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Decisiones de madrugada by Awilda Castillo

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El frío pasillo se ha vuelto mi fiel compañero de esta larga noche. Las sirenas que se oyen al fondo y el correr apresurado de camillas  que  entran y salen es el sonido usual del lugar.

Desde las 12:30 am he estado aquí, hace ya casi tres horas. Es increíble lo lento que pueden pasar los minutos cuando estamos a la espera en las puertas de un quirófano. Me siento terrible, abrumada, confundida y culpable. Todo debía ser perfecto esta noche, ya que mi esposo recibiría un reconocimiento como empleado del año y todos estábamos ahí para festejarlo; sin embargo en cuestión de pocos minutos ese mismo todo, se trastornó. Él estaba impecable, yo había recogido su traje azul marino en la tintorería, así que se había vestido con toda  exquisitez.

Pasó este día algo ansioso y aunque me parecía normal, no alcanzaba entender porque decía con insistencia que “no lo  merecía”. Para mí, ese comentario estaba fuera de lugar, pero me gustó creer que lo hacía por modestia (cosa rara en él). Claro que se lo merece —pensaba yo. Tanto tiempo quedándose hasta el amanecer en su trabajo, siempre colaborando y sacando pendientes de su área, producto de una disminución de plantilla en el personal y debido a su total entrega a las funciones que desempeñaba. Así que a mi juicio, era muy merecido el reconocimiento que recibiría.

Como jefe de finanzas yo entendía, que cada cierto período tenía jornadas especiales. El pago de los impuestos, el cierre del ejercicio fiscal y cualquier gestión ante los bancos, ameritaba que pasara horas y horas en la oficina, la cual se convirtió más hogar para él, que la casa que comparte conmigo desde hace 16 años.

Siempre estaba trabajando, y se encargaba de compensarnos tanto a mi como a los niños (que ya no eran tales) dándonos 15 días al año de las mejores vacaciones que podíamos imaginar. Eran días de derroche, en los cuales los chicos compraban lo que querían. Él nos llevaba a los lugares más lujosos o emblemáticos de la ciudad donde vacacionamos. En los últimos cinco años, habíamos estado en cinco países distintos. De ello, quedaban las fotos como testigo fiel de todo lo que disfrutamos, luego de tanto trabajo y tanta ausencia de su parte.

En fin, su esfuerzo sería recompensado con el más alto reconocimiento de su empresa; por tanto me resultaba ilógico todo el estrés que durante   este día pude ver en él.

Haciendo memoria de no solo el día, sino también de la noche, me llamó la atención que antes de comenzar la ceremonia, un hombre de tez blanca y mediana estatura, vestido impecablemente (como todos los que ocupaban el gran salón), se acercó a nosotros. Su expresión era grave y en una brevísima pausa en el andar de mi esposo, le entregó un sobre, el cual no vi  que abriera, sin embargo a partir de ese momento el semblante de Mauricio cambió.

—¡Familiares de Mauricio Santander! escucho decir y como un resorte, me incorporo de la silla en la que estaba sentada por más de una hora, haciendo esta serie de conjeturas.

—Si, soy su esposa. Dígame ¿cómo está?

Detrás de la enfermera que hizo la pregunta, veo aparecer a un joven médico, especialista en cardiología.

—Su esposo ha tenido un infarto señora Santander. Hemos hecho una intervención muy riesgosa….

A partir de ese momento, solo vi que el médico movía sus labios, pero yo no le escuchaba. Sentí que el mundo caía en pedazos sobre mí.

— ¿Será que mis deseos  de los últimos seis meses en torno a  que el “desapareciera”  produjo todo este cuadro de complicación en su salud? No podía pensar esto, sin sentirme culpable. De la misma manera viene a mi mente, el refrán que reza: “mira bien lo que deseas, pues lo puedes conseguir”

—¡Señora Santander! ¿Usted está entendiendo lo que le estoy diciendo? Señala el galeno, al notar en mi expresión que mi nivel de comprensión no es el adecuado para toda esta situación.

