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Alice by Pedro García

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Oh sí, ser policía te hace ver lo peor del ser humano, créeme. No tardé mucho en acostumbrarme al olor a vísceras o a la putrefacción de un cadáver. Esa es la parte más fácil, apenas distinguible de lo que puedes ver en una carnicería de barrio. Lo que te revuelve las tripas es la psicología del asesino, el hecho de imaginarte de cómo un trastornado ha degollado a su víctima y le ha arrancado la piel para hacerse una bonita lámpara. Es el monstruo quien te provoca pesadillas —agregué.

Bueno, no seré más pesado, no soy tan viejo como para hacer el papel del abuelo batallitas. Me has preguntado por el caso Maravillas de Boston, aquel que terminó apareciendo en toda la prensa nacional y que provocó que acabara en este pueblo dejado de la mano de Dios. Como toda buena historia, necesita estar bien acompañada, ¿qué tal de una botella de Jack Daniel’s?

Sí, una nueva, entera. Deja la que tienes cogiendo polvo en la estantería para tus compadres endogámicos

Era noviembre y llovía como si el propio Dios se hubiera bebido un camión entero de cerveza, cuando acudimos ante la llamada de un burdel de mala muerte en el que se creó toda la sífilis de los marineros de varios océanos. Como suele suceder, por allí de vez en cuando había un homicidio, pero no cualquiera. Aparcamos enfrente, junto a un cine cochambroso, entramos y subimos hasta una habitación donde trabajaban las putas y allí encontramos a la víctima. Al desgraciado le habían arrancado el corazón y le habían cortado la cabeza, que estaba en la mesita de noche con varios relojes de bolsillo asomando de su boca.

El resto te lo puedes imaginar, una maldita orgía de sangre de no ser por un detalle, y aquí está la clave de todo, una página arrancada de un libro, un papel que no era la primera vez que me encontraba en un escenario similar. Había una ilustración de un conejo y varios relojes, pertenecía a “Alicia en el país de las Maravillas”. Sí, la misma que la película para niños que estrenaron el año pasado.

No era la primera vez que se cometía un crimen así, alguien la había tomado con la condenada película y coincidiendo con su estreno en julio había empezado a matar y a decorar sus crímenes con referencias de mal gusto. Como siempre, todo estaba limpio de huellas, parecía que todo hubiera sido puesto allí por los jodidos ángeles del cielo.

Guardé la prueba, ya sé que es poco profesional, pero intuí que me tocaría resolver aquel crimen solo. Ya, tendría que haberla llevado a comisaría para investigar más sobre el tema, no me lo repitas más. Pero mis compañeros son unos blandengues que prefieren remojar donuts en el café mientras meten sus ojos vacunos dentro del escote de una camarera cuarentona en vez de trabajar. Con semejantes tipos el asesino se podría cargar media ciudad antes de que le encontraran.

Tal y como había previsto, el comisario, más preocupado por la política que por las víctimas me “apremió” a resolver el crimen, como siempre, me tocó apechugar. El muy cabrón sabía que era el único con más de medio cerebro e interesado en atrapar al responsable, y se aprovechaba todo lo que podía. Me dijo textualmente que no volviera por allí sin el responsable de todo aquello o con su cadáver. Por lo visto los periodistas del Financial estaban poniendo la reputación del Departamento de Homicidios por los suelos, es decir, la suya.

Como podrás adivinar no aguantaba demasiado el clima de la comisaría, así que me encerré en casa acompañado por una botella de bourbon y dos cajas de tabaco e investigué durante una semana. Necesitaba concentrarme y no lo iba a hacer rodeado de ineptos, conmigo tenía más que suficiente.

Hasta aquel momento había cinco víctimas, dos chicas adolescentes de trece años y tres hombres de treinta y tres. Un patrón extraño, como si quisiera decir algo ¿verdad? Eso mismo pensé yo, pero en el puñetero libro no hay ninguna referencia a esos números ni a ninguno, solo una historia que parece contada por un adicto al opio.

