LA CASA 13 by Salva García

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Yo siempre había odiado Halloween. No por los disfraces ni por el azúcar, sino por la obligación social de fingir que todo era divertido.

Pero a mis treinta y cinco años, con una hipoteca y un trabajo gris, la presión de los vecinos por decorar mi fachada me parecía una tontería… hasta que llegó la nota.

Estaba pegada en mi puerta con cinta adhesiva negra. Sin remitente, solo unas frases escritas con temblorosa y deliberada caligrafía:

“La casa de al lado necesita un dulce. No lo ignores. Esta noche a las 23:47”.

Miré hacia la casa contigua. La número 13. Estaba vacía desde antes incluso de que yo viniera. Ventanas tapiadas con madera podrida, hojas muertas por el suelo convertían el jardín en un cementerio… ni siquiera los niños se acercaban por allí.

A las once y media, decidí que era una broma de mal gusto. Me preparé un té y me senté frente al televisor.

¡Pero a las 23:46, un zumbido agudo taladró mis oídos. No procedía de la calle. Venía de la pared que compartía con la casa 13!

A las 23:47, mi timbre sonó… ¡no era un “ding-dong” alegre! Fue un sonido grave, como un hueso golpeando un ataúd. Me quedé helado. Por la mirilla no vi a nadie, solo oscuridad absoluta. Pero entonces, algo se movió en el suelo. Un plato de porcelana fina, con un lazo rojo, y encima… un caramelo envuelto en un papel dorado.

Lo tomé. Pesaba más de lo que debería. Al desenvolverlo, no había dulce. Era un mechón de pelo rubio, fino, de niño, atado con un hilo negro.

Sentí un escalofrío. Miré de nuevo por la mirilla. Nada. Cerré la puerta con llave. Fui a la cocina a tirar el caramelo. Pero al abrir la basura, allí estaba el plato. Limpio. Sin lazo.

Mi corazón empezó a latir tan fuerte que sentí su eco en la pared. Y entonces, escuché la voz. No venía de la calle. Venía de dentro de mi cabeza, con una claridad que me hizo doblarme de dolor.

“Gracias por el dulce. Ahora te toca a ti”.

Corrí al salón. La televisión estaba apagada. Pero en la pantalla negra, se reflejaba mi rostro. Y detrás de mí, una figura alta, de traje antiguo y sombrero de copa, sonreía con una boca demasiado ancha.

Me giré. No había nadie. Pero el plato de porcelana estaba ahora en mi mesa de centro. Y esta vez, el caramelo no tenía papel. Era una pequeña calavera de azúcar, con mis propios rasgos.

La pared crujió un golpe seco. Dos. Tres. Al otro lado, alguien susurró con mi propia voz:

“Abre. Aún no has terminado”.

Desde esa noche, cada 31 de octubre, mi timbre suena a las 23:47. Nunca abro. Ya no como dulces. Pero cada año, encuentro un nuevo mechón de pelo rubio y fino en mi almohada. Y el reflejo en el espejo… a veces sonríe antes que yo.

La casa 13 sigue vacía. Pero ahora sé que no está deshabitada. Me está esperando. Y yo ya no sé si soy el vecino…. o el próximo dulce.

Fin.


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