—¿Va a morir? Es  lo único que alcanzo a decir.

—Nos encontramos haciendo todo lo que está a nuestro alcance, las próximas 24 horas son definitivas.

Veo a mi alrededor y están algunos de sus compañeros de trabajo y en el fondo del pasillo, el mismo hombre que le entregó el sobre antes de comenzar el evento de reconocimiento que nunca llegó a recibir mi marido.

—Marina -oigo decir mi nombre en una voz que conozco muy bien, y termino de desear que la tierra se abra y me trague. Volteo y por supuesto, Es Vicente… Vicente Ramirez. Al verlo, mi expresión empeora.

—¿Qué haces aquí? Ya lo hablamos, por favor, no es el momento, Mauricio está mal.

—¿Qué ocurrió? Yo no llegué a hablar con él, cuando fui al evento en el que estaban, allí mismo me dijeron que lo habían traído de emergencias porque se había puesto mal. Cuéntame  ¿qué fue lo que ocurrió?

—No lo sé, ya te lo dije. Pero insisto, debes irte de aquí.

—Yo no quiero dejarte sola, sé que no estás pasándola bien, y ya sabes que yo te…  no quería que esto se complicara para ti.

—¿No querías? ¿Y me presionaste a que terminara con él hoy mismo, porque de lo contrario tú le contarías lo nuestro? ¿No te parece suficiente complicación para mí?

—¿Tú fuiste… tú le dijiste? ¡y por eso le dio el infarto…! tú lo hiciste… la voz casi no me sale, se me entrecorta en medio de las lágrimas.  Mi esposo debatiéndose entre la vida y la muerte y mi amante preguntando: ¿qué ha pasado?

—Necesito que te vayas, mis hijos pronto estarán aquí. Yo les envié a casa con mi hermana hasta que hubiese un diagnóstico sobre la situación de Mauricio, y ya está claro que es lo que tiene.

—Yo no podría hacerte daño mi amor… solo quería que estuviéramos juntos, como tanto lo hemos soñado.

—¡Shhhh no me digas así,  baja la voz, ya ni sé que pensar.  Seco mis lágrimas y  casi no puedo controlar las ganas de abrazarme a  Vicente, y en este instante dos de los compañeros de Mauricio que recién llegan a la clínica, me abordan.

—Hola Marina, ¿qué es lo que ha pasado con Mauricio? Recién nos hemos enterado de lo ocurrido.

Y yo me pregunto, sin decirlo audiblemente ¿qué fue lo que ocurrió? ¿Qué detonó este infarto en mi esposo?

Les informo lo que el médico me dijo, o al menos lo poco que yo escuché y ellos se sientan en la sala de espera.  Entra alguien más, este si viene  agitado, es Rodolfo el asistente de Mauricio. Se me acerca y puedo ver el temblor en su labio inferior. Él es de tez blanca, pero su semblante está totalmente pálido,  me atrevería a decir que tiene una expresión similar a la de mi marido, luego de intercambiar palabras con el hombre que le entregó el sobre.

Vicente no se aparta del todo, está ahí casi a mi lado, escuchando las preguntas que todos hacen sobre la condición de salud de mi esposo.

Miro a Vicente de reojo y no puedo evitar el recordar como comenzó  nuestra historia  hace unos ocho meses, cuando nos cruzamos en aquel aeropuerto, y fuimos viajeros que por  coincidencias, compartimos más que un puesto de avión en un vuelo retrasado.

Estábamos los cuatro en México, en los 15 días de vacaciones, y la reserva de boletos que teníamos resultó equivocada. El tiempo se había cumplido para que tanto Mauricio como los chicos volvieran a sus actividades de trabajo y colegio; ya que bajo una excepción por esos días, habíamos conseguido  una licencia en su escuela, aún sin estar de vacaciones. Y por el lado de Mauricio, el mismo era muy estricto con el cumplimiento de su compromisos laborales por tanto era el más interesado en volver.

