sábado, agosto 29 2026

Encrucijada por Vanesa Zamora Acosta

Tana corría como si no existiera un mañana, buscando a Mert, su inseparable amigo y compañero de armas. Cada músculo de su cuerpo vibraba con la urgencia de la amenaza que se escondía más allá de los árboles. Su corazón, agitado como un tambor de guerra, latía al ritmo de los extraños gemidos y voces graves que se mezclaban con la tranquilidad aparente del bosque y el cantar de los pájaros.

Tana era un fauno, famoso por su perspicacia y su capacidad para moverse entre las sombras sin ser visto. Había estado escuchando desde hacía horas aquellos sonidos inquietantes al otro lado de la frontera de su territorio. No era la primera vez que algo perturbaba la paz del bosque, pero esta vez el escalofrío que recorría su espalda le decía que estaba ante algo diferente. Algo más… oscuro.

De repente, entre la bruma matinal, apareció una silfide. Sus alas, de un azul eléctrico que vibraba como relámpagos contenidos, batían con nerviosismo. Sus ojos, grandes y transparentes como gotas de rocío, estaban cargados de miedo y urgencia. Se acercó a Tana casi sin tocar el suelo y le susurró con voz quebrada, como el viento que se cuela entre las ramas:

—Tana… Mert ha cruzado la encrucijada. Y no lo ha hecho solo…

Antes de que pudiera preguntar más, un rugido atronador retumbó entre los troncos centenarios. De las sombras emergió un centauro negro como la noche, con ojos de fuego y cicatrices que narraban batallas antiguas. Su voz fue un golpe seco contra el aire:

—Él no debería haber pasado. Ahora… todos estamos en peligro.

Tana siguió corriendo, impulsado por la mezcla de miedo y determinación. No estaba solo: un grupo de criaturas se le unía en silencio, sombras que normalmente no compartían  territorio con los faunos. Un gnomo de barba trenzada y botas de cuero gastadas, un par de hadas cuya luz temblaba como luciérnagas al borde de la extinción, y un pequeño dragón rojo cuyos ojos centelleaban como brasas. Cada uno avanzaba con cautela, pero con un propósito común: encontrar a Mert antes de que la encrucijada decidiera por ellos.

Al llegar a la zona marcada por la silfide, Tana lo vio. Mert estaba atrapado entre raíces vivientes que lo sujetaban como si fueran serpientes. Frente a él, un ser cuya forma cambiaba con cada parpadeo: mitad sombra, mitad humo, con un rostro que parecía reflejar los peores temores de quien lo mirara.

—¿Quién eres? —gritó Tana, aunque su voz tembló.

La criatura sonrió, y su risa reverberó en la madera como cristales rompiéndose.

—Soy la Encrucijada —respondió—. Y habéis llegado justo a tiempo… para elegir.

Antes de que pudieran reaccionar, la tierra se abrió bajo sus pies y cada uno cayó en un camino distinto. Tana sintió que la magia del lugar lo arrastraba hacia un destino incierto. A su alrededor, voces conocidas le susurraban decisiones imposibles: salvar a Mert y quedar atrapado en la sombra, o escapar y dejar que la criatura eligiera por él.

Cuando abrió los ojos, Tana ya no estaba en el bosque, ni Mert a su lado. Estaba solo… frente a un espejo de agua que reflejaba no su rostro, sino el de un centauro, un gnomo, una silfide y un dragón a la vez. La Encrucijada había cambiado las reglas: no se trataba de elegir entre caminos, sino de aceptar que cada elección lo transformaría en algo que jamás había imaginado.

Y entonces comprendió: la Encrucijada no era un lugar… era ellos mismos.

@Vanessa Zamora.

@Imagen Pinterest


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