Después de siete días empecé a desesperarme y los cielos, en su infinito sarcasmo y misericordia, me enviaron a Zoe. Supongo que no te he hablado de ella, pero con que sepas que entre nosotros había algo más que amistad debe bastarte. Le recibí en el porche de mi casa, casi en pijama, aunque era media tarde. Debí asustarla un poco, pues apenas me había duchado en todo ese tiempo y ya no digamos afeitarme. Venía de trabajar de la Biblioteca Municipal, cargada de formularios que tenía que terminar el fin de semana.

—John, ¿qué te ha pasado, por qué no respondes a mis llamadas? Por favor, aquí huele fatal, ¿escondes algún muerto ahí dentro?

—Ojalá —le respondí mientras apuraba la colilla de mi último cigarrillo—, todo sería más fácil si me encerraran una temporada, pero no. Tengo un caso que resolver y ni puñetera idea de qué hacer.

Zoe ya estaba acostumbrada a ver fotografías de algunos casos en los que había trabajado, pues me ayudaba con su sorprendente inteligencia en más ocasiones de las que me gusta admitir. Pasó hasta el despacho que había empapelado hasta casi el techo de todo lo que tenía sobre los asesinatos y observó los documentos a través de sus gafas color esmeralda.

—Vaya, parece que a alguien le gusta los libros de Lewis Carroll más de la cuenta.

—Sí, ¿alguna sugerencia? —Le pregunté, pues ella era una de las personas más inteligentes que jamás he conocido.

—Debe conocer bastante bien la novela y a su autor. Las víctimas coinciden con la edad que él y la niña tenían cuando la escribió. Además, parece que los asesinatos se hicieron cerca de algunos cines. ¿Crees que tendrá relación con la película?

En ese momento no respondí, sino que cogí varias carpetas y vi algo en lo que no había reparado. El cartel de la maldita película aparecía, aunque desenfocado, en distintas fotografías de cada uno de los crímenes. Ahí estaba el patrón, ya sabía el protocolo, solo me faltaba capturar al asesino. Me puse de pie y cogí nervioso el periódico en busca de algún cine en la ciudad que todavía proyectara aquella película. Habían pasado casi cuatro meses de su estreno, pero todavía quedaba uno, el Luxor, que la tenía en cartelera. Ese día sería la última vez que la echaban, tras la sesión de las ocho la retirarían.

Di un beso fugaz a Zoe, cogí mi S&W y mi gabardina y salí hacia allí a toda la velocidad que me permitía mi viejo Morris. El cine estaba en un barrio a las afueras, habitado principalmente por negros, chicanos y gente así. Aparqué a cierta distancia y esperé a que terminara la película.

Tras veinte minutos de espera, casi de noche, la gente empezó a salir del local sin que nada llamara mi atención, hasta que vi un grupo de niñas negras acompañada de una joven mayor, blanca. Negras con una blanca, comprenderás que es extraño, pero más lo era su ropa, un vestido azul con un delantal blanco, como en la película. En un primer momento creí que no sería nada, pues esperaba algún degenerado pedófilo, pero algo en mi interior me advirtió que sí podría serlo.

Las seguí, casa por casa mientras el grupo se reducía hasta que solo quedó una niña con la sospechosa. Se adentraron en un parque lleno de árboles y arbustos frondosos, mal lugar para seguir a alguien en la oscuridad, y las perdí de vista. Estuve buscándolas durante un buen rato y ya cuando estaba a punto de desistir escuché un grito. Corrí en la dirección de donde venía la voz con el arma desenfundada, hasta que apartando los arbustos, la vi. La Alicia impostora estaba abriendo el pecho de aquella negrita desgraciada con un cuchillo de cocina, mientras intentaba arrancarle el corazón al grito de ¡Viva la reina de corazones, le llevaré este regalo hasta el País de las Maravillas!

Disparé, sí, vacié el puto tambor en la cabeza de aquel monstruo de veinticinco años y seguí apretando el gatillo, hasta que un compañero me quitó el arma de las manos, casi un cuarto de hora después.

