Hay deudas que no entran en los libros contables porque se pagan con la propia carne, pellejo a pellejo, pulso a pulso, en una moneda que nadie se atreve a nombrar.
Llevo tanto tiempo recogiendo los pedazos de lo que quería ser que ya no reconozco la forma de mis propias manos. Quería algo tan dolorosamente simple que me da vergüenza escribirlo: cuatro paredes que no olieran a miedo, una luz encendida al fondo del pasillo, la certeza de despertar sin tener que negociar la piel para llegar a la noche. Un hogar. Una vida corriente. Pero la estabilidad es un lujo de gente con suerte, un horizonte que se desdibuja cada vez que intento dar un paso hacia adelante.
Siento cómo me apago por dentro, no de golpe, sino con la lentitud cruel de una vela que consume su propia cera en un cuarto cerrado. Me pregunto si este empeño en buscar la luz no será, en realidad, mi condena más sofisticada. A veces la esperanza no es una virtud; es la trampa perfecta. Construyo castillos con las pocas fuerzas que me quedan solo para ver cómo el primer soplo de realidad los desmorona, dejándome de nuevo con los dedos vacíos y el polvo en los ojos.
Me mutilaron las alas antes de que aprendiera a medir las distancias. Ahora mi único vuelo ocurre hacia adentro, en un abismo sofocante donde el corazón golpea las costillas como un animal enjaulado, exigiendo a gritos algo parecido al afecto. Qué estupidez la mía. En el suelo que pisan mis pies, la ternura no existe: se cotiza, se alquila, se fracciona por horas. Las caricias tienen tarifa y el tiempo se cobra al contado. Pretender que alguien me toque sin querer arrebatarme un pedazo a cambio es una ingenuidad que raya en lo ridículo.
Un frenazo en seco corta el aire. El sonido metálico de una bocina pulveriza de golpe la última ilusión.
Avanzo hacia la ventanilla. El frío del cristal se me mete en las uñas mientras intento adivinar la sombra al otro lado de la puerta. ¿Quién será esta vez? ¿Qué pedazo de su propia podredumbre vendrá a descargar sobre mi espalda? Estoy exhausta. Cansada hasta la médula de saldar una factura que jamás firmé, de entregar mi cuerpo para limpiar una culpa que no me pertenece.
El horizonte ya no es una línea; es una pared ciega. Miro hacia el fondo de la calle y solo veo una función vacía, un escenario a oscuras donde el telón se niega a caer a pesar de que el público ya se ha marchado.
Anhelo la vulgaridad de una vida tranquila con una ferocidad que me quema la garganta. Pero no hay oración que desentierre los deseos cuando se han podrido bajo tierra. Me pregunto en qué momento perdí el derecho a soñar, o si tal vez nací defectuosa, sin ese chip invisible que le permite a los demás existir sin tener que pisotear sus propios restos.
¿En qué mercado se compra la paz que a mí me falta?
La oscuridad aquí afuera no es la falta de luz; es una densidad física que se me mete por la boca, que me llena los pulmones y me empuja, lento pero firme, hacia el borde de un abismo del que ya no me da miedo caer.
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