De tanto rogar y estando en lista de espera, solo conseguimos tres boletos y fue entonces que ellos tomaron el vuelo  y  yo me  quedé con la convicción de que abordaría el próximo que saliera. Y ahí estaba Vicente, ansioso por llegar al mismo destino, pero igualmente dependiendo de una lista de espera, en la que no nos incluyeron. Horas de pie y luego un café compartido. La aerolínea nos envió a un hotel para resarcir de alguna manera los inconvenientes causados. Ninguno de los dos lo planeo. Lo que se inició en el café de la tarde, terminó con una cena en la cual por primera vez pude hablar viéndome en los ojos de un extraño, de lo sola que me sentía.

Un beso llegó, pasamos a otra cosa y luego la mañana nos sorprendió y al día siguiente éramos compañeros de asiento en el vuelo que nos llevaría a la misma ciudad,  con destinos distintos. Los encuentros sucesivos siguieron.

Es increíble haber estado toda la vida en la misma ciudad, con muchos sitios en común e ir a encontrarnos en otra latitud, para que luego está ciudad se nos hiciera pequeña, al empezar a descubrirnos por todos lados.  Él estaba separado, pero aún su divorcio no se había  materializado, por tanto ya sabía cómo eran los procesos de rupturas, cosa que yo no conocía. El último mes me había insistido en que debía terminar con la ambigüedad, ya que no quería seguir a escondidas, realmente lo nuestro ya era algo “nuestro”. Yo no tomé la decisión en el lapso que él esperaba,  por lo que hace dos días me dio un ultimátum:

—O se lo dices tú, o se lo digo yo.  Por eso yo pensaba que lo había hecho y que de allí podía venir todo la impresión  que desencadenó en el infarto que tuvo mi esposo, pero Vicente  insistía en que no tuvo tiempo de mediar palabra con Mauricio, y al final yo le creí. Sus ojos eran ventanas transparentes de su alma para mí, y podía ver que decía la verdad.

Quito mi mirada de Vicente, por no ser obvia y vuelvo a fijarme en  Rodolfo quien camina de un lado a otro en el extremo de la pequeña sala de espera en que estamos.

También veo aparecer a dos hombres vestidos muy formales, que luego me enteré que eran de la policía, lo que vuelve para mí cada vez más incomprensible esta situación en torno a mi esposo.

Rodolfo no aguanta más y se me acerca nuevamente, tomándome por el codo y apartándose un poco a un  rincón más reservado.

—El señor Santander no quería que usted pasara por ninguna situación desagradable, y quiero que sepa que él se encargó de que estuviera cubierta ante cualquier cosa.

Este hombre habla, y yo no entiendo nada. Le miro perpleja  y saca de su saco, un sobre blanco, que dice solo “Marina” en su cara principal. Me lo entrega y puedo percibir  el temblor en su mano. Aún no termino de  agarrarlo para abrirlo y en la sala irrumpe, una mujer apresurada, toda desencajada, supongo que pidiendo información de manera angustiada por algún enfermo. Siento compasión por ella, se lo que es tener a alguien en estas circunstancias. Pero todo toma otro giro, al escuchar que por quien pregunta es por el estado de salud de Mauricio. Me le acerco y pregunto:

—Perdón… ¿usted es…? ¿Quiere saber sobre la  condición de salud de Mauricio?  Es mi esposo, digo con algo  de énfasis en  mis palabras.

— ¿Cómo está el? Su temblor es total, sus ojos están desorbitados, sino supiera que yo soy la esposa, creería que es ella. Pongo el sobre en mi bolsillo y observo un poco más a la mujer. Diría que algo más joven que yo, pelirroja, atractiva, sin embargo sus dientes son un desastre.