De nuevo, la prensa más carroñera se echó encima del departamento. ¿Qué esperaban que hiciera, que abrazara a aquel demonio? ¡No!, hice lo que había que hacer, pero el comisario movió hilos para limpiarse el nombre, y aquí estoy, en este pueblo de mierda. Esa es la verdad sobre el caso Maravillas, el resto es solo papel mojado.

Muerte en el desierto

El barman me miró horrorizado, como si quien se dedicara a asesinar gente fuera yo, en vez de aquella pesadilla fugada de un psiquiátrico. Otro lugar al que no podría volver, una pena, pues era el único en el que ponían algo de Brubeck o Crosby, y no aquel country rancio y provinciano que tanto gustaba en la Texas profunda.

Salí del local con la botella recién abierta en mis manos, acosado por el puto sol tejano y el calor agobiante del desierto. Desde luego, parecía como si San Pedro ya me hubiera condenado al infierno en vida. Bueno, si era así peor para él, no iba a suplicarle piedad a ese viejo conserje. Arranqué el coche y fui hasta la comisaría del condado de Reeves,  pues ese día tenía turno de tarde.

Exceptuando el condenado clima, no podía decir que hubiera empeorado demasiado mi situación. Al menos, el comisario del condado, Jackson, tenía más huevos que mi anterior jefe de la costa este. Le daba igual la prensa, mientras se mantuviera el orden, aunque fuera a golpes de balazos. Mis compañeros, pese a ser más activos que los devoradores de bollería de Boston, no eran más que unos pretenciosos con grandes sombreros blancos. Pensaban que resolver el robo de cien pavos en una gasolinera abriéndole la cabeza a un negrata los ponía a la altura de Eliot Ness. La mayoría del tiempo se dedicaban a patrullar las calles y a vigilarlas con las manos en la cintura y un cigarrillo en la boca. Ridículo, pero al menos ponían interés.

Nada más entrar supe que aquel no iba a ser un día corriente de vigilancia de calles polvorientas, pues las secretarias estaban trabajando como no las había visto nunca. Llamadas de teléfono, papeles de aquí para allá y el golpeteo frenético de máquinas de escribir, demasiado para un pueblo en el que no solía pasar nada.

—Detective Statham —me dijo Jackson en cuanto me vio—, hoy tengo algo distinto para usted. Estoy seguro de que lo preferirá a husmear en la basura de los vecinos. Venga a mi despacho.

Entré en su pequeña oficina y me senté frente a su escritorio, que parecía haber sucumbido ante una inundación burocrática. Encendí un cigarro y eché una calada, aquello tenía pinta de marrón, y de que me lo iba a colgar en los hombros.

—Tenemos algo que nunca ha pasado desde hace más de veinte años, y el único con experiencia en el tema es usted. Se trata de un asesinato en Toyah, en la calle Río Grande, con cinco muertos. Tres agentes ya han pedido la baja, así que puede imaginar qué se encontraron.

—Imagino que algo distinto a una destilería clandestina ¿Algún sospechoso, o pruebas?

—Un tal Timmy Radson, el cartero lo encontró cerca de la escena del crimen manchado entero de sangre. Hemos hallado sus huellas por todos lados. Está aquí, retenido en el calabozo mientras investigamos.

—No veo para qué me necesita, tiene un culpable y pruebas que lo sitúan en el lugar y el momento equivocados. El caso está resuelto, a veces es así de fácil.

—Timmy simplemente no ha podido hacerlo, es un retrasado y enclenque, no habría podido casi ni con los niños.            Quisiera descartarlo cuanto antes, su madre ya ha estado aquí quejándose dos horas amenazándonos con dos abogados.

Fui hasta la celda del detenido y nada más verlo confirmé la versión del comisario. Se trataba de un microcefálico con problemas de crecimiento que no paraba de gritar como un animal acorralado mientras aporreaba los barrotes. Parecía inofensivo, aunque antes tendría que ver el asesinato para confirmarlo. A veces hasta el más inocente animalillo puede ser capaz de sembrar el terror.

