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Historia colateral by Diana González

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Miraba por la ventana del comedor. La calle era su promesa tanto de trabajo como de inseguridad. Martina entró con las bolsas de la verdulería.

— Te digo que se va a armar una bien gorda. Ahí estaba don Carles colgando la bandera.

Él le ayudo con las bolsas y entraron los dos en la cocina, dejaron los paquetes arriba de la mesada y mientras los acomodaba en las alacenas ella le cebaba unos mates.

— Pues nosotros nos vamos a quedar en el molde (1). Bien calladitos. Que para experiencia basta un botón.

— No sé Fito, tengo como un mal presentimiento. ¿Cómo?, no sé.

La abrazó y le acarició la cabeza, como aquella vez, en la puerta de la casa que habían hecho con tanto esfuerzo y perdieron por un plumazo económico, allá, en su otra tierra. Con la misma necesidad de transmitirle calma, como esa vez en el aeropuerto, cuando él se vino solo.

— No llames a la desgracia. Estamos bien y no va a pasar nada. Pudimos con todo, Ahora tenemos el auto, trabajo y esperanza. La acarició con ternura. Y vamos a hacer más todavía.

Lo dijo, pero también tenía miedo. Sentía que lo pueblos eran meros títeres manejados por intereses ocultos. De esos vaivenes, pensaba, el resultado era siempre el mismo, unos pocos se benefician y pierden los de siempre. Recordó sus pintadas, las marchas por la defensa de los derechos como si fueran cartas amarillas atadas con hilos rojos en el cajón oscuro de su memoria. Chasqueó la lengua al sorber el último mate con la amargura del que ha llegado a la conclusión que nada cambia.

Sin sacar el pecho, desde su ensimismamiento le dijo con todo el convencimiento del que fue capaz.

— Ahora tenemos el reparto, una casa cómoda, con un alquiler que podemos pagar. Vamos a comprar el pasaje para que vengan tus viejos. Pensá en eso, pensá en todo lo que tenemos. Yo soy feliz.

— Yo con vos soy feliz donde sea. Le contestó ella apretando el abrazo

Mientras dejaba el mate a un costado la sentaba en sus rodillas y se acurrucaba al amparo de su vientre y escuchaba. Martina le acariciaba el cabello.

Recordaba otros abrazos, como cuando la fue a buscar después de casi más de dos años de trabajo duro, soledad ceñida y austeridad severa, al Prat. Igual abrazo al que se dieron el día que juntando “ahorros forzados” como los llamaban, se pudieron comprar la camioneta.

Casi con inocente alegría, esa que ningún miedo por profundo que sea puede robar.

Porque, estar abajo siempre, no es fácil, es recibir primero la bofetada que a veces va para otro. Es que te atajen todos los penales y nunca conocer la alegría del gol. Es la línea de fuego. Es tener los hombros carcomidos por la rabia y las lágrimas. Y a todo eso hay que sobreponerse con bastante más esfuerzo, voluntad y ahínco, que fe.

Era domingo y la calle rugía en el centro de la ciudad, decidieron quedarse, no mezclarse por prudencia, además, para el estado de Martina no era aconsejable ningún tipo de aglomeración y aunque apretaba las mandíbulas y tenía opinión la vida ya le había demostrado por qué y por quien debía luchar.

En el televisor las noticias se le antojaban confusas, mentirosas, partidarias de uno u otro lado. Decidieron ver películas. Luego cenaron y antes de irse a dormir revisó los repartos del lunes. Se acostó, como se acuesta el honrado hombre ignorante de vindicaciones falsas. Como se acuesta el que cree en la justicia.

Y durmió como el sentenciado en la víspera.

La noticia ocupó a los dos días de los hechos un segundo plano en un diario online.

“Numerosos vehículos de Verges (Girona) han aparecido esta mañana con las ruedas pinchadas, han confirmado a Efe fuentes de los Mossos d’Equadra. El diputado de Junts pel Sí, Lluís Llach ha denunciado hoy que han aparecido pinchadas todas las ruedas de los vehículos de su localidad natal, Verges. También en Medinyà y Sarrià de Ter.”

 

Notas

(1)          Quedarse en el molde, expresión argentina que significa: abstenerse de participar.

Taller de Escritura FlemingLAB, “Escribir desde una carta o imágen”

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