Ella se repone un poco y mirándome dice: — Soy Lorena Sandoval y quiero mucho a Mauricio.

Yo, no se cómo interpretar estas palabras. Son demasiadas cosas para procesar en tan pocas horas. Vuelve a pasar la enfermera quien me informa que  van a dejar a Mauricio en terapia intensiva, para tenerlo mejor monitoreado.

—¿Puedo verlo? Y es Lorena quien pregunta. Yo, no salgo de mi asombro. Empiezo a evaluar toda la situación, y me encuentro con que los dos hombres que había visto antes, efectivamente son policías, ya que han sacado sus placas y están hablando con el médico que está tratando a mi marido. Caigo en cuenta además, que los jefes de él y quienes además  lo nominaron para la distinción de empleado del año, no están y ni siquiera me han llamado para preguntar lo que ocurre, siendo muy extraño porque  en situaciones de menor emergencia que está, han estado a nuestro lado como buenos amigos.

Mientras mis cavilaciones me llevan a procesar con lentitud todo lo que está pasando, Lorena se va con la enfermera y yo no alcanzo a detenerla.  Me siento nuevamente  en una de las sillas y Vicente se aproxima, yo simplemente  levanto mi mano y le enseño mi palma, en señal de que en este momento,  no puedo hablarle.

Toco el sobre en mi bolsillo, decido sacarlo y comienzo a leer su contenido.

“Querida, por mucho tiempo he estado procurando lo mejor para ustedes que son la fuente que me anima cada día a trabajar duro y a buscar cualquier forma que me proporcione el poder de mantenerlos como quiero. Las cosas en la empresa no están del todo bien. He hecho cosas que quizás no se entenderán como es debido, desde el punto de vista de los socios, pero yo sabré explicarles todo en su momento.  No escuches comentarios sobre malos manejos en las operaciones que llevaba a cabo dentro de la empresa. Sé que cuando uno está ausente, puede venir malos entendidos. Por años trabajé y solo me llevo lo que es mío. Hay personas interesadas en destruirme, pero yo estoy por encima de ellos. Si nos toca separarnos, Rodolfo te indicará qué hacer y dónde están los recursos. Aquí te dejo la llave una de caja de seguridad que abrí a tu nombre. No le enseñes esta carta a nadie más y si luego de esta noche no vuelvo a casa, ten por seguro que yo te contactaré. Todo estará bien. Mauricio “

—¿Malversación? ¿De eso se trata todo esto? Y esa mujer que entró a verlo… quién es? Mi cabeza va a estallar.

Rodolfo se me acerca.  Su cara es un poema, intenta sonreír sin lograrlo.

—Está situación no estaba prevista, él pensaba irse, y aparecer cuando todo se calmara. El continúa hablando; imagino que está pensando que yo lo sé todo, por la carta que me entregó, pero realmente yo estoy aún más confundida. Mauricio se iba ¿a dónde? Y…  ¿con quién?.

—Explícame con detalles Rodolfo, mi esposo me dice que tú te encargues de ponerme al tanto de lo que falta, aunque ya lo sé todo… digo esto, sabiendo que lo que estoy a punto de oír, quizás no me guste, pero, igual me arriesgo.

—Qué bueno que ya lo sabes todo. Cuando llegué no sabía cómo abordar esto, entonces recordé la carta que él me entregó la semana pasada, previendo que se descubriera algo.

—Claro, claro, pero tú eres de su absoluta confianza, por eso estamos juntos en esto. Sigo la corriente, como si no pasara nada extraño y yo estuviera en pleno conocimiento de las actividades de mi marido.