Tomé la Interestatal 20 y en pocos minutos llegué a aquel agujero mugriento. La casa era como cualquier otra de la zona, con la pintura azul desteñida y rajada por la temperatura y la luz. En la calle, cuatro agentes esperaban sudando como cerdos al sol. A mí no me engañaban, estaban acojonados por lo que había en el interior, lo he visto miles de veces.

En el interior, penumbroso, se respiraba el olor y el ambiente pesado característico de toda masacre. Todo parecía muerto, excepto por un viejo y consumido forense que iba de un lado para otro, tomando huellas dactilares y demás parafernalia propia de su trabajo.

—Detective John Statham —me presenté— Jackson me ha puesto al frente, pero no me ha contado mucho.

—Sterling, de la policía científico-forense de Texas. Todavía no sé demasiado, acabo de llegar de El Paso y poco he podido averiguar. El informe apenas da detalles, ¿qué le pasa a sus compañeros, no les enseñaron a redactar uno en la academia? Se han dejado demasiados sitios sin investigar.

—Me lo imagino, demasiado tiempo sin enfrentarse a crímenes de sangre. Tenemos un sospechoso, un retrasado que…

—Imposible, no me diga nada más. Esto es trabajo de varias personas, y en plenas capacidades, pase al dormitorio principal, lo verá por usted mismo. Procure no desmayarse, detective, es incluso peor de lo que pueda imaginarse.

Subí las escaleras, desde donde empecé a percibir el hedor de la sangre, vísceras y muerte. Saqué un pañuelo perfumado y me tapé la nariz para evitar las náuseas mientras abría la puerta del dormitorio. La atmósfera, cargada de polvo, se hizo densa, como si estuviera sumergido en agua cuando me recibió la familia Straus. Crucificados en las paredes, me miraron con las cuencas oculares y los vientres vacíos. En el centro, formando un círculo, estaban sus órganos, ordenadamente dispuestos, como si fuera un catálogo de unos grandes almacenes.

Aquello era asqueroso, peor incluso que los crímenes de Alice y no, Timmy era incapaz de aquello, ni en sus mejores momentos. En estas situaciones echo mano de mi petaca para vencer al horror, y así lo hice. Encendí una linterna y observé los cuerpos con detenimiento, podían haberse dejado algo. Estaban fijados a la pared con gruesos clavos de ferrocarril y cubiertos de sangre seca. Miré la cara del padre y me pareció ver un brillo dorado en el interior de sus cuencas. Con unas pinzas que pedí al forense extraje lo que parecía una moneda antigua. La limpié y vi una efigie de una especie de dios egipcio dentro de un sol y una inscripción en latín “Nos sunt oculis et corde mundo”. Había dos piezas como esa en cada familiar, diez en total, que fui reuniendo en bolsas.

Me eché las manos a la cabeza, esa mierda apuntaba a que aquel circo era cosa de una puta secta. Lo sospeché desde que vi la disposición de los cadáveres, ahora ya lo podía casi confirmar. Necesitaba la ayuda, de nuevo, de Zoe.

Ah, aquella inteligente bibliotecaria pelirroja, dejaría en ridículo a más de un experto si hubiera nacido con algo más entre las piernas. Aunque la llamaba con regularidad, no podía evitar echarla de menos como un alcohólico al vino, pero estaba a más de dos mil millas de distancia. Nunca sabré si lo nuestro nunca fue tan serio como para querer venir hasta Texas por mí o esperaba que yo se lo pidiera. Fui un gilipollas por no hacerlo y allí, rodeado de mugre e ignorancia vi claro mi error.

Volví hasta Pecos con las nuevas pruebas, hice todo el papeleo y las fotografié con la mejor cámara de la comisaría. Las revelé en el mayor tamaño posible y las envié a Boston. Hasta que recibiera su llamada, solo me quedaba dar vueltas como un tonto, perdido y sin saber qué hacer.

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