EL VIAJE A LA LUNA by David Santaolalla

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Mi padre tenía tres aficiones. Una era la música. Tenía una nutrida colección de vinilos, a los que él llamaba elepés. También tenía un par de guitarras, una de ellas eléctrica. Pero nunca le vimos tocarlas. A lo sumo, cuando las sacaba para afinarlas y se le escapaba un par de acordes deslavazados.

Otra era la pintura. La mitad de su biblioteca eran libros de pintores, mayormente impresionistas, que eran sus favoritos. En algún cajón de casa guardaba unos pinceles y una caja de acuarelas. Pero tampoco le vimos utilizarlos, salvo un par de láminas dignas de un alumno avanzado de tercero de primaria.

Su tercera afición era la literatura de ciencia ficción. Ocupaba la otra mitad de la biblioteca una amplia colección de novelas. Desde Asimov hasta Verne, pasando por todos los clásicos y alguno que otro más actual. Le encantaba la astronomía y hasta se había comprado un pequeño telescopio con el que observaba, en verano, los planetas y las estrellas dobles. Júpiter, Deneb, Betelgeuse…

Dos momentos en su vida fueron claves: el día que se jubiló y, diez años más tarde, cuando murió mi madre. Adelgazó más de diez kilos y yo pensé que se iba a morir también. Pero se recuperó, siguió adelante con su vida tranquila, oyendo sus discos y leyendo sus libros. Con ochenta y pocos empezó a dar muestras de un principio de demencia.

—Ya sé lo que quiero parami cumpleaños —Me dijo un día mientras paseábamos por el parque de su barrio—. Quiero un viaje a la Luna, que he oído que ahora ya se puede ir.

No le dije nada para no contrariarle. Al día siguiente se lo comenté a Vicente, mi socio y compañero de trabajo. Al principio se le quedó cara de sorprendido, pero luego se puso a cavilar.

— Oye ¡Es una idea magnifica! Vamos a prepararle una experiencia inolvidable. Tu viejo se lo merece. Siempre me ha caído mejor que tú. — Sentenció Vicente con ese aplomo que le caracteriza. — Si Kubrick lo hizo con lo del Apollo, nosotros también podemos simular un viaje espacial.

Aprovechamos la circunstancia para ingresar a mi padre en una residencia de ancianos. Él ya no puede vivir solo en casa, sin nadie que le cuide. Le convencimos diciéndole que era un centro de la NASA, en el que tenía que iniciar el periodo de preparación para el lanzamiento. También le dijimos que no dijera nada a nadie porque era una misión secreta y no queríamos que los rusos se enteraran. Los enfermeros y cuidadores estaban al tanto y nos seguían la corriente.

Vicente estaba entusiasmado. Recopilamos nuestros viejos trajes de esquiar, con casco y todo. Serían nuestros atuendos de astronautas. Convencimos a un amigo, que tiene una empresa de ambulancias, para que nos prestara una antigua, llena de cables y luces. Sería el módulo de alunizaje. Mi sobrino el friki nos aprovisionó de carteles y pegatinas de la Guerra de las Galaxias y de Star Trek para adornar mejor la ambulancia.

Localizamos un descampado no muy alejado de la ciudad y seleccionamos una noche sin luna para el lanzamiento. Había empezado la cuenta atrás.

Llegó el día, o más bien la noche. La misión “Apollo 99” ya estaba en marcha. Fuimos a buscar al astronauta en la furgoneta camperizada (y especialmente decorada para la ocasión) de Vicente. El traje espacial, mi viejo equipo de esquí, le quedaba un poco grande. Sobre todo las botas. Pero no importaba. Toda la residencia le despidió con abrazos y besos, como a un héroe.

Lo más complicado fue el traspaso de la nave orbital (furgoneta) al módulo espacial (ambulancia). Lo hicimos casi a oscuras en el garaje de ambulancias y nos preparamos para el despegue

El chófer nos llevó, primero despacio, y luego por caminos sin asfaltar para simular las sacudidas del despegue. La suavidad del espacio la disfrutamos durante un tramo largo de autovía. Por fin, más sacudidas entrando en el descampado de la órbita lunar y el descenso a la superficie.

Tardamos un poco más en salir, mientras Vicente y yo nos ajustábamos nuestros trajes espaciales. Dimos un breve paseo: “un gran paso para la Humanidad…” y a mi padre le empezaron a hacer efecto las pastillas que nos había proporcionado la enfermera. Nos costó dios y ayuda convencerle de que debíamos volver a la Tierra.

El recibimiento en la residencia fue espectacular. Las chicas habían decorado el salón de la televisión con globos, estrellas y guirnaldas, como en las fiestas. Todos los compañeros aplaudieron, sonaba la banda sonora de 2001. Desde aquel día mi padre se ganó el sobrenombre de “El Astronauta”.

Todos los años, por las mismas fechas, nos reunimos toda la familia y vemos el vídeo que nos sacó Vicente con el móvil. Cenamos con marisco y brindamos por los viajes espaciales. A mi padre le hubiera encantado ver a su nieto, que acaba de llegar de Houston con ese mono azul con pegatinas de la NASA.


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