—Las claves de las cuentas están ya en la caja de seguridad que abrió para usted. Con lo que tiene en ellas, podrán vivir el resto de su vida como una reina junto sus hijos. Él no quería marcharse y que usted se quedara desasistida. Aunque la relación entre ambos  ya no existe, y él está con Lorena, su nobleza llegó a tanto que se aseguró de dejar una fortuna para usted, así no hay ningún conflicto,  y veo que lo logró. No pensaba que usted fuera de ese tipo de acuerdo, pero ya veo que todo está perfecto. Al ver a Lorena aquí, ya lo entendí todo, por eso me atreví a hablarle. Ahora solo a esperar, que él se recupere.

—¿Marcharse? ¿Y esto era lo que había estado pensando Mauricio? ¡Y yo dudando en querer terminar nuestro matrimonio! Mis pensamientos son un caos. Sigo sin decir nada, escuchando a Rodolfo.

—En la empresa solo se sabrá de su ruptura matrimonial y esa será la excusa suficiente como para que mi jefe cambie de ciudad y se aleje de aquí y  usted conservará dinero suficiente para no sufrir ninguna carencia. Eso desviará la atención del manejo de las cuentas y los negocios que ha hecho. Pensaban irse lejos, muy rápido, pero ahora…

—¿Ellos pensaban irse lejos? ¿A quiénes se refiere Rodolfo?

Oigo unos pasos que se aproximan y veo aparecer nuevamente a Lorena, quien viene secándose las lágrimas. De inmediato Rodolfo la intercepta y le dice algo discretamente al oído. Ella pasa por mi lado y no se detiene.

—¡Señorita, por favor! ¡Deténgase, necesito hablar con usted! La mujer frena su paso, gira y voltea dándome la cara.

—Si dígame ¿qué necesita?

—Necesito saber ¿quién es usted? Y ¿cómo supo que mi marido estaba aquí?

—Soy Lorena Sandoval, ya se lo dije. Para hacer el cuento corto, tengo negocios con Mauricio, y nuestra relación va más allá de ser bueno haciendo inversiones… si su estado de salud no fuera el actual, estaríamos tomando un avión a un paraíso fiscal. Lamentablemente nuestros planes tendrán algún retraso, por su estado de salud. Con la mayor frialdad, y el mayor aplomo, está mujer me soltó esta bomba en mi cara y yo  realmente ya no puedo  más.

Tanto sentirme culpable, tanto  acusarme los últimos  ocho meses y resulta que el desconocido que vivía conmigo, ya lo había planeado todo.

Volteo a mirar a Vicente, quien continúa expectante en una silla de la sala. Doy la espalda a Lorena y me dirijo hacia él.

—Es tiempo de irnos, Vicente. El me mira sin entender, pero se incorpora y viene tras de mí.

A mi paso, me encuentro con los dos hombres que conversan con el médico que atiende a Mauricio.

—Caballeros, pueden decirme ¿qué ocurre?

—Lamentamos la condición de salud de su esposo, Sra. Santander, pero hemos venido porque hay serias acusaciones sobre su esposo, por estafa y malversación de fondos. Los socios de la empresa tienen en su poder un sobre con pruebas que lo comprometen. Debemos esperar que esté consciente para hacerle unas preguntas.

—Entiendo oficial, ustedes hagan todo lo que sea necesario. Ahora si me disculpan, voy a abandonar este lugar.

Sigo caminando, Vicente detrás mío. Uno de los hombres de la policía me sigue hasta alcanzarme.

—¿A dónde va señora?

—Acabo de tomar una decisión, y es que mi vida ya no será de quince días al año, ni de sentimiento a escondidas. A partir de ahora, es simplemente mía.

Tomo la carta que me escribió Mauricio, cuando no pensaba ser descubierto y se la entregó al oficial.

—Allí tiene una pista de lo que anda buscando. Detengo el paso y tengo a Vicente a mi lado, tomo su mano. Luego digo: Sin culpas, sin miedos,  nuestra vida comienza ahora, celebraremos cada aeropuerto que nos toque. Esta son mis decisiones en esta madrugada.

Es mejor ponerlo en cursiva

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