememoración. No obstante, lo que más perplejidad me produce es el hecho de que justamente acudan a mi mente aquellas vivencias – no deseadas – en aquel extraño acuartelamiento. Podrían haber emergido, desde la oscuridad del tiempo ya pasado, tantísimas otras imágenes. Sin embargo, por alguna extraña razón que no acabo de comprender, se cuelan dentro de mi cabeza los flashes de aquel tiempo que yo titulé en un cuaderno sobre el que realicé diversos dibujos: “Excluido temporal”. Tal vez, bastaría pronunciar una frase que suele repetir una persona muy especial que estoy conociendo, cuando dice: “La vida”.

 

 

 

La imagen que ilustra el texto es un bellísimo lienzo pintado por el artista holandés: Vincent Van Gogh. En el atardecer, iluminado por una luna ya en fase decreciente, una pareja camina en medio de una naturaleza extraña y exuberante que se les impone.  El cielo verde y anaranjado, producido por los últimos rayos de un sol que no vemos, ilumina la escena. Los enamorados caminan cogidos del brazo. Ella levanta su brazo derecho hacia el cielo expresando con intensidad lo que le va diciendo a su acompañante. Siempre he pensado que el artista trata de rememorar esa vida “plena y verdadera” (la del amor en pareja) en la que creía, aunque la propia vida se la negara: memoria de un alma atormentada como era la suya.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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