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ERIC (y final) by Conchi Ruiz

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Eric, una persona afable y recta, a veces demasiado, pero había que conocerlo bien para entender su rectitud y su apacible carácter. Amante de las flores su mayor placer era cuidar de sus jardines y disfrutar del aroma que desprenden en el anochecer. La separación de su primera mujer de cuya unión nació un hijo, fue difícil de aceptar y se apartó de toda vida social, dedicando todo su tiempo a la jardinería, las revistas de arte y arquitectura y la prensa diaria. Se casó por segunda vez con una mujer bastante más joven que él, Olga, y cuando pensaba que era un imposible por su edad nació una niña que además de bella era alegre. La pequeña Carlota fue capaz de devolverle toda la ilusión por la vida y aceptar sin reparos la tradición de su esposa, tener muchos amigos, reuniones en su mansión cada semana con cenas que duraban hasta la madrugada. Olga tenía por costumbre invitar a toda persona que llegaba al pueblo a vivir, mandaba un mensaje personal solicitando su presencia y compañía. Algo que le inquietaba y que todos conocía, es la afición a la bebida no sólo en las reuniones, habitualmente.

Elsa fue una de las invitadas a una de esas cenas y aunque se resistía, decidió asistir ante la insistencia de la anfitriona. Para entonces Olga ya conocía todos los detalles de su vida y llegó el interrogatorio de rigor.

— ¿Querida amiga ¿echa de menos su vida en Londres?

—¡Oh no, en absoluto!

—Espero que siga viniendo a nuestras reuniones y estrechar lazos de amistad.

— Lo intentaré, aunque tengo bastantes obligaciones y suelo hacer algunas excursiones fuera del pueblo durante algunos días

Eric escuchaba la conversación con atención y de repente intervino.

— ¿Le gustaría conocer mis jardines? Es de noche pero la claridad de los ventanales nos ayudará. 

—Acepto su invitación, las flores es una de mis debilidades.

El gesto de Olga se torció y más tarde a lo largo de la noche no habló demasiado, pero si bebió más de lo debido. Elsa se despidió y comentó que al día siguiente salía de pueblo a visitar a unos parientes durante unos días.

 

LA TRAGEDIA

 

La visita a sus parientes se alargó más tiempo de lo previsto porque no la dejaban marchar y Clot estaba encantado con los mimos que recibía de mayores y pequeños de la familia. Y por cualquier motivo desconocido, siempre pensaba en Eric. Entró en la tienda a comprar sus revistas. Levantó la vista y se dio cuenta que la tendera la observaba con cara de preocupación y se mordía el labio.

— ¿Ocurre algo?

— ¿No se ha enterado?

— Enterarme ¿de qué?

— La señora Olga…

— ¿Qué le ha pasado?

— Ha muerto y la niña, también los dos perritos que iban en el coche. Se ha quedado pálida ¿le preparo un té?

— No ¿Y el funeral?

— Se celebró aquí en el pueblo, hace unos días.

— ¿Y Eric?

— No ha vuelto por aquí, se ha aislado y ni su hijo mayor de su primer matrimonio ha venido, posiblemente no se lo haya comunicado y hace muchos años que se marchó a estudiar y es un arquitecto famoso. Está solo.

Sin más palabras Elsa puso en marcha el viejo Ford y a toda velocidad emprendió el camino hacia la mansión. Lo primero que vio fue el jardín abandonado y las flores caídas. La puerta estaba abierta, entró sin llamar, frente al hogar sin fuego y en un sillón que solo dejaba ver unas zapatillas escocesas, estaba Eric. Se acercó y tomó sus manos frías entre las suyas, allí veía a un anciano con la mirada perdida en el vacío. No era el apuesto hombre de 75 años que ella conocía, con muchos años más en su aspecto. Un teléfono en la mesita junto al sillón, miró la lista de las personas hasta que encontró una “Michel, hijo”. Marcó en número, a la pregunta de “quien es” solo respondió, “su padre está muy mal, venga cuanto antes”. Tras un rato sin hablar se abrazaron y rompieron a llorar. Ella acariciaba su cabeza con ternura. El apretaba sus manos como si buscara su salvación en ellas. El tiempo se había parado para los dos. Sonó el teléfono, un mensaje: “Soy Michel, voy en camino, gracias”.

………

 

Elsa abrió los ojos sin tener idea de la hora que era en la oscuridad, a tientas encontró el reloj, las siete y media. A su lado, Eric aún dormía. Dejó la cama sigilosamente para no despertarlo, cogió la bata, se calzó las zapatillas y miró por la ventana. Fuera advirtió que volvía a nevar, pero solo copos de aguanieve arrastrados por el viento desde el mar. Se arremolinaban alrededor de la iglesia y flotaban entre las ramas de los árboles, un efecto espectacular, no quiso despertar a Eric, bajó a la cocina y preparó la mesa para el desayuno, hirvió el agua para dos tazones de té y el pan caliente.

 

 

 

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